EL RINCÓN

Claudia Piñeiro: “El escritor siempre tiene la voluntad de espiar”

La escritora imagina personajes mientras conduce por la Panamericana y lo va grabando en su celular. Su nueva novela juega con la culpa y la maternidad

La escritora Claudia Piñeiro, en Buenos Aires.
La escritora Claudia Piñeiro, en Buenos Aires.Ricardo Ceppi

Es imposible no pensar en Las viudas de los jueves al llegar a la casa de Claudia Piñeiro. Ella vive desde hace 20 años precisamente en un barrio cerrado a 42 kilómetros de Buenos Aires. Fuera solo hay alambradas, garitas de seguridad, armas. Dentro, todo es paz: árboles, pájaros, silencio y calma. Apenas se ven vecinos. Su novela más conocida era durísima con ese mundo. Pero ella sigue allí. “Soy una espía privilegiada. A mí me gustaría que un periodista criticara el mundo del periodismo, un cura a la Iglesia, un político a su partido. El escritor siempre tiene la voluntad de espiar. Otros tratan de no ver el conflicto, un escritor siempre está levantando la alfombra”, argumenta.

Piñeiro, autora de éxito en su país y en otros muchos, acaba de publicar una nueva novela, Una suerte pequeña (Alfaguara), que sale ahora en España. Es diferente, “más madura”, explica, no tan policiaca como otras. Aunque gira en torno a temas comunes en su literatura. “En todas mis novelas está la muerte. En algunas hay trama policial y en otras no. Suele ser una excusa para contar cómo viven esos personajes, como pasó con Las viudas de los jueves. Aquí está la muerte pero no hay enigma, se juega más con el sentimiento de culpa”.

También hay otro asunto central de sus libros: la presión social. “Me interesa el mundo de las sociedades cerradas, donde todo se mueve por el qué dirán. En esta novela es una comunidad que vive en torno a un colegio, donde todos más o menos piensan lo mismo. En la clase media argentina las apariencias tienen mucho peso. A la gente le gusta juzgar al otro. Será porque somos un país más joven que otros”.

Piñeiro no ve el fenómeno del aislamiento como algo propio de Argentina. “Cuando escribí Las viudas de los jueves, en España Rosa Montero publicó un ar­tícu­lo en EL PAÍS que se llamaba Encerrados en el castillo. Y hablaba de las vallas en Ceuta y Melilla, y de cómo se sentía ella viviendo en España dentro de la muralla. Es lo mismo, allí en macro y aquí micro, son mundos que se cierran para cuidar, ilusoriamente, ciertas cosas”.

El rincón de Piñeiro es un escritorio luminoso que da a su jardín, en el silencio absoluto roto por los pájaros. Aunque en realidad ese rincón, poco a poco, se lo han robado sus hijos, de 17, 19 y 21 años. Y ahora escribe en cualquier sitio. Además aprovecha un lugar poco literario para imaginar personajes: la Panamericana, la gran autopista que desde su casa en el norte la lleva a Buenos Aires. “Son muchas horas de soledad, ideales para pensar. Cuando tengo una idea en el coche, la grabo en el celular, manejando no puedo escribir. Maitena decía el otro día que ella piensa en la ducha. Yo en la Panamericana”.

Piñeiro no fue siempre escritora. Durante 10 años trabajó de auditora en la consultora Arthur Andersen. “Yo venía de una familia inmigrante española, tenía que estudiar, ni pensaba en ser escritora. Quise hacer sociología, pero era 1978, en plena dictadura, y era una carrera problemática. En la Facultad de Derecho uno me dijo: ‘No estudies acá, vas a terminar muerta en una zanja’. Así que me pasé a contabilidad. Me esforcé, y llegué muy lejos. Pero un día, a finales de los ochenta, mientras viajaba a São Paulo a hacer una auditoría, leí en un diario económico un anuncio: ‘Concurso de novela’. Era La Sonrisa Vertical. Quedé finalista. Nunca se publicó, la tengo por ahí guardada. Pero me ayudó a decidirme. Empecé a escribir en una revista, ganaba mucho menos, pero podía pagar la luz y la comida y bastaba”.

Piñeiro ha pasado a la fama por sus novelas de suspense, pero dice que “la trama no es más que una excusa para entender a los personajes”. Y explica el momento clave de su nueva novela. “Cuando Sofía, la protagonista, tiene que decidir salvar a uno de los dos niños, uno la entiende. Me gusta poner a los personajes en situaciones límite. Mientras escribía Las viudas de los jueves, mi maestro, Guillermo Saccomanno, me hacía leer En busca del tiempo perdido, de Proust. Me decía que era la forma de que no me arrasara la trama policial y pudiera seguir contando cómo vive esta gente, qué ropa usan, cómo se relacionan, que era lo más interesante de la novela”.

Aún no imagina qué sucederá con Una suerte pequeña, pero varias de sus novelas han acabado en la gran pantalla. “Yo escribo visualmente, veo una imagen y trato de escribirla. Voy de la imagen a la palabra, tal vez por eso hay gente que es capaz de hacer el camino contrario y sacar películas de mis novelas. Ya tengo tres que lo son y otras están en proyecto”.

Una suerte pequeña gira también sobre la maternidad de la protagonista. “Otras novelas estaban más concentradas en la trama, en resolver un enigma, en esta el suspense es más emocional. También trata de hacer una reflexión que generaciones como la mía no hicieron. Éramos madres porque nos tocaba, sin pensar si queríamos o no. Ahora hay escritoras más jóvenes, como Lina Meruane, con su libro Contra los hijos, que reflexionan sobre el derecho a no ser madre”. La protagonista utiliza además la escritura casi como una terapia, pero Piñeiro no la ve así. “Acá en Argentina todo el mundo va a terapia y a veces en mis talleres literarios me encuentro con gente que está allí porque se lo ha recomendado su psicólogo. Yo les digo que no, que el taller no es una terapia. Ahora, en mi caso la escritura es una manera de salir del silencio. El silencio es el motor de mi ser escritor”.

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