Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Creo en ‘Birdman’

Cuando me preguntan por mi película favorita sobre el mundo del teatro digo Eva al desnudo o digo Opening Night, según la hora. O digo Topsy-Turvy. O Esther Khan. O Shakespeare in love. Pero como escribo esto de madrugada después de ver la película de Iñárritu y todavía estoy caliente, ahora digo ‘Birdman’. De muchas películas sobre cómicos me suele encocorar que todos están histéricos y la obra que representan es muy rara o muy tonta, y ‘Birdman’ no se libra plenamente de ambas lacras. Pensé: aquí están como chotas todo el rato, y eso de que la haya rodado (o lo parezca) en un continuo plano secuencia es para sacar pecho y me va a marear. Resumí: me va a echar fuera en diez minutos.

 No me echó fuera porque los actores y las actrices están excepcionales, y sus personajes dicen un buen puñado de verdades sobre el teatro y la vida. Vale, la película es excesiva desde el minuto uno, pero su locura es arriesgada y valiente, y el ritmo no decae, y la machada del plano secuencia sirve para transmitir la fiebre que impera cuando ha comenzado la cuenta atrás de un estreno, y para sentir que si Riggan Thompson se detiene un instante, un solo instante, todo se vendrá abajo.

Hay algo profundamente heroico en Riggan Thompson, vieja gloria de Hollywood (a los cincuenta ya se es vieja gloria) que trata de rehacer su vida apostándolo todo a una carta: una función de Broadway. Una función de la que es adaptador, actor, productor y director. El día que Iñárritu eligió a Michael Keaton para ese papel se ganó una buena parcela de cielo.

De ‘Birdman’ me vuelven ahora tres conversaciones: 1) cuando la hija de Riggan (Emma Stone) y el flamígero actor interpretado por Edward Norton juegan (muy en serio) al truth or dare en la azotea del St. James Theatre; 2) cuando las dos actrices del reparto (Naomi Watts y Andrea Riseborough) se consuelan en el camerino tras un preestreno calamitoso y, sobre todo, 3) el careo nocturno entre Riggan y Tabitha Dickinson, la inimaginable crítica del New York Times que encarna Lindsay Duncan. Miss Dickinson, más perra que Addison de Wit en Eva al desnudo, le dice a Riggan que va a machacar su obra, que ni siquiera ha visto, porque le considera un niño mimado de Beverly Hills incapaz de hacer arte: “No puedes venir aquí y pretender que escribes, diriges y actúas sin pasar por mi filtro”. (Algo así). Riggan le arranca de las manos la reseña de otra función que la pájara está poniendo a caldo y le suelta, con la poca calma que aún le queda. “Solo hay etiquetas en tu crítica”. Golpea el papel. “No dices nada aquí acerca de la técnica de los actores, nada sobre la estructura del texto, nada sobre la intensidad del espectáculo. Solo son opiniones apoyadas en comparaciones fáciles. Nada de esto te ha costado el menor esfuerzo porque no hay ni un átomo de pasión en tus palabras y porque no has arriesgado nada escribiendo”. (Algo así). No me creo ni por un momento la sobredosis de clichés de miss Dickinson, alcohólica, amargada, con un presunto poder omnímodo, etcétera, pero creo (muy en serio) todo lo que Riggan le dice. Y espero que nadie, nunca, tenga que decirme algo así.