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SILLÓN DE OREJAS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Sobre tuits, tuiteros y tuiteríos

La estupidez y la corrupción abundan a diestra y siniestra y están enquistadas en nuestra práctica social. Un libro homenajea el ajedrez, juego de inciertos orígenes indios

Manuel Rodríguez Rivero

A mis improbables lectores les tendrá sin cuidado esta pequeña confesión, pero, visto con perspectiva, tengo la impresión de que las dos decisiones más importantes que he tomado en la vida han sido las de dejar de fumar (tabaco) y la de no hacerme usuario de Twitter. De las ventajas de la primera, no hace falta que les diga más que a estas alturas, y después de haber consumido más de 60 cigarrillos diarios durante muchos, muchos años, sigo vivo (por ahora). De lo segundo me convencieron la observación empírica (los tuits que envían y reciben mis amigos y amigas) y ciertos datos proporcionados por expertos en, digamos, tuiterío, como que una gran mayoría de los que circulan a diario por el ciberespacio podrían calificarse de "cháchara sin sentido", autobombo, faramalla, propaganda, etcétera. Y lo que es peor: los célebres 140 caracteres tienden a emplearse a menudo para dejar por escrito (y con una difusión que ya quisiera para sí este Sillón de Orejas) las patochadas, mezquindades, sordideces e indignidades más o menos narcisistas que hombres y (menos) mujeres solemos soltar en petit comité y cuando creemos que no nos escucha nadie, ni nadie nos está grabando. El último y más sonado ejemplo han sido los estúpidos y miserables "chistes" que un descerebrado miembro del equipo de Manuela Carmena para el Consistorio madrileño había legado para la posteridad en forma de tuits que apestan a racismo, estolidez y bajeza moral. Dicho esto, tengo que confesar que me quedé "como un paciente anestesiado sobre una mesa" —parafraseando a mi admirado Prufrock, un personaje que me fue presentado por T. S. Eliot— cuando empecé a notar a mi alrededor, incluso entre ciertos votantes de izquierda, algo parecido (mutatis mutandis) a aquel "¡no es esto, no es esto!" con el que un Ortega y Gasset de manos excesivamente blancas (tanto que parecía no tenerlas) comenzó a distanciarse de la República a sólo un mes de su proclamación (aunque no llegara a acuñar la expresión hasta su famoso aldabonazo de septiembre de 1931). Sólo que la "crisis" suscitada por la incontinencia tuitera (disculpen el oxímoron) del señor Zapata ha tenido lugar cuando la nueva alcaldesa aún no había tomado posesión de su despacho. A lo peor, algunos sensibles votantes de Carmena habían creído que todo el monte iba a ser orégano y que ya habíamos entrado en la Icaria feliz de Cabet o en la Nueva Harmonía de Owen, olvidando que la estupidez y la corrupción (“la de los tigres y la de las moscas”, como diría Xi Jinping, el presidente chino) abundan a diestra y siniestra y están profundamente enquistadas en nuestra práctica social. Lo que los que abanderados del cambio tendrían que hacer es atajarlos inmediatamente, para seguir teniendo credibilidad. En cuanto a Alfred J. Prufrock, cuyo monólogo interior (‘La canción de amor de J. Alfred Prufrock’) me sigue pareciendo una de las mejores expresiones de la alienación y la impotencia del uomo cualunque del siglo XX, pueden encontrarla en La tierra baldía y Prufrock y otras observaciones (Lumen), en edición bilingüe y (buena) traducción de Andreu Jaume. Y si les interesa ­(re)leer el célebre artículo del “desasosegado y descontento” señor Ortega, lo encontrarán en el tomo IV (1926-1931) de sus Obras completas (Taurus / Fundación Ortega y Gasset).

Ajedrez

Recomiendo a los ajedrecistas un libro sobre ese juego que es a la vez deporte, ciencia y arte, y cuya práctica en los centros de enseñanza ha sido impulsada desde el Parlamento Europeo. Bueno, a ajedrecistas y no ajedrecistas: tal como soplan los vientos (en política y en lo demás), más vale estar versado en problemas de estrategia. Fianchetto, el ajedrez como una de las bellas artes (Trama) reúne una selección de ensayos breves del mexicano Hugo Vargas que, en conjunto, constituyen un estupendo homenaje a ese juego de inciertos orígenes indios que ha cautivado a gentes como Bogart o Duchamp y ha sido aborrecido por otras no menos eminentes, como Poe o Breton. Vargas, un estupendo comunicador, va desgranando en sus crónicas, salpicadas de anécdotas y referencias culturales, algunos momentos estelares de la moderna historia del juego, reproduciendo, por ejemplo, partidas tan conspicuas como la que enfrentó a Stalin con Nikolái Yezhov —jefe de la policía soviética durante las grandes purgas— o la primera partida de un ser humano contra una máquina, que enfrentó a Alick Glennie, amigo y colega del matemático y pionero de la computación Alan Turing, con un ingenio inventado por éste. El título del libro, por cierto, hace referencia a un tipo de movimiento del alfil muy utilizado para las aperturas por ciertos ajedrecistas de la llamada escuela hipermoderna (a la que estuvo adscrito el campeón Alexander Alekhine).

Álbumes

Continúa a buen ritmo la producción de cómics y novelas gráficas. Entre los que he recibido últimamente, selecciono tres muy diferentes que me han interesado por diferentes motivos. Patria (El Cuarto de las Maravillas, una nueva marca de Turner), de Nina Bunjevac (Toronto 1973), es una estupenda memoria autobiográfica en la que, con precisa monocromía y elaborada técnica puntillista, se da cuenta del impacto que la geopolítica balcánica y el exilio tuvieron sobre su familia, incluyendo la dramática impronta que en todos sus miembros dejó un padre violento y ultranacionalista. El hombre que fue jueves (Nórdica Cómics) es la fiel adaptación gráfica que Marta Gómez Pintado ha realizado de la novela ­homónima de Chesterton. Por último, Cráneo de azúcar (Reservoir Books) completa la surrealista y freudiana trilogía que Charles Burns (Washington, 1955) inició en 2010 con Tóxico y continuó en 2012 con La colmena (ambas en Reservoir Books): un viaje alucinante y macabro poblado de espeluznantes criaturas cuya realización constituye un prolongado homenaje a Tintín, pero cuya difícil interpretación lo coloca en las antípodas del pensamiento del genio de la línea clara.

Novela

Una reseña de Marta Sanz en este mismo suplemento me indujo a leer el estupendo volumen de relatos de la argentina Samanta Schweblin Siete casas vacías (Páginas de Espuma). Y, lo que son las coincidencias, terminé la semana leyendo una novela de otra escritora nacida en el mismo año ­—1978—, aunque no en Buenos Aires, sino en Bilbao: El límite inferior (Salto de Página), de Nere Basabe. El escenario en que se desenvuelve su trama podría ser el típico de una novela policiaca clásica: cuatro personajes coinciden en un pequeño pueblo costero fuera de temporada. Afuera, la lluvia y el viento de la gota fría. Adentro, los sentimientos, pulsiones, ansiedades y temores de una pareja fracasada, una guía turística encargada de pasear ancianos y un artista pueblerino; cuatro vidas que se entrecruzan con motivo de un drama externo: la desaparición de un niño. Todo ello en un paisaje opresivo de bloques de apartamentos vacíos levantados durante el boom de la burbuja inmobiliaria y cuya atmósfera desolada la autora ha sabido reflejar cabalmente.

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