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Periodismo y otros amores difíciles

Es posible caminar diez manzanas sin encontrar un quiosco. '¡Extra, Extra!' pregona una verdad incuestionable: que la información libre es inseparable de la auténtica democracia

Maggie Smith en el rodaje de The lady of the van, de Nicholas Hytner.
Maggie Smith en el rodaje de The lady of the van, de Nicholas Hytner.

Debimos darnos cuenta a los primeros síntomas, cuando desde los departamentos de mercadotecnia de los grandes periódicos comenzaron a promover entre los lectores una nueva “lealtad” más basada en los regalos con cupón que en los contenidos generales y en las opiniones de quienes los hacían: durante una época uno volvía del quiosco (entonces aún abundaban) con el periódico y un huésped insólito que podía ser cacerola o cedé. Luego, mucho antes de la crisis, cambió el paradigma de la recepción de la información escrita; las nuevas tecnologías y la ideología y las liturgias del gratis total (en la Red, pero también en los “diarios” de lunes a viernes que se regalan en la boca del metro) contribuyeron a cambiar una certeza que, con variaciones y cambios tecnológicos diversos, se había mantenido vigente desde la época en que Addison y Steel fundaron The Spectator: que para estar informado (y “opinado”) era preciso pagar a quienes proporcionan la información o la glosan con rigor. Ahora, cuando abundan quienes creen que el periodismo de papel es un vestigio del pasado (o, peor, una ruina pintoresca), resulta posible caminar ocho o diez manzanas por el centro de las grandes ciudades españolas (pongamos que hablo de Madrid) sin encontrar un quiosco, un elemento antes fundamental del paisaje urbano que va desapareciendo a un ritmo aún más intenso que las librerías. Y lo que es peor: ahora también es posible no encontrar ni quioscos ni puntos de venta de periódicos en lugares tan estratégicos como grandes intercambiadores de transporte urbano e, incluso, estaciones de cercanías (hagan la prueba). Se me agolpan esos y otros pensamientos mientra leo, intentando no sumergirme en una melaza de nostalgia, algunos de los extraordinarios artículos editados (por Vicente Campos) en ¡Extra, Extra! (Ariel), un reader sobre el periodismo de denuncia y, más particularmente, sobre el que llevaron a cabo los muckrakers estadounidenses entre finales del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX. Un periodismo de auténtica investigación avant la page —a veces anterior a la introducción en las redacciones de las máquinas de escribir con teclado qwerty— que apuntaba a lo que de verdad importaba a la gente, y que también tenía en su punto de mira a los amos de los grandes periódicos y a quienes deformaban la realidad en provecho propio (ya decía Karl Marx, que también era periodista y editor, que el primer problema del periodismo era ser un negocio). Un periodismo pionero, el de los muckrakers, que pregonaba con su práctica orgullosa una verdad que sólo ponen en cuestión los totalitarios: que el oficio así entendido es inseparable de la auténtica democracia.

Londres

Me llevé de viaje a la ciudad “mayor y más grande de la Tierra” (así la calificaba Conrad en El corazón de las tinieblas) Mi Londres, de Simonetta Agnello Hornby, un estupendo travelogue y un apasionado homenaje a la ciudad publicado por Gatopardo, una nueva editorial barcelonesa con un catálogo inicial de lo más interesante. La autora siciliana, cuyas novelas han sido publicadas por Tusquets —hoy un sello de Planeta—, y que hace muchos años vive y trabaja en Londres, es en su primera parte una autobiografía en la ciudad amada, en la que la autora deja constancia de la peripecia de su vida de expatriada. En la segunda parte, y ya puesta bajo el “numen tutelar” de Samuel Johnson, Agnello Hornby se explaya no sólo en la descripción y las anécdotas de sus lugares favoritos —paseos, mercados, iglesias, jardines, tiendas, rincones—, sino también en la observación del carácter y las manías de los londinenses, algo que contempla con parecida sorpresa o extrañeza a la de que hacía gala —más de dos siglos antes— Leandro Fernández de Moratín en las páginas de su diario dedicadas a la capital inglesa. Por cierto que, durante mi estancia en la ciudad, tuve ocasión de ver la película The Lady of the Van, basada en el estupendo relato (y luego, obra teatral) del mismo título de Alan Bennett. La historia, publicada en 2009 por Anagrama como La dama de la furgoneta, se centra en la pintoresca relación (verdadera) establecida durante una década entre el autor y Miss Shepherd (magistralmente interpretada por la grandísima Maggie Smith), una indigente que se estableció con sus pertenencias (bolsas de plástico, botellas semivacías de whisky, etcétera) en sucesivas camionetas desahuciadas y aparcadas en el vecindario de Camden Town, y que acabó encontrando acomodo con su “hogar” en el cobertizo de míster Bennett. No se la pierdan cuando la estrenen por aquí.

Constatación

Hace mes y medio, ante el anuncio de la inminente publicación de Dos años, ocho meses y veintiocho noches (Seix Barral), la última novela de Salman Rushdie —de quien primero admiré su talento literario y, luego, su lucidez y valentía moral— me preguntaba cómo se las iba a ingeniar su editora para cubrir el enorme anticipo que, según mis topos, había pagado a la agencia Wylie por los derechos de su publicación en castellano; los datos de ventas de los últimos libros del angloindio, publicados por Penguin Random House, no permitían hacerse muchas ilusiones. Pero, reconozco —y perdonen que me ponga confesional— que, después de ver publicado mi comentario me quedé con un poco de mal cuerpo, como con la sensación de ser un profeta de catástrofes. Luego, leí el libro —no lo pude terminar— y me volví a hacer la pregunta inicial, ahora con más fuerza: he sido demasiados años editor como para no olfatear cuándo un libro publicado (un importante matiz) tiene o no potencial de ventas. Bueno, pues algo más de un mes después de su publicación (el 6 de octubre), y con toda la promoción ya hecha, la novela solo ha conseguido vender hasta la fecha en que esto escribo, unos 2.300 ejemplares. Para que se hagan una idea de la magnitud del desastre: veinte días después del libro de Rushdie, la misma editorial puso a la venta El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza, una novela sin duda mucho menos ambiciosa, pero mucho mejor construida y resuelta (además de bastante más divertida), de la que se han vendido hasta la fecha 5.800 ejemplares. Ya se que las ventas de un libro no son un indicador válido de su calidad literaria. Y que, por ejemplo, Faulkner tardó diez años en vender la primera y poco nutrida edición de El ruido y la furia (1929). Pero aquel “espléndido fracaso” (como lo llamó su autor) tenía dentro mucho talento y una enorme audacia, y la novela de Rushdie, lo siento, pero no. Y es que, para estrellas, las del cielo. Sobre todo en literatura.