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25 años de un Macba en construcción

El museo barcelonés celebra los 25 años del inicio de la adquisición de fondos con una amplia exposición centrada en el cambio de siglo

Aspecto exterior del Macba, obra de Richard Meier que cambió la configuración del barrio del Raval de Barcelona. Ampliar foto
Aspecto exterior del Macba, obra de Richard Meier que cambió la configuración del barrio del Raval de Barcelona.

El Macba expone estos días una instalación de Krzysztof Wodiczko, artista polaco afincado en EE UU, que seguramente constituye una buena metáfora de cómo se reúne hoy una colección para un museo de arte y cómo esta interpela al espectador contemporáneo. Entras en una sala oscura en la que percibes unas proyecciones como tomadas desde detrás de vidrios esmerilados que recogen escenas laborales, pues intuyes que alguno de los borrosos personajes lleva un casco de obra, otro un chaleco reflectante, etcétera. Los fragmentos de conversaciones que escuchas por el audio son en lenguas que no comprendes, asiáticas, africanas, quién sabe. Título de la obra: If you see something…(2005), calcado al de una campaña que tuvo lugar en Nueva York tras los atentados del 11-S que invitaba a los ciudadanos a la denuncia si veían alguna cosa sospechosa. La pieza tiene mucho de caverna platónica: al fondo intuimos unas sombras de la realidad que no entendemos y que precisamente por ello nos parecen amenazadoras. Se nos conmina a reaccionar, pero no sabemos en qué dirección, ni si lo que vemos tiene sentido más allá de la trivialidad de unos encuentros que pueden producirse en cualquier calle de cualquier ciudad del mundo. Seguramente la angustia es uno de los principales nutrientes del arte actual.

Episodios críticos, así se titula la exposición que ocupa todas las salas del museo barcelonés y que procede de los fondos propios, unos fondos que empezaron a construirse hace ahora 25 años. La historia es conocida. Desde su nombramiento como alcalde en 1982, el alcalde Pasqual Maragall había hablado con el empresario Leopoldo Rodés de la necesidad de que Barcelona contara con un museo de arte contemporáneo. Fue la candidatura olímpica que dio cuerpo definitivo a ese proyecto. En octubre de 1986 Barcelona fue elegida sede de los Juegos de 1992. Apenas dos semanas después del evento, el alcalde se puso en contacto con el empresario para poner en marcha una fundación con el encargo específico de reunir fondos para el futuro museo. Esa fundación se constituyó al año siguiente, con 33 particulares que integrarían el patronato y 33 compañías fundadoras. En 1988, la fundación, el Ayuntamiento y la Generalitat crearían el consorcio, al cual se uniría en 2007 el Ministerio de Cultura. Echaba a andar un modelo de colaboración mixto público-privado que 25 años más tarde, a pesar de los rigores de la crisis, no da síntomas de agotamiento.

En 1987 se creó la fundación. En 1995, el edificio diseñado por Richard Meier

“La fundación nació con dos ideas claras que están en la base de su éxito. Primero, que era imposible recuperar el tiempo perdido, es decir, que nunca podríamos comprar obras de las vanguardias históricas del siglo XX y que debíamos concentrarnos en una colección de arte joven internacional del último tercio del siglo XX”, rememora Leopoldo Rodés. “Y segundo, que siempre nos someteríamos a la línea fijada por el comité de expertos, solo intervendríamos en el precio de las adquisiciones. Cosa que hemos mantenido: he de decir que el gusto personal de los patronos siempre ha sido más conservador que el de los expertos, pero nunca ha habido la menor observación negativa al respecto”. Destaca Rodés que uno de los hitos importantes en la construcción de la colección se produjo en 2010, cuando se firmó el acuerdo con La Caixa para una utilización conjunta de sus fondos de arte sometido a la evaluación del mismo comité de expertos: “Entre los dos fondos sumamos 5.000 obras. Son colecciones del mismo periodo pero que no se duplican”.

Al igual que la remodelación del Museo Nacional de Arte de Cataluña, en Montjuïc, el Macba no llegó a tiempo para la cita olímpica. El pulcro edificio de Richard Meier, en el corazón del barrio del Raval, se inauguró en 1995. Vacío, según una discutible decisión del alcalde, el cual quiso de este modo dar realce a la obra arquitectónica, —considerada "la joya de la corona" de las construcciones olímpicas— y a la reforma urbanística de un barrio céntrico degradado por décadas de dejadez. Primero la piedra, luego “el relleno del pavo”, en expresión del propio Maragall: esa fue la fórmula catalanísima que suscitó largas polémicas, pero que a la postre funcionó.

