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EN PORTADA / Análisis

Una humanista de nuestro tiempo

La extensísima obra ensayística de Martha Nussbaum es ejemplar tanto por su amplitud y coherencia intelectual como por su apuesta por una educación basada en la gran tradición cultural para todos

No voy a descubrir a nadie la personalidad de la gran intelectual norteamericana ganadora este año del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, sólo quisiera subrayar la relación de su actitud ética con su admirable formación humanista, en un tiempo en que ese rasgo no es ya frecuente. La extensísima obra ensayística de Martha Nussbaum (Nueva York, 1947), profesora en las prestigiosas universidades de Harvard, Brown y Chicago, es ejemplar tanto por su amplitud y coherencia intelectual como por su apuesta por una educación basada en la gran tradición cultural para todos. En su temática y su estilo se define como una tenaz lectora de los grandes clásicos de la filosofía y la literatura —desde los trágicos griegos, Platón y Aristóteles hasta Kant, Proust, Freud y Nietzsche, por citar a algunos de sus autores predilectos—; y como conocedora y muy aguzada crítica de los novelistas, pensadores y sociólogos más actuales. Contamos con buenas y prontas traducciones de casi todos sus libros, desde La fragilidad del bien (Visor, 1995) hasta Crear capacidades. Propuesta para el desarrollo humano (Paidós, 2012). Como los mismos títulos me parecen reveladores y significativos de esa perspectiva humanista, citaré además: La terapia del deseo, El cultivo de la humanidad, Los límites del patriotismo, Las fronteras de la justicia, Paisajes del pensamiento, India (todos en Paidós); Justicia poética (Bello); Libertad de conciencia (Tusquets); Las mujeres y el desarrollo humano (Herder); El conocimiento del amor: ensayos sobre filosofía y literatura (Antonio Machado), y, en fin, El ocultamiento de lo humano y Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (ambos en Katz).

Al margen de estos libros, Nussbaum ha escrito multitud de artículos puntuales y menos especializados en revistas de filosofía y en selectos periódicos académicos, e intervenido activamente en debates actuales sobre política, ética y educación, no sólo en Estados Unidos. Algunos años junto al economista hindú y premio Nobel Amartya Sen.

Con un talante liberal y una actitud personal muy decidida, Martha Nussbaum ha apoyado reivindicaciones feministas y luchado en defensa de los derechos de inmigrantes y de las gentes de otras culturas, defendiendo una verdadera igualdad social de oportunidades, y lo que llama una universal “creación de capacidades” para el pleno desarrollo personal de los individuos de cualquier cultura, raza y condición social. Ha insistido, por ejemplo, en que no solo debe atenderse al PIB como único factor para evaluar el actual Estado de bienestar de un país, sino a la educación y al marco cultural que permita una auténtica realización personal, que va más allá de una mera visión del factor económico como índice único para medir la libertad, la civilización y el progreso. De ahí su insistencia en una educación atenta a todo lo humano, como un derecho esencial, que debe ir más allá de “lo rentable” en su sentido más burdo; buscando una educación pública y universal, abierta a la cultura y a la libertad, una paideia verdadera.

Pero no intento resumir las ideas de M. N., querría solo subrayar cómo en su tan brillante trayectoria ha derivado desde los asuntos filosóficos de tono académico de sus primeros tiempos hacia los libros más recientes, de amplia temática y crítica social. Es evidente que textos amplios como La fragilidad del bien: fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega, y La terapia del deseo: teoría y práctica en la ética helenística e, incluso, Paisajes del pensamiento nos muestran a una helenista erudita, una perspicaz comentarista de textos clásicos (no sólo griegos, sino también de Lucrecio, Cicerón o Séneca, y de filósofos posteriores), que relee con hondura crítica los grandes textos de ética y política, retórica y psicología. Con sus numerosas citas, notas y bibliografía erudita, la acreditaron como ejemplar scholar (en la conocida línea de reivindicación y recuperación actual de cierto aristotelismo, como la de Rorty y otros). Pero sus temas no se detenían en el mundo antiguo, sino en los problemas de siempre, como evidencia su atención a la tragedia y la novela, los sentimientos (como el amor, la compasión, etcétera) y, en definitiva, la relación de la reflexión con la acción en la ética y la política. Es decir, rememora las teorías clásicas como instrumentos y referencias para hoy. No en un ejercicio de arqueología docta, sino de comprensión, para entender y juzgar mejor nuestro presente; típica tarea del humanista. Las referencias a los grandes pensadores le sirven para una mirada propia para enfocar con mirada más libre la circunstancia actual e invitan así a sus lectores a nuevas perspectivas sobre esa tradición intelectual (que va de las anécdotas vivaces de un Diógenes Laercio a textos de Platón, Kant y Nietzsche).

Desde esa atalaya de eruditos aires académicos, Nussbaum ha descendido con su aguzado y claro estilo expositivo a las cuestiones más candentes de nuestros días con todo su rigor crítico y su empeño humanista. En libros más breves sobre los asuntos de siempre: la educación, los sentimientos, la libertad, la cultura y la democracia real. Los títulos mismos ya lo apuntan. Y lo demuestran, entre otros, Cultivar la humanidad o Sin afán de lucro, que podríamos recomendar a los programadores de nuestros planes académicos, si su dudoso sentido crítico les permitiera leer y ser críticos al respecto.