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ENSAYO

Historia y novela, según James Ellroy

Maestro indiscutible de la novela negra contemporánea, el autor aborda en este ensayo las claves personales de su vocación como escritor

James Ellroy.
James Ellroy.

Ross Macdonald escribió esta frase en 1979. Era la conclusión de su prólogo a la recopilación de novelas Archer in Jeopardy. Macdonald describe su desarraigo geográfico y sus manifestaciones psíquicas. Había nacido en California y había crecido en Canadá, y pretendió reclamar su doble herencia a través de la ficción. Las novelas de Macdonald presentan a niños perdidos envueltos en el torbellino de genealogías asesinas. Un detective desocupado les ayuda a investigar sus orígenes y les deja llenos de revelaciones y congoja. Los propios orígenes del investigador permanecen ocultos. Es consciente de que su trabajo es explicar y servir de guía. Lleva a los niños perdidos a casa y desaparece al final de cada libro. Les ha dado el peligroso conocimiento y les ha permitido echar un vistazo a la Historia.

Macdonald concebía la Historia como la vida de las familias sacudidas a través del tiempo. Escribía dramas domésticos bañados en homicidio y dejaba que los acontecimientos surgieran en elipsis. El tiempo anula la conciencia individual. Nuestras búsquedas terminan en la página en blanco del más allá. Vivimos vidas de sucesos públicos comprobados y drama interior no registrado. Somos la infraestructura humana secreta de la Historia.

Nuestras acciones han influido en la Historia de formas imperceptibles. Nuestra revelación y nuestra congoja ocultas forman la Historia. Al final, poseemos nuestro derecho natural como fragua de la Historia. Algunos artistas la forjan con el lenguaje.

Yo soy el que explica a Macdonald y al mismo tiempo soy uno de sus niños perdidos. Procedo de su entorno, el sur de California, y en mí influyeron la novela policiaca y el asesinato de mi madre, nunca resuelto. Nací en 1948. La Segunda Guerra Mundial había terminado tres años antes. La guerra siguió llenando la conciencia pública durante toda mi infancia. Su omnipresencia era tal que estaba convencido de que no se había acabado. Una vez dije algo que alertó a mi madre de mi error. Me respondió: “La guerra terminó hace más de 11 años. Tú ni siquiera habías nacido”.

Pero mi madre no me convenció. Yo ya había decidido que la Historia era mi derecho inalienable. Ya me había convencido de que yo estaba allí. Vivía en libros y películas que mostraban el torbellino del tiempo anterior al mío. La disyunción de Ross Macdonald era geográfica. Sus dobles raíces, en Estados Unidos y Canadá, le atormentaban. Mi desconexión era entre el mundo prosaico en el que vivía y el mundo histórico de mi imaginación.

Vi una fotografía del Día de la Victoria, en agosto del 45. El lugar era Wilshire Boulevard, en Los Ángeles. Una mujer de pelo oscuro saludaba a un camión lleno de soldados al pasar. L.A. era mi ciudad. Esa mujer era mía. Desde hace cincuenta y tantos años pienso en ella cada día. No tengo ni idea de quién era.

El pasado reciente está tan cerca que se puede tocar y, al mismo tiempo, es fastidiosamente inalcanzable. Es una pizarra mágica para gente dotada de imaginación. El mundo de mi niñez me aburría y me irritaba. Prefería la Segunda Guerra mundial y la amenaza roja al tormentoso matrimonio y el divorcio de mis padres. Lo que más me gustaba era leer, ver cine y dar rienda suelta a la imaginación. Mi vida mental era en gran parte un barullo histórico. Estaba poblada por demonios nazis y comunistas, meclados con mujeres provocativas. Estaba creciendo en la época final del cine negro clásico. Vi Camino del oro con mi padre. Unos pobres diablos desquiciados que roban un tren lleno de lingotes de oro. Después del cine, mi padre me llevó por Hollywood Boulevard. Me soltó algo sobre que tenía que “visitar a un amigo” y me dejó ante un edificio de apartamentos destartalado.

Entonces lo comprendí: Cherchez la femme. Los adultos mentían a los niños y tenían citas clandestinas. Ya lo sabía. Los comunistas y los gángsters mentían ante las comisiones de investigación. Las mentiras significaban que ocurría alguna otra cosa. ¿Qué era lo que ocurría en realidad? Nunca lo sabré. Tendré que inventarme una historia que resulte verosímil y atractiva.

