‘Gore’

Viernes 13 es una saga de películas de terror que anda por las 13 entregas. Podría sumarse a ellas el Consejo de Ministros del pasado viernes día 13. Conscientes de ello, los protagonistas comparecieron con serio dramatismo, gesto contraído de víctima de película de serie B y olor a sangre de sirope. Querían borrar el jolgorio y las imprecaciones de dos días antes, cuando los recortes fueron anunciados en el Parlamento. Quizá hasta hacer olvidar aquel domingo, día del señor futbolístico, en que el presidente del Gobierno se fue a ver el partido de España tras convencernos de que todo estaba resuelto.
Las películas gore, y Viernes 13 entre ellas, se regodean en mutilaciones causadas por psicópatas. Bajo la coartada de que no hay más remedio, invocada hasta la extenuación por nuestros dirigentes, se procede a la mutilación, tras asegurar que seremos compensados en un futuro cercano. Pero puede que la sangre no nos deje ver las heridas. La sensación de ataque planificado no se atenúa pese al despliegue mediático por convencernos de las bondades del serruchazo. En primer lugar, porque el dinero público aflora para otras necesidades de manera asombrosa, enfangando aún más la deuda y anulando los esfuerzos de ahorro.
Rebajar el sueldo por tercera vez consecutiva a los funcionarios y aumentar los impuestos a toda actividad legal en nuestro país, permite dejar sin perseguir la estafa de tantos negocios sin factura y jalear el dinero negro. Los dirigentes dicen desconocer qué es una gran fortuna y protegen a sectores intocables, pese a la enorme corrupción nacional escondida tras sus prebendas. Se transpira en la nueva legislación de rebajas, horarios de apertura comercial y abaratamiento del despido, que la reforma está dictada por alguien superior. Si no puedes devaluar la moneda, solo queda devaluar los salarios. En Francia el Gobierno se ha puesto firme frente a los despidos en empresas que han recibido subvenciones millonarias, planea combatir la evasión fiscal de gigantes como Google, Amazon o Apple y retoca impuestos en niveles pudientes, mientras insistimos en la tradición de ser fuerte con el débil y servil con el poderoso. Debe de ser el género gore, que obliga al fatalismo, la hipérbole y la mutilación grosera.
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