Jordi Pujol observa en 1995 la maqueta del museo ante la mirada de Pasqual Maragall y Richard Meier. ampliar foto
Jordi Pujol observa en 1995 la maqueta del museo ante la mirada de Pasqual Maragall y Richard Meier.

En el caso del Macba, la discusión se produjo a propósito de si empezar la colección en los años cuarenta o con los posteriores artistas de Dau al Set y en consecuencia cómo relacionarse con el MNAC. “Es un debate completamente superado”, asegura Bartomeu Marí, director del Macba desde 2008. “Hoy las relaciones entre los dos centros se basan en la complementariedad, y ello gracias a la cualidad y la pulcritud de los criterios artísticos que los regentan”. “El Macba nunca ha pretendido ser un museo enciclopédico. Trabaja sobre el presente y el futuro, se ha especializado sobre el cambio de siglo en el arte catalán, español e internacional especialmente en los ámbitos del sur de Europa, el norte de África y Oriente Medio”. “Nunca hemos estado condicionados por Matisse o Picasso”, remata por su parte, gráficamente, Leopoldo Rodés para dar cuenta del no sometimiento del centro a criterios antológicos.

El futuro es borroso: el presupuesto ha caído un 5% con respecto a 2011

Episodios críticos. ¿Es que el arte del cambio de siglo solo puede mostrarse de forma episódica, sin un discurso común a las distintas manifestaciones? “Se trata de un relato por entregas, por fascículos. Las exposiciones, que ocupan las dos plantas del museo, pueden verse conjunta o separadamente. Nuestro discurso no se basa tanto en las respuestas que podamos dar como en las preguntas que seamos capaces de suscitar”.

El itinerario arranca con el cuestionamiento del género pictórico de la década de los setenta. La película de Pere Portabella (1969) que muestra a un Joan Miró ya mayor borrando su propio mural del Colegio de Arquitectos de Barcelona es una respuesta a la sentencia del crítico Clement Greenberg, que fundamentó el expresionismo abstracto de la década anterior: “Hay que huir del contenido como de una plaga”.

Invitado a fotografiarse ante alguna obra de la exposición, Bartomeu Marí escoge justamente un mural de esta sección, una serie de paneles de Raymond Hains en los que aparecen fragmentos arrancados (décollage) de viejos anuncios publicitarios. El camino prosigue por obras de Rauschenberg, Antoni Tàpies y Hernández Pijuán, entre otros, hasta desembocar en Santa Comida (1984-89), vistoso “altar” de Miralda en el que los alimentos reciben un trato fetichista de santones de retablo.

El director Bartomeu Marí, en el museo. ampliar foto
El director Bartomeu Marí, en el museo.

En la segunda planta el mundo del trabajo ocupa buena parte del espacio. La fotografía de viejos modelos industriales (con obras de Andreas Siekman, Allan Sekula, el propio Wodiczko) se contraponen a obras de Chillida, Jorge Oteiza, Segi Aguilar, Plensa, Richard Serra y otros en los que la escultura documenta el proceso de transformación de la materia. “El mundo del trabajo aparece a la vez como un bien muy preciado y como algo que no vale nada, según van quedando arrinconados los viejos modelos de producción”, observa Marí. La enorme fotografía de Sekula de un viejo carguero recostado sobre la borda camino del desguace preside esta sección desde el exterior, en la plaza dels Àngels.

“Creo que la función de un museo es explicar sin distorsionar la percepción de las obras, sin interferir en las sensaciones físicas que causan. Hoy el arte no puede explicarse en términos de géneros puros como pretendía Greenberg. Estamos más preparados para leer el arte contemporáneo que para descifrar Las meninas o una naturaleza muerta del siglo XVI. Nuestro ojo es contemporáneo, ha integrado el cine o la publicidad. Y a la vez nuestro oído ha integrado un mundo sonoro muy vasto que también debe entrar en el museo”, observa Marí. Los géneros se desdibujan, en efecto: hace algún tiempo el Macba montó una de las mejores exposiciones que ha acogido sobre la figura del compositor John Cage.

El futuro se divisa borroso tras del vidrio esmerilado. Hace unos días este diario informaba del retraso del Ministerio de Cultura en hacer efectivo el pago de 1,6 millones comprometido para 2012. El presupuesto para este año ha sido de casi 11 millones de euros, un 5% menos que el año anterior y un 20% si se amplía el periodo hasta 2009. Preocupante. Y sin embargo no por ello desde la fundación se renuncia a soñar: “Podríamos tener una exposición permanente nutrida con nuestros propios fondos, de contar con más espacio”, opina Rodés. “En época de crisis como la actual es el momento de exhibir los fondos”, concluye. Y de interrogarse sobre ellos, en el convencimiento, “romántico aunque no por ello menos válido”, según Marí, de que “el arte nos hace mejores”.