Historia.

Abandono despreocupado. Las tórridas novelitas que mis padres dejaban a la vista.

Los Ángeles, el epicentro del cine negro. L.A., al final de la era del cine negro clásico.

Decidí hacerme novelista cuando tenía 10 años. Sentía que era un derecho y un último recurso. Mi madre murió asesinada en junio de 1958. Mi relación con la Historia se hizo mucho más local y criminal. Empezó a florecer un subtexto sexual que presagiaba la pubertad.

Me dolía pensar en mi madre y los datos documentados de su muerte. De modo que utilicé a una joven llamada Elizabeth Short en su lugar. Esta mujer murió asesinada en Los Ángeles en 1947 y se hizo famosa con el apodo de La dalia negra. Su vida y su muerte formaron mi primer intento de ficción mental sostenida. La historia se desplegó en mi mente durante el final de mi niñez y mi adolescencia. Sabía que acabaría escribiendo una novela sobre el caso de Beth Short. El libro se publicó en 1987. Tenía 39 años y era un veterano soñador histórico.

Mis conocimientos reales sobre Historia eran exiguos. Eran muy inferiores a mi proceso de crear toda una serie de escenas a partir de ellos. Absorbía la historia documentada y enseguida volvía a la extrapolación y la invención. Vivía la infraestructura humana secreta de los grandes hechos públicos.

Crecí durante el boom de posguerra, la Guerra de Corea, las sesiones del Senado sobre el cruce de acusaciones entre el Ejército y el senador McCarthy. Mis historias mentales estaban llenas de cataclismos. El fin de la segregación en Little Rock, Arkansas, y el ascenso de kennedy; con mis dramas humanos en el centro. La muerte de Jack Kennedy, la lucha de los derechos civiles, las muertes de Martin Luther King y Robert Kennedy. Escrutinio, selección extracción.

Yo soy el tipo que rebobina las imágenes de los informativos y las traduce al papel. Soy un refugiado del ‘ahora"

La Historia terminó en 1972. Sabía instintivamente que mi arco narrativo había llegado a su fin. Pasé los 14 años posteriores repasando las historias ocurridas entre 1946 y 1972.

El mecanismo de escape de un niño. La locura de un adolescente caprichoso. Los fundamentos en los que un joven aprendió a desarrollar su prosa.

Las revistas de información me inspiraban. Las fotografías con sus pies me daban los datos suficientes para atrapar un hilo narrativo y lanzarme. Los informativos de televisión me dinamizaban. Estaba allí cuando los Rosenberg fueron ejecutados en Sing Sing y acompañé sus almas en el último recorrido. Una continuación de la mujer en la foto del Día de la Victoria, con su novio soldado en Dave’s Blue Room. Las revistas Confidential de mi padre estaban llenas de sobreentendidos. Peleas en bares de lesbianas. Músicos de jazz enganchados a la droga. Aliteraciones y palabras escritas con K donde correspondía una C.

Viví lleno de furia mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Era solitario y estaba siempre a la deriva. No tenía ninguna precodidad, y sí un inmenso fervor autodidacta. Entonces se trataba de divertirme y pasar el tiempo. Es ahora cuando doy sentido a esa vocación. Mis reflexiones incluían una educación moral, la tarea de enseñarme a mí mismo qué significaba la Historia.

Noticias nacionales. Desplazados y refugidos de guerra. Montones de cadáveres en el Congo belga. Vuelta a las noticias locales. La historia de los Dos Tonys [los mafiosos Anthony Brancato y Anthony Trombino] en agosto de 1951. Heridas de bala a quemarropa, con la dureza del blanco y negro.

Fotografías escandalosas. Los textos correspondientes. Caos y pérdidas desgarradoras. El precio de las maldades cometidas por los hombres y las naciones. Emmett Till muerto por linchamiento en el Mississippi rural. Un odio racial corrosivo y multiplicado.

Todo ello me dejaba impertérrito. Me parecía incompleto. Sentía que faltaba una explicación y que todo estaba relacionado. Me lo aseguraban mi sentido infantil del relato y mi educación luterana. Todos poseemos una historia porque todos poseemos un alma. Y todo aquello parecía una misma historia que solo yo podía contar.

Megalomanía juvenil.

Un rasgo característico de novelista.

