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Con el alma a cuestas

Una novela inédita en castellano y la reunión de sus cuentos permiten asomarse al universo de Cynthia Ozick, marcado por las tensiones del judaísmo moderno

Joven judío ortodoxo en el barrio de Brooklyn, Nueva York.
Joven judío ortodoxo en el barrio de Brooklyn, Nueva York.

Como extensión del segundo mandamiento —“No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra”— los judíos no se autorizan a creer en los actos de magia. El Talmud afirma que el Mago es Uno y sólo Él puede realizar milagros de prestidigitación, el no menor de los cuales fue la creación del mundo. Tal interdicción presenta un grave problema para el escritor judío. ¿Cómo inventar historias y personajes sin contravenir la terrible orden autoral? ¿Cómo responder a la advertencia talmúdica que afirma que, después de la muerte, quien se haya atrevido a construir una semejanza de algo de carne y hueso tendrá que darle vida y, al hacerlo, será castigado por terribles demonios. “Todo lo que no es ley es frivolidad”, reconoce uno de los personajes de Cynthia Ozick (Nueva York, 1928), atrapado entre la implacable prohibición de crear y el irresistible impulso de hacerlo.

Quizás detrás de la orden divina yazga un reconocimiento de la pobreza del lenguaje. “La palabra humana”, confesó Flaubert, “es como una olla cascada sobre la cual tamborileamos melodías para hacer bailar a los osos, mientras que lo que deseamos es enternecer a las estrellas”. Esta ansiedad frustrada, este valiente persistir, esta maravillosa invención de un Autor celoso que no permite competidores son las inquietantes nociones sobre las cuales Ozick ha construido casi toda su ficción. Si bien en sus obras mayores —en novelas como El Mesías de Estocolmo, La galaxia caníbal, El chal— se exploran estas cuestiones creativas, es en sus cuentos donde Ozick halla su voz más cáustica y más directa, más trágica y más cómica a la vez. La diferencia, novela o cuento, la dicta, según la escritora, el argumento que lo inspira. “Pienso que es una simple cuestión de elegir un tema, o dejar que el tema se elija a sí mismo, y dejarlo dictar su extensión”, confesó en una entrevista en la Paris Review. “No me interesa mi propia voluntad, si de eso se trata. ‘El rabino pagano’, por ejemplo, es un cuento que escribí hace mucho, y explora un tema muy vasto: el compromiso estético opuesto al compromiso moral. Incluso un tema tan profundo puede cernirse a un espacio pequeño”.

Con el alma a cuestas

‘El rabino pagano’, una de las 19 piezas que integran esta asombrosa colección publicada por Lumen, es quizás el cuento que mejor expone las preocupaciones de Ozick y su exquisito estilo, vertido al castellano, con inteligencia, por Eugenia Vásquez Nacarino. El rabino que protagoniza esta historia se siente atrapado en las mismas preguntas que Job lanza a su Dios pero, al contrario de su lejano y sufrido antepasado, encuentra un cierto consuelo en nociones más antiguas, anteriores al monoteísmo de Moisés. Preguntándose por qué debemos recurrir “a la filosofía, a la religión, a todas nuestras fabulaciones” para encarar nuestra condición humana, el rabino propone la siguiente respuesta: “La razón es simple, y es nuestra tragedia: llevamos el alma a cuestas, el alma nos habita, somos su receptáculo, cuando ahondamos en el interior del alma debemos ahondar en nosotros mismos. Ver el alma, hacerle frente, en eso consiste la sabiduría divina. Y aun así, ¿cómo podemos ver el interior de nuestro oscuro ser? El ser de las otras especies está dispuesto de otro modo. El alma de una planta no reside en la clorofila, puede vagar a su antojo si lo desea, puede elegir cualquier forma o molde que le plazca. De ahí que las otras especies, gracias a que tienen un alma libre y son capaces de contemplarla, pueden vivir en paz. Ver la propia alma es saberlo todo, saberlo todo es ser dueño de la paz que nuestras filosofías tratan inútilmente de concebir. En la tierra residen dos categorías: el alma libre y el alma que mora en el interior. A los seres humanos nos maldijeron con un alma que mora dentro de nosotros”.

Porque es prisionera, porque necesita expresarse, nuestra alma busca la palabra, incierta, ineficaz, mentida, pero, al fin y al cabo, nuestra única herramienta. Ozick, heredera de aquella antigua lengua germánica, el yidis, hace que varios de sus personajes (en ‘Envidia’, ‘Del cuaderno de notas de un refugiado’, ‘Usurpación) se pregunten si es posible continuar usando el idioma de sus antepasados, idioma que, como ellos, fue víctima de los pogromos y de las cámaras de gas. Ozick, ciudadana anglófona de Estados Unidos, sugiere que tal vez el nuevo yidis sea el inglés y se pregunta si el inglés americano no haya permitido la resurrección del yidis bajo una máscara diferente, dando nueva vida a una forma de pensar y de sentir el mundo de aquel pueblo que inició su viaje de expulsado en el jardín del edén y lo prosiguió hasta la Europa del siglo XX, pasando por la Babilonia de Nabucodonosor, el Egipto de los faraones, la España de los almohades y de los Reyes Católicos, la Rusia de los zares. “Cualquiera que mantenga vivo el yidis está muerto”, dice un personaje en ‘Envidia’. Ozick demuestra, contra los argumentos de su ficción, que esta afirmación es una mentira.

Dado que, como afirma el Talmud, Dios dio el poder de la palabra tan sólo a los seres humanos (ni a los otros animales ni a los ángeles), con el yidis, con el inglés, con cualquiera de las lenguas heredadas después de Babel y a pesar del segundo mandamiento, los escritores han intentado, una y otra vez, recrear la vida a través del lenguaje. Ozick compara la audaz y conmovedora empresa de la literatura a la de los cabalistas, como aquel rabino de Praga, creador del fatídico golem. Y dado que estos discípulos del Autor del universo han sido siempre hombres, Ozick inventa para nuestro siglo una cabalista femenina, la asombrosa Ruth Put­ter­messer, cuya biografía cuenta en cinco episodios que recorren su asombrosa vida. Publicada por primera vez en 1997, muy bien vertida ahora al castellano por Ernesto Montequín, Los papeles de Puttermesser es una de las mejores novelas de Ozick, es decir, una de las mejores novelas de la literatura norteamericana contemporánea.•

Cynthia Ozick. Cuentos reunidos. Traducción de Eugenia Vásquez Nacarino. Lumen. Barcelona, 2015. 736 páginas. 34,90 euros. Los papeles de Puttermesser. Traducción de Ernesto Montequín, Mardulce. Buenos Aires, 2014. 327 páginas. 16 euros.

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