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“Hemos perdido el contacto con el alma, la armonía con el espíritu”

El director titular del Concertgebouw habla sobre la orquesta y su visión de la música

El director letón Mariss Jansons. Ampliar foto
El director letón Mariss Jansons.

—¿Cómo anda de salud, señor Jansons?

—Oh, muy bien. Ahora ya estoy bien. No se preocupe, muchas gracias.

Resulta que en 1996, cuando dirigía el último acto de la Bohème en Oslo, Mariss Jansons (Riga, Letonia, 1943) sintió un dolor de mil demonios atravesándole el pecho. En plena actuación, un ataque al corazón le hizo desplomarse en el foso. Ya en el suelo, según cuentan los músicos, siguió dirigiendo con los dedos la obra de Puccini. Quién sabe qué remoto lugar de su alma permanecía conectado a la música, pero mantuvo con vida esa parte de su cuerpo. Hay más: 12 años antes, su padre (Arvid Jansons) había muerto en un podio. Otro ataque cardiaco. “He pensado mucho en esto. Pero puede ser cualquier cosa. Hay gente que se cuida, y otra que no. Nunca sabes. Pero no tiene nada que ver con la música”, explica antes de recalar hoy en Madrid, donde dirigirá dos noches seguidas a la orquesta del Royal Concertgebouw en el ciclo de Ibermúsica (la primera acompañado del violinista Leonidas Kavakos).

Alejado de los focos mediáticos, colegas como Rattle creen que es el mejor

Muchos consideran que la formación holandesa es una de las mejores del mundo (la revista Gramophone la proclamó número 1 en 2008). Él echa balones fuera. “En música es muy difícil decir quién es el mejor. Es muy bonito que lo digan, y definitivamente estamos en el grupo de las mejores, pero esto no es deporte. Sí puedo decirle que el sonido es muy especial. Es transparente, muy equilibrado. Tiene un gran sentimiento del estilo. Pueden tocar mucho más allá del repertorio: música francesa, barroco, Mahler, Bruckner...”. Un sonido al que ha contribuido la impresionante acústica de su templo en Ámsterdam.

La personalidad de la orquesta se ha forjado a través de solo seis directores en 125 años (Willem Kes, Willem Mengelberg, Eduard van Beinum, Bernard Haitink, Riccardo Chailly y el propio Jansons), confiriéndole un sentido unitario y de respeto a la tradición que envuelve al recién llegado. “Ha sido muy estable por muchos años, más que cualquier otra orquesta. Y cada director intenta mantener esa tradición. Luego siempre añade algo conectado a su personalidad”.

He trabajado por la alta calidad. Si la gente está contenta, yo también”

Jansons no es una estrella mediática. Pero muchos de sus colegas —y no son muy dados al halago— como Simon Rattle, director de la Filarmónica de Berlín, le consideran el número uno. Se diría que es un director de culto. “Para mí lo más importante ha sido la excelencia. He trabajado y he estudiado siempre con la vista puesta en hacer conciertos de alta calidad. Si la gente está contenta, yo estoy contento. Es así de simple”. El marketing y la publicidad que rodean a muchos directores no van con él. “Todo debe surgir de forma natural. Si alguien muy joven empieza con grandes agentes, relaciones públicas, a estar en las revistas… mal. Eso no es lo más importante. Lo más importante es la calidad, si la tienes ya estarás en las revistas. Las cosas se consiguen con el trabajo duro. Pienso que si usted me llama para una entrevista es porque he hecho bien mi trabajo. No al revés”.

Por ese sentido del deber y el trabajo —también por su débil estado de salud— dejó de dirigir ópera. Está claro que Jansons no pertenece a la generación jet privado de directores de orquesta omnipresentes. “Claro que echo de menos la ópera, muchísimo. Pero, honestamente, no tengo horas. Llevo dos orquestas de primer nivel \[también dirige la prestigiosa Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera\] y me exige mucho tiempo y energía. Preparar bien una ópera exige como mínimo dos meses y medio. Es imposible para mí. Porque además, de vez en cuando, dirijo a la Filarmónica de Viena o a la de Berlín…”.

Jansons ha creado un estilo exigente, pero profundamente dialogante con sus músicos. A diferencia de Karajan, de quien fue asistente y al que “nadie discutía, un hombre que podía conseguir lo que quisiese”, él está abierto al debate. “El director es un líder y tiene que estar al más alto nivel. Inspirar, motivar y organizar. La gente debe sentir que tiene un líder fuerte, pero también a una buena persona. Me gusta hablar con ellos, soy un trabajador de equipo. No me gusta decidir solo. Estoy preparado para debatir”.

Nacido en el gueto judío de Riga, casi a escondidas, fue un superviviente desde la cuna. Quizá por eso vive obsesionado con la búsqueda del alma y la espiritualidad del ser humano. La música, suele decir, es el lenguaje de esa parte del hombre. Y quién sabe, quizá eso fuera lo que le mantuvo con vida la noche de Oslo. Hoy, en tiempos tan oscuros como aquel foso en el que se desplomó, sigue buscando el destello del alma para levantarse. “Siempre he pensado que el desarrollo material de este mundo ha sido superior al espiritual. El espíritu debería estar mucho más en armonía con lo material, pero no es el caso. Nos falta esa armonía entre ambos lados del ser humano. Hemos perdido el contacto con el alma. Y eso se ve especialmente en los niños. En el jardín de infancia deberían ya relacionarse con la música”.