Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Antes también

Todos sabemos que la mayoría de los capos de la mafia murieron de viejecitos en su casa

Alphonse Gabriel Capone, 1933
Alphonse Gabriel Capone, 1933Bettmann/CORBIS

Cada vez que muestro mi estupor, más cómico que cínico, ante el virus revolucionario y la furia justiciera que se ha desatado en las calles al hacerse público que los filantrópicos controladores y consejeros de esa humanista caja de ahorros creada para fines sociales (no es un chiste) habían gastado 16 millones de euros con tarjetas opacas y en medio de la ruina parcial o absoluta de tantos ciudadanos de segunda o tercera clase, y doy por supuesto que esa cantidad es ridícula en medio del saqueo de vértigo que deben haber perpetrado desde la noche de los tiempos la fraternal cofradía de la clase política y el poder económico, un amigo me recuerda que Al Capone no se aburrió en Alcatraz durante cinco años por haberse cargado a miles de personas y haber transgredido todas las leyes (jamás las suyas, fundamentalmente las de corromper y asesinar) sino por algo tan tonto e innecesario como un delito fiscal.

Y todos sabemos que la mayoría de los capos de la mafia murieron de viejecitos en su casa. Los que se quedaron violentamente en el camino se debió a venganzas entre ellos, luchas de poder, negocios fallidos, delaciones, esas cositas tan humanas. Y a Luciano imagino que el Estado le ofreció barra libre por haber facilitado que la mafia ayudara al desembarco aliado en Sicilia.

Cuenta Blesa que cuando asumió la jefatura de esa Cosa Nostra ibérica el tarjeteo ya funcionaba, que se limitó a seguir la tradición. Seguro. Como el eterno expolio de los de siempre. En la dictadura, en la Transición (qué estratégica manía le ha dado a los viejos próceres y a sus publicistas con que aquella época fue la encarnación del paraíso terrenal), con aquel estadista andaluz tan seductor y mentiroso, con el recio emperador castellano que tenía a Blesa y a Rato como hombres de confianza en su incorruptible Estado Mayor. Pero la economía facilitaba que hubiera pan y circo para todos los votantes. ¿Qué más les daba que robaran unos u otros en el ancestral cambalache? Se acabó el pan para la plebe. Hay que calmarla un poquito para que no añore la necesidad de la guillotina. El sistema debe arrojarle a algunos de sus renovables pilares para seguir controlando el tinglado. Ojalá que el gozoso circo dure un rato más. Aunque no dispongamos de leones que se zampen a esa mínima parte de la poderosa escoria.

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