Era un artista multimedia antes de que existiera el concepto. Convertía a mujeres que había visto una vez en heroínas de la Segunda Guerra Mundial y diosas del mundo criminal. La fantasía histórica era un ungüento para el maltrecho amor que atesoraba y guardaba dentro de mí. Lo era entonces y sigue siéndolo ahora.

 

“La mayor parte de la ficción está influida por la geografía e impregnada por la autobiografía”.

Lo escribió Ross Macdonald. Anima a los novelistas a quedarse en un sitio y sirve de advertencia en clave. Les aconseja que sean moderados con la autobiografía y dediquen más tiempo a otros personajes.

La Historia es la migración humana a través del tiempo. Su representación ficticia exige una perspectiva muy concreta. Vivo en el ahora pero permanezco en el entonces. Algunos de mis entonces ficticios pertenecían a mi ámbito de experiencia y otros eran anteriores a mi nacimiento. Escribo novela en los estilos subjetivos de primera persona y tercera persona, y adopto varias perspectivas. Pienso en el lenguaje de la época y escribo como si todavía fuera esa época. Obedezco el consejo de Ross Macdonald y me quedo allí.

Mi trayectoria está circunscrita por los lugares y definida por fechas de fallecimiento. Los primeros son Los Ángeles y Estados Unidos en general. Las segundas, los momentos exactos en los que mi madre y Elizabeth Short exhalaron su último suspiro. Ambos designan mi acuciante deseo de abandonar mi vida actual y vivir allí y entonces.

 

“No la conocí en vida”.

Es la primera frase de la primera novela de El Cuarteto de Los Ángeles. El narrador es un policía y exboxeador llamado Bucky Bleichert. La mujer a la que Bleichert nunca conoció es Elizabeth Short. Cherchez la femme. Comencé mi carrera de novelista histórico meditando sobre una mujer inalcanzable.

La dalia negra comprende el periodo 1946-1949 y va seguida de El gran desierto. Este libro sucede en 1950 y narra una ola ficticia de pánico a los rojos en Hollywood. El gran desierto es casi una panorámica. He empezado a comprender la gran perspectiva histórica y su presentación escrita. El gran desierto nació de una epifanía. Una bombilla que se me encendió en la cabeza. Un teletipo que decía: “Cualquier cosa que puedas concebir, la puedes hacer realidad”. Una revelación que asombró a este megalómano.

Después de El gran desierto escribí L.A. Confidential. La novela abarca el periodo entre 1950 y 1958 y es todavía más panorámica. Estaba siguiendo las huellas de Ross Macdonald. Lugar. El lenguaje del derecho inalienable.

Soy de Los Ángeles, y entonces pensaba que Los Ángeles era el mundo entero. Es una mentalidad de xenófobo y megalómano. Mis novelas situadas en Los Ángeles desprenden una terrible sensación de inmersión prolongada. Nunca he analizado ni diseccionado Los Ángeles, nunca he escrito epigramas sobre su significado. Soy de allí. Nací allí. Me crié en el epicentro del cine negro y en la edad de oro del cine negro. Tuve suerte. Mis padres me tuvieron en un lugar genial.

El Cuarteto de L. A. termina con Jazz blanco. Esta novela reivindica formalmente mi ciudad natal y un profundo respeto por su lenguaje. El narrador es un policía corrupto, Dave Klein, “el ejecutor”. La vida del teniente Klein está viniéndose abajo. Ocurre desde finales de otoño del 58 hasta el 59. Todas las tramas de las tres novelas anteriores coinciden en este personaje malvado. Klein escribe en frases inconexas a medida que su crisis nerviosa y su derrumbe psíquico se aceleran. Es un racista y matón de barrio que utiliza las palabras como la música negra de be-bop. Klein se dirige hacia una redención a través de la inmolación y el sacrificio. El Cuarteto de L. A. acaba como empieza. Un hombre solitario vuelve la vista desde la perspectiva del ahora. Está al borde de la eternidad y piensa en una mujar.

Un grupo de japoneses busca tierras para construir una granja en 1942. ampliar foto
Un grupo de japoneses busca tierras para construir una granja en 1942. AP

Cherchez la femme.

No puedo evitarlo.

Ni quiero.

