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OPINIÓN

Jurados

El tal Bretón parece un monstruo intolerablemente real en el que volcar la indignación colectiva. Se le acusa del crimen más inhumano y salvaje, el de sus niños

José Bretón, durante el juicio por la desaparición de sus hijos. Ampliar foto
José Bretón, durante el juicio por la desaparición de sus hijos. efe

Siempre hemos vivido tiempo de canallas, pero es fácil transigir con esa abyecta certidumbre, e incluso olvidarla, si el frigorífico está lleno y no hay indicios de que va a llegar la intemperie. Ante esa placidez personal y ambiental la gente también vota en las elecciones a los que reconocen como suyos, confiando en que intentarán mejorar ese estado de las cosas en el que perciben imperfecciones, cositas que deberían arreglarse, o por esa convicción tan angelical y tranquilizadora de que en política existen los buenos, los regulares, los malos, los malísimos, los míos y los de ellos.

También podemos creernos que las manzanitas podridas son arrojadas al vertedero y que la prueba es que ese triunfador arrogante llamado Bárcenas, o el pavo castizo que repartía en los bares la pasta de los ERES que nunca existieron, han pagado sus desmanes con la cárcel. Pero es altamente dudoso que nadie de sus respectivos partidos les acompañe. El sistema seguirá inmune, la infinita tribu de la corrupción tal vez sufra algún sobresalto para cubrir las apariencias y que el populacho se sienta aliviado o vengado, pero nada más. Cuando pare de llover, la gente se habrá olvidado de sus iracundas intenciones de abstención o del voto en blanco. Al fin y al cabo, es mejor tener un sistema, aunque hieda, que no tener ninguno, o caer en manos de la diabólica anarquía.

Dando por supuesto que ni la clase política ni los banqueros serán desterrados a las tinieblas aunque sus fechorías sean transparentes, habrá que encontrar un monstruo intolerablemente real en el que volcar la indignación colectiva. El tal Bretón lo parece. Se le acusa del crimen más inhumano y salvaje, el de sus niños, y todo en la imagen y en la expresividad de este hombre inspira grima y terror. Pero el jurado ha tardado tres días en declararlo culpable. Algo que demuestra que han surgido dudas, discusiones, presencia de la racionalidad, respeto a la justicia, comportamiento de profesionales —ay, esa forense con plaza fija que confundió huesos de niños con los de animales— aunque todos fueran novicios, que se lo han currado. Con lo fácil y lo comprensible que sería el linchamiento inmediato de Satanás. Me inquieta gratamente la personalidad de ese jurado.