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Se fueron los gánsteres, llegan los cirujanos

Las conversaciones entre los amantes del cine últimamente versan sobre series de televisión. 'The Knick' es original y fascinante

Fotograma de 'The Knick', serie de Steven Soderbergh protagonizada por Clive Owen.
Fotograma de 'The Knick', serie de Steven Soderbergh protagonizada por Clive Owen.

La memoria, esa facultad que provoca tanta melancolía, horror, gozo o emoción, puede tornarse selectiva a medida que envejeces. Es una forma de protegerse mentalmente, de hacer esfuerzos por aparcar en la bruma lo que te hizo infeliz, de mimar los buenos recuerdos. También, si uno no es demasiado riguroso con la propia y a veces temible verdad, tenderá al autoengaño o a embellecer excesivamente lo que solo fue aceptable. En cualquier caso, es preferible conservarla, plena o a medias, a perderla. A que el alzhéimer o la demencia senil te priven de revivir en tu cerebro y en tu corazón lo que te ocurrió en la vida.

En las primeras y memorables páginas de Si una noche de invierno un viajero (titular también es un arte), Italo Calvino describía admirablemente el ritual que transcurre entre la adquisición de un libro, la llegada a casa y el acto mágico de abrir sus páginas. Y estoy seguro de que aquellos que aman los libros de papel recuerdan la época y las circunstancias personales en las que leyeron esa novelas, poemas, cuentos, ensayos que les marcaron a perpetuidad. Y los cinéfilos, cuando se hacen viejecitos, siguen poseyendo memoria de los cines y la época en las que vieron por primera vez esas películas que les maravillaron. El cine era un placer que compartías con gente cercana o anónima, en salas de estreno o en los benditos programas dobles. Y si estabas o te sentías solo no había ningún lugar mejor para tu ensoñación, tu refugio, tu consuelo, tu placer. Imagino que lo que nos proporcionaban las salas oscuras es comparable a lo que sienten los creyentes al acudir a la iglesia, a la mezquita, al templo. O sea, sentirse en Arcadia todos los días y todas las noches.

Imagino que lo que nos proporcionaban las salas de cine es comparable a lo que sienten los creyentes al acudir a la iglesia

Y vale, admitamos con furia y desesperanza los que no concebimos la existencia sin cines ni librerías, o sabemos que esta hubiera sido menos feliz o simplemente insoportable, que la forma de consumir estas impagables cosas ha cambiado y que la agonía será imparable. Por mi parte, sospecho que nunca podré ver una película o una serie en un teléfono ni devorar un libro a través de una máquina. Pero cuando llegue ese día fatal en el que entierren definitivamente las salas de cine y el papel, mi sentido de la supervivencia aspira a tener un pantallón acompañado de un sonido perfecto en mi casa. Y poseo tantos libros que aunque sus páginas se tornen amarillas, siempre dispondré de infinitas páginas que releer.

Desde hace demasiado tiempo constato que cuando intercambio opiniones con amigos y conocidos tan chalados por el cine como yo, es mucho más frecuente que hablemos de series y no de películas. Y cuando lo hacemos de las segundas casi siempre apelamos al pasado, ya que incomprensiblemente también se han desengachado de aquella ancestral y maravillosa costumbre y acto de amor de ir al cine. A lo peor, porque quedan pocos, o porque su necesidad de disfrutar con historias narradas en imágenes está saciada con la primorosa oferta de las grandes series de televisión, degustadas a cualquier hora en su casa, mediante la televisión de pago, consumo a través de Internet, DVD y Blue-Ray, o pirateadas si su economía no les permite las anteriores opciones.

El gran problema con las series para los que viven en pareja es poder compaginar los horarios y las responsabilidades de cada uno para poder verlas al mismo tiempo. Me han informado de más de un mosqueo en la convivencia cuando uno de los miembros no ha tenido la paciencia de esperar al otro para compartir la visión de esas series. Problema que no tenemos los que vivimos solos, los que sabemos que al llegar a casa nos espera el silencio y esas amorosas novias llamadas series, con las que es problemático el desencuentro, la bronca, el aburrimiento o la decepción . A condición de saber elegir, de tener muy claro lo que te gusta. En mi caso, juego sobre seguro. Si los primeros capítulos me resbalan, acostumbro a no darle más oportunidades, va directamente a la basura. Pero cuando veo el sello de HBO sé que las posibilidades de desencanto son remotas. Y de acuerdo en que incluso las mejores series están amenazadas por bajones a lo largo de su apasinante existencia, que como aseguró algún filósofo no se puede ser sublime sin interrupción. Pero es tanta la calidad que te han ofrecido que perdonas sus desfallecimientos, sabiendo que cuando llegue el final te vas a sentir muy triste.

Terence Winter, Martin Scorsese y Steve Buscemi. Creador, productor y protagonista de 'Boardwalk Empire'.
Terence Winter, Martin Scorsese y Steve Buscemi. Creador, productor y protagonista de 'Boardwalk Empire'.

Por ejemplo, acabo de despedirme del complejo y fascinante rey de la corrupción Nucky Thompson, protagonista ( qué grande es Steve Buscemi) de la extraordinaria Boadwalk Empire. Y tal vez su creador y los guionistas insistan demasiado en la quinta y última temporada en contarnos la infancia, adolescencia y juventud del rey de Atlantic City, en describir el pasado de sus protagonistas para que comprendamos su posterior degradación. Cómo se forjaron esas personalidades tormentosas, la convicción de Thompson de que todos y todo está en venta, un precio caro o barato. Y el desenlace es trágico, incluso llegas a sentir piedad ante la derrota absoluta del antiguo triunfador. El hombre que se inventó esta historia de guerra por el poder, venalidad colectiva, traiciones y personajes que siempre están trasegando alcohol y a los que la Prohibición les supuso el mejor negocio de su violenta, tortuosa, cínica y gansteril existencia, se llama Terence Winter y las primeras noticias que tuvimos de él fueron sus magníficos guiones para Los Soprano. El primer capítulo de Boadwalk Empire supuso el bautizo del intocable Scorsese en las series de de televisión y también figuraba como productor ejecutivo. ¿Quién va a negar el prestigio del director de Taxi Driver y de Uno de los nuestros? Pero no nos engañemos. El alma de Boadwalk Empire se llama Terence Winter.

Apesadumbrado por la despedida de esos villanos tan potentes, me recupero enseguida al constatar el riesgo y la calidad que desprende la primera temporada de la inquietante y dura The Knick, dirigida por Steven Soderbergh, un irregular y a veces magistral director de cine que ha sabido intercambiar proyectos muy personales con las formulas del cine de éxito en Hollywood. Hay que poseer un estómago fuerte para seguir el nacimiento de la cirurgía moderna en la Nueva York de 1900 y protagonizada por un médico brillante que ejerce su extenuante ciencia con la ayuda diurna de los pinchazos de cocaína (no le quedan venas para meter la jeringa, llega a inyectarse en los genitales) y el consuelo nocturno de las pipas de opio. Es una seria áspera, original, fascinante. ¿Y de la segunda temporada de True Detective? Mejor no hablamos. Por respeto a la obra maestra que nos regaló la primera temporada.