Sabía que había sacado todo el partido posible al entonces de Los Ángeles. Había fundido la novela policiaca y la novela histórica. Había escrito una elegía a mi ciudad y había disfrutado con su lenguaje. Quería escribir otro tipo de libro. Quería salir de Los Ángeles. Quería unir la novela policiaca, la novela histórica y la novela política. Creé la Trilogía Americana.

La serie aborda de frente los años sesenta. Transcurre entre 1958 y 1972. Es un viaje a través del país, con excursiones al extranjero. L. A. va y viene. Es la base de unos demonios itinerantes, nada más. América describe el ascenso y caída de Jack Kennedy. Lo vemos a través de los ojos de sus asesinos. Seis de los grandes se desarrolla desde Dallas en 1963 hasta los asesinatos de MLK y Robert Kennedy. El relato evoca las cadencias de be-bop de Dave Klein en Jazz blanco. La Trilogía fue una obra de expansión megalómana y una reafirmación reforzada de mi identidad. El Cuarteto de L. A. decía: “Soy de Los Ángeles”. La Trilogía Americana decía: “Soy estadounidense”.

Sangre vagabunda completa la serie. El protagonista es un joven detective privado aficionado a espiar por las ventanas. Es un ser virginal que sale en busca de mujeres. Lo que encuentra le sobrepasa y se convierte en la voz que resume una época. Es un bobo y un idiota. Se ha colado en algo que le supera. Sacó todo lo que pudo de los años sesenta y en el 72 está quemado. Siempre ha sido un don nadie. Nadie le ha tomado en serio. Pero ha sobrevivido. Todos los peces gordos acabaron muertos o exhaustos. Siempre hay alguien que sobrevive para contar la historia y lo que significa.

Ese es mi trabajo. Yo soy el tipo que rebobina las imágenes de los informativos y traduce las imágenes al papel. Soy un refugiado del ahora que vuelve al entonces. Soy el megalómano de sillón, lleno de efervescencia.

Había agotado mi veta histórica. Siete novelas. El crimen como Historia, la Historia como crimen. Una despedida a mi ciudad. Nuestra nación in extremis. El lenguaje, siempre fecundo, siempre cambiante, siempre en evolución conmigo.

En 2008 cumplí 60 años. Examiné el mundo en ese instante trascendental y lo encontré muy poco atractivo. Nunca he usado un ordenador ni tengo un teléfono móvil. Nunca he enviado un correo electrónico ni un SMS ni me he registrado en ninguna página web. Soy un pionero en lo literario pero un reaccionario en lo personal. El mundo de ahora es un lugar del que quiero esconderme. El mundo de entonces es un lugar que deseo abrazar.

 

“A la hora de la verdad, poseo mi ciudad natal y estoy poseído por su lenguaje”.

Regresé a Los Ángeles en 2006. Voy allí cuando las mujeres se divorcian de mí. Reflexioné sobre mi pasado y preparé mi siguiente paso. Me senté ante la mesa. Repasé mentalmente escenas de calle y di vueltas a la cabeza. Y, una fría noche de sábado, un destello golpeó mis sinapsis.

El internamiento de los japoneses en 1941 y 1942. La injusta pero comprensible reacción a Pearl Harbor.

Carreteras serpenteantes que suben las laderas de las sierras californianas. Pinos cubiertos de nieve. Un autobús del ejército estadounidense que se dirige a Manzanar. Ciudadanos de origen japonés, esposados, vapuleados por la Historia.

Lo vi con toda claridad. Pensé en Bob Takahashi.

Era octubre del 62. Yo tenía 14 años y estaba en primero de bachillerato, en la Fairfax High School. La crisis de los misiles de Cuba estaba en su apogeo. JFK y los rusos competían en provocaciones y se jugaban el futuro del mundo.

Bob Takahasi había llegado hacía poco de otro instituto, Belmont High. Llevaba camisas de franela marca Sir Guy, botas de punta y chinos con una raja en la parte inferior. Belmont era un instituto para chicos malos. Decían que Bob era un esbirro de la banda callejera Motos, llamada así por las novelas policiadas de Mr. Moto.

Bob el malo y yo charlábamos durante la hora de estudio. Disfrutábamos con la perspectiva de la guerra nuclear. Bob decía que equivaldría a 10.000 Pearl Harbors. Tirábamos bombas hechas de papel enrollado y hacíamos ruidos como si explotaran.

