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Cómo suceder a un genio

Los artistas que siguieron a Velázquez se sirvieron de sus últimas obras como inspiración

'Carlos II, como gran maestre de la orden del Toisón de Oro' (1677), de Juan Carreño de Miranda. Ampliar foto
'Carlos II, como gran maestre de la orden del Toisón de Oro' (1677), de Juan Carreño de Miranda.

La última sala de la exposición Velázquez y la familia de Felipe IV reúne en el Museo del Prado  obras de los sucesores del genio sevillano, como Juan Bautista Martínez del Mazo, que era también su yerno, y Juan Carreño de Miranda. A ambos les tocó el papelón de intentar seguir la estela del autor de Las meninas. Aunque esto era imposible, demostraron que "había vida en el retrato cortesano español después de Velázquez", subraya Javier Portús, el comisario de la muestra que podrá contemplarse entre el 8 de octubre y el 9 de febrero de 2014. Los artistas que tomaron el testigo se sirvieron de los últimos velázquez como inspiración para continuar con el estilo del retratista de Felipe IV pero también "supieron crear su propio mundo", según Portús.

En el catálogo de Velázquez y la familia de Felipe IV, Miguel Morán Turina señala que Carreño de Miranda "supo enfrentarse al modelo de los retratos velazqueños con una independencia y una libertad mayor que la que tuvo nunca Martínez del Mazo, que pasó toda su vida siguiendo los pasos de su suegro". En su opinión, Carreño reinterpretó "de una manera sutil pero espléndida, más barroca, los modelos de Velázquez".

Los cuadros de esta última sala dejan un pellizco en el estómago. Es la desolación ante unos personajes en declive físico, en paralelo al de la propia monarquía. Buen ejemplo es Mariana de Austria, (1666) de Martínez del Mazo, en el que la reina, siempre pintada con boato y maquillada, es ahora una viuda de 30 años, triste, vestida de negro, sentada y con un papel en la mano, metáfora de que aún tiene el poder.

De Carreño destaca Carlos II como gran maestre de la orden del Toisón de Oro, de 1677, 17 años después del repentino fallecimiento de Velázquez. En este óleo (de 216 x 140 centímetros) son "muy evidentes las huellas velazqueñas, como el manejo del color y el uso de espacios llenos de significado para albergar a sus retratados". Aquí Carlos II posa en el Salón de los Espejos de palacio, el espacio solemne donde El Hechizado recibía a los embajadores y celebraba audiencias. Los espejos de esa estancia reflejan la cabeza del monarca y los cuadros que colgaban de las paredes. Todos esos espejos simbolizan el poder. El comisario apunta otra interpretación, la que se dio a esos cristales azogados en el siglo XX: ahí está la decadencia de la monarquía española.

Sin embargo, lo más impresionante del cuadro es la figura espectral, delgada y del color de la cera, de Carlos II, el rey que pagó en sus carnes tantos matrimonios endogámicos y que murió en 1700, cinco días antes de cumplir los 38 años y sin herederos, lo que motivó la guerra de Sucesión. Carreño lo pintó tal y como era: "Es una imagen que describe certeramente el contraste entre un rey vulnerable, débil físicamente, y su ostentosa vestimenta, símbolo del imperio que aún gobernaba".

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