IDOLOS DE LA CUEVA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Cuando éramos europeos

Las encuestas constatan la velocidad con que se ha pasado del entusiasmo al desánimo, con respecto a Europa, cuando no a un amargo desconcierto receptivo a la tentación del aislamiento

No fue hace mucho, pero lo parece. Hubo un momento en que, llevados por el entusiasmo, quisimos creer que, en un futuro no tan lejano, Europa encarnaría el punto de llegada de la humanidad en su evolución económica, política y cultural. Sí: el recurrente sueño secular, formulado de modo diferente, e incluso antagónico, por Tomás Moro o Hegel o Marx o el mismísimo Fukuyama. Nuestra argumentación era tan sencilla como revolucionaria: nos apoyábamos en una forma superior de soberanía, en nuestra aversión a la guerra y a la disuasión militar (lo nuestro era aquel soft power que tanto nos reprocharían los halcones post-11 de Septiembre), en un estado de bienestar trabajosamente conquistado tras titánicas luchas sociales. Derribados los muros, redescubríamos nuestra identidad en libros con el mantra europeo en el título y en viajes low cost de reconocimiento a lugares que formaban parte de nuestra patria común y para los que no precisábamos pasaporte. Gritábamos en la montaña “Europa” y el eco nos respondía "Grecia" y “Cristianismo” y “Carlomagno” y “Renacimiento” y “Libertades” y, de nuevo, “Europa”.

A este paso, sugiere Laqueur, Europa está condenada a convertirse en potencia de tercer orden, en un parque temático

Ahora sabemos que aquel sueño obviaba buen número de patologías. La guerra se introdujo en Europa —¡y de qué modo!— recordándonos que los viejos conflictos tribales, religiosos y étnicos sólo estaban aletargados. El estado de bienestar tal como lo conocíamos, se revelaba insostenible en un continente golpeado por la crisis y en el que el descenso demográfico (que en un momento se imaginó compensado por la fertilidad de la mano de obra inmigrante) propiciaba que cada vez menos trabajadores soportaran las pensiones de jubilados cada vez más longevos, en una pirámide cuya base no cesaba de menguar. El soft power era solo el síntoma de nuestra incapacidad para influir con decisión y autoridad en la multiplicidad de conflictos del mundo, un rasgo más de nuestro confortable sometimiento imperial. La crisis ha despertado la insolidaridad entre los hermanos-socios (“no me lo voy a quitar yo para dártelo a ti”), avivando viejos estereotipos nacionales. Hoy el sueño de Europa se encuentra bastante más lejos que en 1992.

Las encuestas constatan con obstinada reiteración la velocidad con que se ha pasado del entusiasmo al desánimo, cuando no a un amargo desconcierto receptivo a la tentación del aislamiento. Naturalmente, la desafección y el escepticismo se refleja también en los libros. Por ejemplo, en el devastador panfleto (encubierto) de Hans Magnus Enzensberger El gentil monstruo de Bruselas o Europa bajo tutela (Anagrama), una crítica despiadada tanto a la absurda burocracia engendrada por la implementación administrativa del sueño como a las carencias democráticas en que se fundamenta. En algunos de sus planteamientos parece darle la razón al reciente ensayo del historiador norteamericano Walter Laqueur After the Fall: the End of the European Dream and the Decline of a Continent (Thomas Dunne Books), en el que se afirma que el modo de enfrentar la crisis ha puesto de relieve la falta de voluntad y dinamismo de los europeos, más preocupados en conservar su bienestar que en crear riqueza y progreso para todos.

A este paso, sugiere Laqueur, Europa está condenada a convertirse en una potencia de tercer orden, en una especie de parque temático de sí misma (y de sus antiguos esplendores históricos, artísticos y culturales) para solaz de viajeros de países emergentes en busca de arqueologías con pedigrí. Pero donde últimamente he sentido con más intensidad —y ese es uno de los privilegios de las ficciones— ese nuevo pesimismo europeo que se nos ha ido instalando es en la novela Pasajero K, de Adolfo García Ortega (Seix Barral), en la que dos personajes desconcertados viajan y se buscan por una Europa ahora desarticulada, mientras se interrogan acerca de una identidad (personal y colectiva) en la que queda poco espacio para las ilusiones. Tal como están las cosas, reconstruirlas podría ser tarea para una nueva generación, incluyendo a sus novelistas.

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