Bob me contó sobre los campos de internamiento. Había nacido después de la guerra y a él se lo habían contado sus familiares. Las bombas cayeron sobre Pearl Harbor el 7 de diciembre. La bomba del miedo cayó sobre Los Ángeles ese mismo día. La policía federal ya había elaborado una lista de japoneses de la “quinta columna”. Identificaba a supuestos fascistas y los subversivos que les rodeaban. El gran miedo los provocaban el sabotaje industrial y los ataques por mar y aire. El Informe Munson cayó en el olvido. Comenzaron las redadas locales.

Franklin D. Roosevelt había enviado a un hombre llamado Curtis Manson a la costa oeste de Estados Unidos. Parecía inminente el estallido de un conflicto con Japón. Munson pasó tiempo en las zonas habitadas por japoneses y contó lo que había visto. Defendió enérgicamente a los japoneses que vivían en California y dijo que eran patéticamente leales a su país de acogida. Eso era en noviembre.

El 7 de diciembre, cayeron las bombas sobre Pearl Harbor.

Se suspendieron las garantías judiciales. Se confiscaron las propiedades y los bienes. Se encerró a familias enteras en los paddocks del hipódromo de Santa Anita.

Empecé a estudiar en serio los campos de internamiento fue en 2008. Había oído hablar de ellos por primera vez en 1962. Di muchas vueltas a la idea hasta que logré lo que quería.

Era un auténtico filón para un megalómano. Era decir: puedes y debes volver a casa.

Viví lleno de furia mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Era solitario y estaba siempre a la deriva. No tenía ninguna precocidad"

Iba a escribir El Segundo Cuarteto de L. A. y situarlo en Los Ángeles durante la Segunda Guerra Mundial. Colocaría a personajes reales y otros ficticios del Cuarteto y de la Trilogía Americana en mi ciudad natal durante la guerra, mucho más jóvenes que en los otros libros. Estas cuatro novelas formarían un continuo con las siete anteriores. En total, cubriría 31 años. Algunos personajes secundarios de los dos primeros conjuntos de obras pasarían a primera fila. Algunos protagonistas quedarían aquí en segundo plano.

Dejé Los Ángeles, recorrí Estados Unidos y volví a la ciudad. El límite entre mi vida real y mi vida ficticia era difuso. L. A. era un hecho consumado. Una cadena perpetua. Me fui a vivir fuera 25 años. Podríamos llamarlo un permiso de trabajo. Luego regresé, cumplí 60 años y tuve una visión. T. S. Eliot escribió: “En mi principio está mi final” y “En mi final está mi principio”. Estas frases sustituyeron a la de Ross Macdonald, “A la hora de la verdad, poseo mi ciudad natal y estoy poseído por su lenguaje”. Una chispa en el cerebro, una noche de sábado, amplió ese grado de posesión.

Planear novelas épicas significa reflexionar mucho. Me gusta el proceso. Primero medité sobre la designación. El Cuarteto de L. A. mezclaba la novela policiaca y la novela histórica. La Trilogía Americana unía la novela policiaca, la histórica y la política. Decidí que el Segundo Cuarteto de L. A. iba a consistir en novelas románticas e históricas.

Planeé cuatro grandes libros, que estarían llenos de grandes personajes, ideas importantes, acontecimientos extraordinarios. El mundo estaba en llamas y enloquecido por el trauma. Los Ángeles era un puerto, un lugar estratégico fundamental, un monolito de producción de guerra. Era la puerta de acceso al Pacífico y los escuadrones japoneses. Chinatown y Little Tokyo estaban uno al lado de otro. Los chinos y los japoneses eran enemigos históricos. Las violaciones y matanzas de Nanking a manos de los japoneses elevó las atrocidades a niveles sin precedentes y alimentó de forma irremediable la enemistad entre los dos países. El Ayuntamiento de Los Ángeles se encontraba a caballo entre los dos barrios. Y el Departamento de Investigación de la policía estaba en la sexta planta.

Geografía.

Proximidad como destino.

Proximidad equivalente a combustión.

El Segundo Cuarteto de L. A. se me apareció con todo detalle. El volumen 1 recorrió mi cerebro en su totalidad. Busqué en las siete novelas anteriores los personajes principales y añadí otros, tanto históricos como ficticios. La grave injusticia del internamiento de los japoneses me quemaba por dentro. Recuperé un apellido japonés mencionado una vez en las primeras páginas de La dalia negra y designé al hombre como protagonista del primer volumen.

