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Fracaso

Cuesta digerir el patinazo de los que nos hacían felices. Las tertulias ya han dictado sentencia

Juan Antonio Orenga y Pau Gasol
Juan Antonio Orenga y Pau Gasol

El deporte es dado a la hipérbole, a la glorificación del triunfador y el linchamiento del derrotado, al salto de la euforia a la depresión después de que una pelota rebote hacia dentro o hacia fuera, porque también juega el azar. Pero no sabemos cómo reaccionar cuando los que dan el patinazo son los mismos que antes nos hicieron felices tantas veces que no somos capaces de vapulearlos.

Nos quedamos confundidos cuando se cayó estrepitosamente del Mundial de fútbol La Roja, equipo que daba señales de declive pero en el que nadie iba a jubilar anticipadamente a los héroes de Sudáfrica. Confesó Xabi Alonso que ya no sentían hambre. Solo tras el fracaso se ha emprendido una renovación que pondrá a prueba la paciencia del aficionado.

El mayor chasco llega cuando todo apuntaba a favor del triunfo, también el factor campo. Brasil no olvidará el maracanazo frente a Uruguay en 1950 ni el 1-7 que le endosó Alemania este verano; en España dolió menos el ridículo de la España que capitaneaba Arconada en 1982 porque no nos veíamos tan favoritos, acostumbrados entonces al malditismo y el recurso a la furia.

En este Mundial de baloncesto que hoy termina (al que, por cierto, Mediaset llegó tarde tras dejar en el apagón la interesante fase de grupos), la generación española más brillante tampoco ha dado la talla en su tierra. Ni siquiera se ha acercado a la final soñada, como la que se escapó en el último suspiro en el mismo Palacio de los Deportes por el oro europeo en 2007. Pero estos chicos vienen de traernos otro Mundial y dos platas olímpicas, y de instalarse en la NBA. Así que todos los palos le caen a Orenga (quien estuvo como jugador en otro fiasco histórico, el angolazo de Barcelona 92), técnico de perfil bajo elegido, dicen, para que en realidad mandaran los veteranos.

Tras un camino arrollador en la primera fase, Orenga fue barrido tácticamente por su rival francés en cuartos y no aprovechó una plantilla más amplia de lo que él veía. El Palacio coreó “Orenga dimisión”, pero él replica que hará lo que le digan sus jefes. Las tertulias deportivas de la tele y la radio, y las de los bares, ya lo han sentenciado. Se resiste a lo inevitable, pagar con su prescindible cabeza los errores propios y ajenos. Porque la afición no la va a tomar con los Gasol aunque tampoco estuvieran a la altura de sí mismos.