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La bella, la bestia, la pista

Amanda Lear vuelve a la escena musical con un disco de acento electrónico 'I don’t like disco', titulo y guiño irónico para la que fuera una de las reinas de las 'dance-floors'

'Amanda Lear and Salvador Dali' ( 1970) , fotografía obra de Yul Brynner. La imagen formó parte en 2007 de la exposición 'Fotógrafos insospechados. Celebridades detrás el objetivo', en la Fundación Canal de Madrid.
'Amanda Lear and Salvador Dali' ( 1970) , fotografía obra de Yul Brynner. La imagen formó parte en 2007 de la exposición 'Fotógrafos insospechados. Celebridades detrás el objetivo', en la Fundación Canal de Madrid.

En el videoclip una mujer madura, (intuimos que famosa por los flashes con los que es recibida), desciende de un Mercedes Benz para refugiarse en un hotel. Por el físico podríamos pensar que tiene el mismo cirujano plástico que Faye Dunaway. Por el look, pieles y lencería sexy, que asistimos a una sesión fotográfica de Helmut Newton. En la habitación del hotel, ahora mitad voyeurs, mitad espías, contemplamos un previsible juego erótico con el teléfono como arma de seducción y cámaras de vigilancia que parecen homenajear a la Madonna más hot de los clips Justify my love y Hollywood mientras nuestra dama crepuscular repite machaconamente el estribillo, La bête et la belle….

La bête et la belle es el primer sencillo de I don’t like disco, su nueva incursión musical —el anterior, Brand new affair era de 2009- para el que ha contado con la colaboración de algunos de los nombres y talentos de la escena internacional como Louise Prey –del grupo femenino Ping Pong Bitches— o Joe Moskow —The Reverends and The Markes—. Un disco que parece tributar tanto al pasado (la onda disco germana de sus grandes éxitos, Follow me, Run baby run) como a un presente electro-disco sin salir de la pista. Hasta parecen escucharse ecos de la Velvet Underground, entre esa acidez melódica y obsesión repetitiva que envuelve algunos temas.

Amanda Lear presenta un libro de Dalí.
Amanda Lear presenta un libro de Dalí.

Algo de La Bella y la Bestia o mejor dicho de Mr. Jekyll y Mr. Hyde, siempre ha tenido Amanda Lear, esa personalidad sexualmente ambigua que ha encontrado en la confusión de géneros, masculino-femenino, su mejor office o cuenta bancaria. Un rumor que al fin y al cabo ha hecho llenar las salas donde actuaba, como ahora, actriz de éxito de comedia de teatro de bulevar con la obra Lady Oscar, versión femenina de un viejo éxito del cómico Louis de Funes. O mirar morbosamente su participación en los programas de la cadena de Berlusconi en los que ejercía de presentadora o de tele-realidad en los que actuaba como jurado.

La bella, la bestia, la pista

La que fuera una de las grandes vedettes de la música Disco a finales de los setenta en compañía de Donna Summer y Grace Jones —al otro lado del muro de sonido quedaban los flecos más kitsch de Baccara y Boney M.— con presentaciones estelares en Le Palace parisino y noches espumosas en Studio 54 junto a Andy Warhol, ha sabido llevar con inteligencia y humor ese lado oscuro de su currículo.

La bella, la bestia, la pista

Primero como bailarín llamado Alan Tapp, después como un conocido travestí de los clubs parisinos de transformistas, Peki d’Oslo, transexual operado por el famoso cirujano Doctor Burou de Casablanca —se dice que con el apoyo económico de Salvador Dalí—, Amanda Lear acabará trenzando una nueva biografía, ahora ya como modelo de Yves Saint-Laurent y Ossie Clark. La futura diva pop parece hacer suya la frase de Simone Beauvoir, “la mujer no nace, se hace”. Un itinerario donde se cruzan el swinging London y los Rolling Stones; Dalí y la dolce vita de Cadaqués; la moda y Paco Rabanne; la purpurina de los años del glam, David Bowie y Roxy Music. Hasta una habitación compartida con la mismísima Anita Pallenberg. Para el segundo disco del grupo, For your pleasure, la modelo queda impresionada en la portada en un ajustado vestido de cuero negro paseando a una pantera. La cultura de los setenta ha encontrado uno de sus clichés icónicos. Y los herederos de Sacher-Masoch, una nueva discípula.

Quizás como auto homenaje a sus treinta y cinco años de carrera musical y de diva pop, haya incluido un titulo como Icon donde Amanda Lear, con esa voz que que le robó un día a Marlene Dietrich, vuelve al cabaret, aunque esta vez no sea para cantar Lili Marleen, sino para recordar, con un punto de ironía y reivindicación, que mucho antes que Madonna o Lady Gaga, tuvo el honor de inaugurar el baile de la confusión y las voluptuosidades sobre la pista luminosa y centelleante de la discoteca.