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OBITUARIO

Mariana Cornejo, cantaora, alegría y pena de Cádiz

Maestra en chuflillas y tanguillos, dominaba también la vertiente grave del flamenco gaditano

Mariana Cornejo, cantaora gaditana, en 2007.
Mariana Cornejo, cantaora gaditana, en 2007. EFE

La cantaora Mariana Cornejo, Mariana de Cádiz, falleció el pasado miércoles con 66 años de un súbito fallo multiorgánico en la ciudad en la que nació y cuyo cante llevó por bandera. Los aficionados, sus compañeros, la ciudad entera, pudieron despedirse de ella entre el dolor y la sorpresa que su muerte ha causado. Su cuerpo estuvo expuesto durante el día de ayer en el Centro Flamenco de la Merced, en el corazón del popular Barrio de Santa María, muy cerca de la estatua de su amigo Chano Lobato de quien, al fallecer, recibiría el testigo simbólico de portadora de los estilos gaditanos. Ella era Cádiz por naturaleza y por vocación. Siempre sencilla y cercana, no se reconocía graciosa, pero su ser irradiaba una simpatía natural nada pretendida. Para su cante eligió los estilos de la tierra porque, confesaba, era lo que mejor sabía hacer. Fue así dominadora de las chuflillas con su vertiginoso compás, sabia en cantiñas y señora del tanguillo, pero Mariana portaba también esa vertiente grave del flamenco gaditano, el de la soleá de Enrique El Mellizo, por ejemplo, que interpretaba con una soberbia contención.

Su carrera fue curiosa cuanto menos. Sobrina de Canalejas de Puerto Real, con quien se iniciaría, fue artista precoz de niña y se asomó a los escenarios y a las radios, con sus concursos tan en boga. Le gustaba recordar que la llegaron a anunciar como La Paquera Chica, quizás por su fuerza o quizás por su devoción por la cantaora jerezana. Su otra pasión artística sería Antonia Gilabert, La Perla de Cádiz, por cuyo marido, Curro La Gamba, volvería a retomar una carrera abandonada prematuramente por exigencias paternas. Curro la animó porque decía que su voz era la que más le recordaba a su difunta Antonia. También la animó el poeta arcense Antonio Murciano, con el que se volvería a reunir después. Por fin, a mediados de los ochenta del pasado siglo, ya casada y con una hija, Mariana volvería al arte haciendo compatibles sus obligaciones de madre y de artista con la misma pasión. Imposible no pensar que una faceta se empapó de la otra y viceversa: derrochó arte en el día a día con su extraordinario ímpetu y generosidad, y mimó el cante con un cuidado casi maternal. Quizás por eso el éxito y el reconocimiento no tardaron en llegarle pese a una carrera discográfica irregular. Entre sus discos cabe destacar su trabajo de debut en 1988 con Cosas de Cai, su grabación Cádiz por Cantiñas (2007), dirigida por Antonio Murciano y de la que Mariana se sentía muy orgullosa, o su disco de villancicos De Cai a Belén (2009). Y, por supuesto, Tela marinera, de 2005, la obra con la que decía sentirse más identificada.

En 2007, durante el XXV Congreso Internacional de Arte Flamenco, la cantaora recibió el Premio Miguel Acal de la Asociación Nacional de Críticos, Escritores e Investigadores del Arte Flamenco como reconocimiento por su trayectoria artística y por su calidad como persona, además de por la citada grabación Tela Marinera. En ella incluía el clásico tanguillo La guapa de Cádiz, de Quintero, León y Quiroga, que habría de proporcionarle una curiosa proyección. El bailaor Antonio El Pipa la incorporó a su compañía con el espectáculo De Tablao y Mariana paseó su genio gaditano por los escenarios de medio mundo, recreando el monólogo de La Guapa. La historia ha querido que sea otro tanguillo, pero muy distinto, el que constituya su última grabación aparecida. Se incluía dentro de la grabación El bar nuestro de cada día del grupo La Canalla, con quien aceptó grabar pese a las distancias estilísticas. Hace apenas unos meses acudía en persona a la presentación del disco y dejaba su fuerza cantaora arropada por un grupo de metales y sección de ritmo. Cantó a dúo con el líder del grupo, Chipi Romera, que al despedirla exclamó: “¡Ay, quién tuviera veinte años más!”.