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De ‘poverello’ a ‘riccone’

La colectiva 'On the road' reúne trabajos de 35 artistas en torno a la figura de san Francisco de Asís

Vista de 'Albert’s Way' (El camino de Alberto), 2014, de Francis Alÿs.rn
Vista de 'Albert’s Way' (El camino de Alberto), 2014, de Francis Alÿs.

La figura de san Francisco, uno de los santos más reinventados del catolicismo español, es objeto de una muestra en Santiago de Compostela, lugar adonde parece que llegó Il Poverello d’Assisi en peregrinación hace exactamente ochocientos años y solo seis después de haber recibido la revelación definitiva de su misión tras escuchar las palabras del Evangelio: “No lleven monedero, ni bolsón ni sandalias, ni se detengan a visitar a conocidos…”. Su afán de reconstruir las iglesias por la vía austera y su aspecto de fraile grunge encuentran su símbolo más remoto en la capilla de Santa María de los Ángeles, la Porciúncula (la “partecita”), llamada así por estar situada junto a un convento benedictino mayor a los pies de Asís. Desde la cuna de la orden franciscana, los monjes salían de dos en dos, trabajaban para granjeros y auxiliaban a leprosos mientras hacían camino. Pues bien, de eso trata On the road,una colectiva financiada por el Departamento de Turismo de la Xunta para su exhibición en una ciudad donde el peregrinaje se ha convertido en un tinglado turístico y político, un gran negocio en fin, aunque no esté muy claro si el supuesto osario del patrón de España se encuentra en un sepulcro de la catedral, ni tan siquiera si el mártir Zebedeo pisó alguna vez el Finisterre galaico.

Es importante señalar (Dios está en todos los detalles) que la restauración y adaptación como espacio expositivo del palacio de Gelmírez, donde se exhibe la mayor parte de las obras (esta porciúncula, apoyada en el costado norte de la catedral, fue residencia episcopal durante el siglo XII), ha superado hasta no sabemos cuánto el presupuesto inicial de 600.000 euros. Si a eso sumamos el coste de la realización, transporte, seguro de las obras (las cifras oficiales son de un millón de euros) y la producción del catálogo (Ediciones Polígrafa), estamos ante algunos estigmas que el fundador de la orden franciscana habría querido ocultar en las raídas mangas de su hábito. La pregunta es: ¿tiene sentido que la Administración pública financie alegremente una muestra tan costosa en estos momentos de crisis, que lo haga a espaldas de un museo (el CGAC) o de otras instituciones faraónicas (que en su día se llevaron un pico importante del presupuesto público) y que además se exhiba bajo el símbolo o inspiración de un santo que predicaba la privación y el desacomodo? La respuesta es un enfático no.

Imagen del filme 'Buon Fresco', 2014, de Tacita Dean.
Imagen del filme 'Buon Fresco', 2014, de Tacita Dean.

Desde luego, en el arte, la indulgencia no la conceden los supersticiosos patriarcas de la Iglesia, siempre sedienta de mitos, sino los propios artistas. Y aquí, en cambio, sí se percibe que autor y trabajo son auténticos y accesibles, a ratos íntimos o resonantes. Cuarenta y cuatro obras seleccionadas por Glòria Moure se exhiben liberadas de embalajes teóricos, algunas son muy ópticas y esenciales, aunque retengan el misterio de un tour de force con el material, de manera que uno no se imagina cómo han sido hechas. Es el caso de la artista norteamericana Roni Horn, quien ha llevado a la iglesia de Santo Domingo de Bonaval una instalación hecha con 10 pozos translúcidos de color violeta que se asemejan a grandes vasos de agua a punto de desbordarse. En la misma nave central de este templo del siglo XIII están los trabajos de Mario Merz (Espiral Poblenou), Nam June Paik (One candle) y Annika Kahrs (Playing to the birds). Pero el artista sobre el que parece girar toda la colectiva es Antón Lamazares. El gallego es un profundo conocedor de la figura del santo (él mismo fue seminarista franciscano); y su pintura De los harapos, ya en Gelmírez, recuerda la prédica de la pobreza del monje y es un homenaje a la verdadera esencia del peregrino que camina y canta. El también pontevedrés Jorge Barbi ha pintado de colores los nichos vacíos del cementerio de Bonaval (En el final del camino).

Yves Klein firma dos monocromos, un tapiz azul y otro oro, que realizó en 1956 después de visitar los frescos de Giotto en la basílica de San Francisco de Asís. El mismo motivo inspira a la inglesa Tacita Dean en el filme Buon fresco, filmado en 16 milímetros, que muestra la gestualidad del gran artista florentino en las escenas de la estigmatización del santo. Una de las ilusiones más convincentes de la muestra es la obra de luz y niebla del inglés Anthony McCall, instalada en una sala a oscuras donde dos vídeos proyectan en sendas pantallas enfrentadas un cono de luz y escrituras de trazos curvos que cambian a medida que el visitante las traspasa. La obra lleva a cuestionarnos nuestros sentidos de sustancia, presencia y ausencia. En los pasillos del mismo palacio se han instalado ocho pantallas de televisión, obra del belga Francis Alÿs, donde se ve cómo el artista se filmó en su estudio de México DF caminando 19 horas al día durante una semana para cubrir 100 kilómetros, la distancia que une Ferrol con Santiago, el llamado Camino Inglés.

Otros autores que ya forman parte del canon de la segunda mitad del XX (Joseph Beuys, Robert Smithson, Marcel Broodthaers, Christian Boltanski, Piero Manzoni, Giuseppe Penone, Antoni Tàpies, Alighiero Boetti, John Cage, Félix González-Torres, Lawrence Weiner, Jannis Kounellis, Richard Long, Giovanni Anselmo, Franz West o Lothar Baumgarten) han sido llamados a peregrinar en este camino, pero sus trabajos, más o menos sorprendentes, no consiguen aliviar la sensación de que el arte sigue sirviendo tanto para los rotos (de San Francisco) como para los descosidos del poder.

On the Road. Varios espacios expositivos. Santiago de Compostela. Hasta el 30 de noviembre.