Iba a regresar al comienzo cronológico de mi obra. Nunca había escrito ni una sola frase de ficción situada en una época tan temprana.

La Trilogía se había convertido en un tratado sobre las creencias. Las dos protagonistas de Sangre vagabunda decían sin cesar: “Las creencias funcionan así”. El nuevo Cuarteto tenía que afianzar el tratado en Los Ángeles, en el año 41. Una época de populismo lunático, intervencionismo contra aislacionismo, “científicos raciales” chiflados a izquierda y derecha. El concepto de quintacolumnismo me facilitó la forma de empezar.

Era un concepto difícil de manejar. La subversión interna nació de una ideología enloquecida, expresada con intención sediciosa. Se había apoderado de todo el país una idea disparatada.

El padre Coughlin hablaba de odio en la radio para una audiencia católica. Llamaba a FDR “Franklin Double-Cross Rosenfeld” [por traidor y por judío] y de Adolf Hitler decía que era un granuja simpático. Gerald L.K. Smith cultivaba al grupo demográfico de los protestantes. Coughlin y Smith eran socialistas desde principios de los años treinta, de los que decían que había que repartir la riqueza. Ese tinte rojo hacía que estuvieran marginados. En su opinión, no había más que una república socialista que hubiera prosperado en Occidente: La Deutschesland nacional socialista.

Buscaban chivos expiatorios, y no era muy difícil encontrarlos. Estados Unidos desprendía un antisemitismo despreocupado, que se manifestaba en la prensa diaria y en las sesiones del Senado. No era ninguna exhortación al genocidio. Consistía en murmullos irritables y un molesto descontento.

Pero estaba allí. Y la amenaza de la guerra hacía que fuera más permisible. Hitler asesinaba a los judíos en Alemania mientras los demagogos norteamericanos aseguraban que los judíos eran los que habían orquestado la guerra. Hitler, anticomunista, firmó un pacto de no agresión con Stalin, antifascista, y, aun así, invadió Rusia. Los izquierdistas estadounidenses odiaban a Hitler y perdonaban al tío Josef su fallo temporal de buen gusto. Por supuesto, ignoraban las purgas agrarias en las que Stalin mató a millones de personas. La izquierda odia a la derecha. Los chinos odian a los japoneses. Los irlandeses odian a los ingleses y viceversa. La brecha entre los católicos y los luteranos alemanes se remonta a la época de la Reforma y la Guerra de los Treinta Años. Los locos de extrema derecha aseguran que los judíos inventaron el comunismo y también Wall Street. Los fascistas españoles odian a los leales a la República. Los eugenistas de izquierdas quieren crear seres humanos fuertes para luchar contra la bestia fascista. Los eugenistas fascistas quieren construir una raza superior. El Ministerio nazi de Sanidad ofrece bonos de reproducción a las mujeres arias atractivas.

Bienvenidos a la World Wide Web de 1941. Así estaban las cosas entonces. Para que digamos que estamos mal ahora.

Ahora.

Entonces.

No tracen paralelismos entre ahora y entonces. No desautoricen la Historia. No nieguen la locura extraordinaria de aquel espantoso periodo. No me critiquen por volver al escenario del crimen más importante de la Historia. Soy un megalómano, pero no arrojo bombas. Estoy aquí para contar una historia de creencias y hombres salvajes y mujeres enamoradas, en Los Ángeles, en la época de Pearl Harbor.

Tengo un pacto de conocimiento con Dios, mis editores y mis lectores. Es el siguiente: debo ser más consciente de mi trabajo y esforzarme en mejorar. Debo habitar el entonces con mucho más tesón que cuando me siento ante mi mesa ahora. Debo pensar más, elaborar argumentos más sólidos y sostener la concentración con una obsesión más decidida. Debo crear personajes aún más variados y vivir en sus almas tan apasionadamente como vivo en la mía. Debo estar a la altura del reto narrativo que representa cada nueva novela. Soy el heredero del tema y el oficio de Ross Macdonald. A la hora de la verdad, debo poseer mi ciudad natal y estar poseído por su lenguaje.

James Ellroy. ampliar foto
James Ellroy.

