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Resistirse a la subasta del mundo

La colaboración entre creadores y ciudadanos y los trabajos invisibles, lo más destacado del año en arquitectura

El inmueble ligero alemán creado por el estudio Sanaa.
El inmueble ligero alemán creado por el estudio Sanaa.

Este ha sido un año cargado de buenas intenciones y duras constataciones. La arquitectura ha ahondado en su bicefalia —entre el espectáculo desarraigado y las urgencias básicas— aunque cada vez incline más la balanza hacia lo necesario. No le queda otra. Lo necesario es lo único que puede construir su puente hacia la sociedad y, de paso, dar trabajo a los miles de profesionales con título y sin empleo. Más allá de carecer de grandes presupuestos, lo necesario es imprevisible: a veces pasa por reparar, otras por hablar claro, otras por diagnosticar y otras más por ganar confianza para una profesión que, como los médicos, puede y debe ayudar.

El mercado barcelonés de El Escants. ampliar foto
El mercado barcelonés de El Escants.

Así, es significativo que el protagonista arquitectónico de la capitalidad cultural de Marsella haya sido invisible. La reconquista del puerto como espacio ciudadano ha alterado más la vida en esa ciudad francesa que cualquiera de sus nuevos museos. Frente a esa dosis de trabajos tan esenciales, los que durante décadas han sido los representantes del poder arquitectónico están cada vez más alejados de la realidad. Por mucho que hayan sabido sumar a su discurso una parte de retórica social, su propia obra los contradice. Es el caso de proyectistas de vanguardia como Norman Foster en Kazajistán o, ahora, Zaha Hadid en Azerbaiyán, levantando los nuevos símbolos de países que pretenden ser modernos sin ser antes democráticos. Es cierto que la arquitectura se ha erigido siempre de la mano del poder, pero también que el poder de papas, monarcas absolutos o dictadores no era una responsabilidad compartida. En el siglo XXI a la arquitectura no le queda otra que representar más a la sociedad y menos al poder.

No va a ser fácil. La iniciativa privada confía en esta disciplina como inversión económica o como reclamo publicitario. Y, salvo escasas excepciones, la pública compró ese razonamiento. Así, nunca como hoy los discursos han apelado tanto a la ética, sobre todo a la hora de presentar proyectos sospechosamente irregulares. Pero está claro que cuando uno trata de justificarse perfila torpemente su propia acusación.

El madrileño Campo de la Cebada. ampliar foto
El madrileño Campo de la Cebada.

Este marco lo han retratado bien los premios de la Bienal de Arquitectura Española de este año que han viajado de la inauguración a la recuperación en todas sus vertientes: del paso atrás de Jerónimo Junquera frente al hipódromo de la Zarzuela, al injerto vital de Langarita Navarro transformando la Serrería Belga en el Media Lab Prado (un buen proyecto arquitectónico que permanece cerrado excepto cuando se alquila para fiestas). En Barcelona, Fermín Vázquez ha puesto al día la naturaleza callejera del mercado de El Encants con el difícil ejercicio de alterar sin transformar. El resultado tiene cierta justicia histórica. Los tenderos llegaron allí hace 85 años para no molestar en el centro. Fue su presencia lo que convirtió esa periferia en barrio. Así, ha sido ejemplar que a nadie se le pasara por la cabeza expulsar el mercado de un vecindario en el que hasta la parada de metro lleva su nombre. También lo ha sido no transformar un mercado de las pulgas en un centro comercial con la excusa del progreso. Otra palabra devaluada.

Vázquez no está solo en la reinvención tipológica con su cubierta-mercado a pisos. En Alemania, el estudio Sanaa (Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa) convirtió los 20.000 metros cuadrados de un almacén fabril en un inmueble ligero que ahorra un 60% de energía. Lo mejor del resto del planeta comparte ese mismo idioma: la resistencia a perpetuar los mismos errores y la negativa a participar en la subasta del mundo. Es el caso del Museo Jumex de David Chipperfield, una isla de calidad espacial y constructiva en el marco del voraz nuevo México DF. Es por las grietas de ese mar de hormigón por donde se cuela la nueva arquitectura anónima y cívica. La participación es la palabra clave que todavía no se han apropiado los discursos del poder, pero ojo, participar exige compartir. Eso es lo que hace una serie de colectivos que, tras lustros de trabajo, este año han recibido el reconocimiento de un premio (El Campo de la Cebada en la Bienal Española) y con él, la amenaza que supone su admisión entre los premiados. Nada desactiva más que el reconocimiento público. La labor cívica de los colectivos de arquitectura no puede institucionalizarse, pero sí debería fortalecerse si no busca convertirse en ocupación de juventud. Son muchos los países que ofrecen ejemplos de qué hacer con el talento de los arquitectos que empiezan: juntarlo a las necesidades de la gente. Los arquitectos son demasiados para continuar siendo una élite profesional. Los trabajos mas artísticos, y quienes los firmen, seguirán siendo una rara avis. Pero hay medio mundo, plagado de ciudades informales, que espera el conocimiento arquitectónico para sanearse y poder vivir mejor.