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Pesadilla

La política ha cambiado. Aquellos tejedores de sueños colectivos han dejado paso a profesionales aplicados

La política ha cambiado. Aquellos tejedores de sueños colectivos han dejado paso a profesionales aplicados. Primero fueron gestores, palabra que robó a la vocación política toda su aureola de sueño y grandeza. El político como gestor tiene algo tan desilusionante como ir a un campo de fútbol a animar al árbitro. Uno va a allí a vibrar, a emocionarse, no paga la entrada para satisfacerse cada vez que se aplica el reglamento con puntillosidad o se fijan los minutos de descuento con precisión suiza. Pero aceptamos al político gestor como un mal menor. Frente al iluminado, el tahúr y el vendedor de crecepelo, optamos por el contable riguroso. Dejamos de soñar con princesas para tener sueños donde el jefe nos abronca o la panadera nos reprende, así la política quedó liberada de tentaciones.

Pero la cosa ha ido a más. Ahora el político ya no trabaja para nosotros, sino para una ambición distinta. El ministro de Defensa vende armas en el mercado internacional, el de Salud aplana el terreno para inversores, el de Cultura busca mecenas y el de Educación que alguien monte universidades, yo pongo el terreno. Estaba claro que después del político gestor, llegaría el político viajante de comercio, que en la maleta de muestras ofrece el país mismo. Quédeselo, señora, que está a muy buen precio. Los bienes del Estado ofertados en la lonja.

Lo que ha pasado con la sanidad en Madrid es la más contundente aplicación de la política cuando no contiene sueños ni vocación de servicio público ni afán de proteger lo colectivo. Van a lo suyo y si pierden un poquito de prestigio y popularidad, no se aflijan, serán compensados en la vida futura, que es lo bueno de los profesionales de la gestión. Siempre les guardarán un buen puesto en los grandes consejos de administración, esos tan ventajosos donde, según han narrado en los juzgados durante el caso Bankia, firmas lo que te ponen delante sin preguntar como un cobardica, pero cobras como un machote dietas y emolumentos. Con razón durante las votaciones parlamentarias miran para otro lado o juegan al Tetris. Ay, es lo malo de dejar en creer que los sueños son posibles: la realidad se convierte en una pesadilla.