Ahora me posee el lenguaje de los Ángeles a finales de 1941. Estoy al borde del abismo y el precipicio del dominio de mi país. El aire es denso, poblado por la nomenclatura de la guerra que empieza, y por fin están definidos nuestros enemigos. En todas partes se oye hablar de los Japs. Por fin se han resuelto los debates entre aislamiento e intervencionismo. La flota del Pacífico ha quedado diezmada. El ataque ocurrió 18 días antes de Navidad. Árboles cubiertos de guirnaldas y falsa nieve adornan Wilshire Boulevard, intercalados con carteles que dicen: “¡Recordad Pearl Harbor!“

Comienzan las redadas. Es el viejo miedo supersticioso. La gente dice Japs, ve Japs, piensa en Japs. Ya hemos identificado al enemigo. No hay autocensura como en el lenguaje de 2014. Jap, Jap, Jap. Todos son quinta columna, o podrían serlo, y hay que pensar que lo son. Estamos en guerra con Italia y Alemania. Los linajes de italianos y alemanes están muy extendidos, así que es posible que todos estemos infectados. Es una repetición del “libelo de sangre“ de la época zarista. Es tan disparatado como las peroratas del padre Coughlin. Judíos que asesinan a niños gentiles y extieden su sangre sobre los matzos de Pascua. Los campesinos rusos se lo creyeron entonces. Ahora los estadounidenses creen que todos los Japs son quinta columna.

La creencia es grotesca y absurda. Los ataques de los japoneses sirven para racionalizarla. Es 1941. Estamos allí. Estamos inmersos en la nomenclatura, el lenguaje, las conversaciones incesantes sobre la guerra. Estamos viviendo la aventura de Estados Unidos a principios de la Segunda Guerra Mundial, y no todo es malo.

Hay fiestas, hay mítines para vender bonos de guerra, hay dioses de la pantalla que se mezclan con la gente corriente. El sexo se hace igualitario. El espíritu de bonhomía en tiempo de guerra llega a los dormitorios, independientemente de las clases sociales. Es en ese momento cuando los policías rebeldes se acuestan con estrellas de cine. Jimmie Lunceford actúa en el Trocadero. La gente disfruta con su inquietante Uptown Blues.

Hay fabulosas peleas a puñetazos. Hay historias de amor asombrosamente breves y profundas. Un filipino oye una canción llamada Johnny el asesino de japoneses, sale, dispara contra un japonés y le mata. Por degracia, resulta que el hombre era chino. La noticia ocupa dos breves columnas en el Herald. La red que cubre toda la ciudad merece 10 veces más espacio.

Es el argot norteamericano en subversiva ascensión. Es un pueblo que está unido en una causa común y habla una nueva lengua materna. El insulto, la pregunta, la pulla, las palabras arrojadas, aturdidas. ¿Por qué morderse la lengua? A esos grumetes de Pearl les pilló todo por sorpresa. Nosotros podemos ser los siguientes.

 

“A la hora de la verdad, poseo mi ciudad natal y estoy poseído por su lenguaje”.

La posesión me sienta bien. El amor al lenguaje me define. Siempre reclamo mi derecho natural de acuerdo con esos parámetros. Soy un estadounidense nacido en Los Ángeles. He vivido en mi ciudad y mi país en entonces específicos y he regresado a ella ahora, en el momento de mi comienzo definitivo. No tengo un final. En eso me diferencio de Ross Macdonald. He comenzado el segundo volumen del Segundo Cuarteto de L. A. La Historia ha vuelto a llamarme a mi mesa.

Knopf publicó el primer volumen el 9 de septiembre. Se titula Perfidia. Significa “traición”, en español, y hace referencia a una lastimera canción de finales de los últimos años treinta. La novela tiene 720 páginas y es grande en todos los sentidos. La historia transcurre en tiempo real y abarca del 6 de diciembre al 29 de diciembre de 1941. Hombres y mujeres de gran corazón en Los Ángeles, durante el mes de Pearl Harbor. Poseen grandes convicciones, grandes sueños y un sentido del deber muy turbulento. Trabajan juntos y por separado para resolver un crimen tremendo y buscan el amor de forma temeraria y muy costosa. Perfidia es mi primera novela romántica e histórica. Es todo lo que sé del arte y el oficio de la ficción, la Historia, la conjunción de hombres y mujeres y el siempre acuciante misterio del motivo humano. Es una nota mezclada sobre el mundo en general, escrita desde mi puesto de viajero del tiempo. He retrocedido más de 72 años y he vuelto con un regalo para ustedes. Por favor, acéptenlo con mis mejores sentimientos.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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