Última estación

'Sin título', de MANU BRAVO, fotografía ganadora del Premio Autor Joven, en la 20ª edición del 'Caminos de Hierro'
'Sin título', de MANU BRAVO, fotografía ganadora del Premio Autor Joven, en la 20ª edición del 'Caminos de Hierro'MANU BRAVO

Como la vida es una costumbre de ilusiones fracasadas, hay noticias que sólo cobran su verdadero valor en la infancia. Que los bellos amores no siempre acaban bien, supone un descubrimiento decisivo en la pérdida de la inocencia. Incluso antes de vivir en persona un gran amor brota la hierba de la desconfianza. La literatura nos pone en el lugar del otro, nos hace vivir en carne propia las pasiones imaginarias de los demás. Yo le debo a El tren expreso de don Ramón de Campoamor mi primer desengaño amoroso. Un caballero español, que había intentado olvidar entre los lujos y las modas de París unas difíciles experiencias sentimentales, coincide en el vagón con una joven muy hermosa, alta, rubia y delgada.

El tren provoca las mismas coincidencias perturbadoras que las ciudades del mundo infinito
Los viajeros hablan, cuentan sus vidas y surge el amor. Pero la cercanía de los extraños siempre oculta un secreto
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EXTRA BABELIA: Subirse al tren
El viaje

El tren provoca en pocos metros cuadrados las mismas coincidencias perturbadoras que las ciudades del mundo infinito. Los viajeros hablan, cuentan sus vidas y surge el amor. Pero la cercanía de los extraños siempre oculta un secreto. Al bajarse en su estación, la mujer envuelve su consentimiento con una cita insólita. Jura que si está en su mano volverán a verse al cabo de un año en el mismo andén de la despedida. El paso del tiempo, marcado segundo a segundo por el corazón del enamorado, sólo sirve para deshacer el trágico misterio. A la cita no acude ella, sino una carta mensajera de la fatalidad. Enferma de tuberculosis, la mujer se había atrevido a darse el plazo de un año para superar la enfermedad y vivir su nuevo amor. La derrota cruel de las ilusiones obligaba a escribir una despedida trágica: ¡El triste vive y el dichoso muere!

El tren expreso era el poema preferido de mi padre. Lo leía en voz alta, en su ejemplar de Las mil mejores poesías de la lengua castellana, cuidando los tonos dramáticos de las palabras sentimentales y la agilidad ferroviaria de las partes narrativas. Aquel poema, con planteamiento, nudo y desenlace, tuvo para mí la fuerza de una novela de aventuras, que no ocurría en ninguna isla, ni siquiera en un tren, sino en los paisajes interiores de unos seres humanos. La poesía tiene mucho de novela radical de aventuras, deseos y pensamientos sucedidos en la intimidad. Cansado de que en cada lectura muriese ella, tan rubia, tan hermosa, escribí un final distinto para El tren expreso, con un amor lleno de felicidad. Fueron los primeros versos que escribí, con apenas 10 años. Había aprendido que la literatura es un ajuste de cuentas, un modo de situarse ante la costumbre de las ilusiones fracasadas.

Campoamor, que temía la modernidad, no se mostraba muy partidario ni del progreso ni de los finales felices. El tren conservaba en sus versos el aire de invento diabólico que venía a perturbar la paz de las aldeas. Se movía por los campos con un trajín de fiera encadenada, o como una sierpe que saliera de su nido. Los gemidos de la máquina recordaban a los rugidos del león, un león con melena de centellas, pero su peligro significaba en realidad una picadura envenenada contra la sociedad tradicional. La costumbre de la desilusión permite diversas salidas, ya sea por el túnel de la renuncia o por la intemperie de la lucidez. Se puede convivir con los amores fracasados sin renunciar al futuro, aprender que no hace falta vivir en Babia para mantener una moderada negociación con el mañana. Por eso cambié pronto los consejos y las humoradas de Campoamor por las interpelaciones poéticas de Gustavo Adolfo Bécquer.

Como enviado especial del periódico El Contemporáneo, Bécquer cubrió en 1864 la inauguración de la línea completa del ferrocarril del norte de España. Su crónica, titulada Caso ablativo, puede leerse hoy como un verdadero manifiesto estético de la literatura moderna. Al subirse al tren, observando en la ventanilla el paso vertiginoso de los pueblos y los campos, descubre la velocidad. La mirada de Bécquer siente el mismo vértigo que muchos años más tarde celebrarán con pasión las vanguardias futuristas gracias a las perspectivas de las avionetas. Más que consejos moralistas, su instinto lírico le obliga a buscar una versión estética de la velocidad, ese desconcierto íntimo con el que vive el ser humano de la modernidad, que progresa a costa de perder la inocencia. Los dogmas, los dioses, las patrias, los paisajes urbanos, las realidades estables y los bellos amores están condenados a deshacerse en el humo de la historia.

Ya no le sirve a Bécquer el relato minucioso de las crónicas realistas. Busca la síntesis, la punzada eléctrica, la misma brevedad certera e instantánea que caracteriza sus Rimas. No me parece una casualidad, por encima de las tradicionales polémicas entre oficios y vocabularios, que el padre de la poesía hispánica contemporánea fuese un periodista necesitado de dar cuenta de las velocidades de la realidad. El poeta duda, se presenta de modo cervantino sentado en su mesa de trabajo, con el codo en el bufete y la mano en la mejilla, sin saber cómo responder a la insultante y deslumbradora blancura del papel. Luego decide. Para justificar el tono de su crónica sobre el tren, escribe Bécquer: "En la cartera de viaje y escrita con lápiz, tengo unas cuantas notas hechas en el camino, descosidas, incorrectas, casi sin ilación, como tomadas al escape para fijar las impresiones del momento, pero que si juntas no forman un artículo con sus requisitos de plan, de gradaciones y enlace, darán seguramente una idea más aproximada que cualquier otro género de trabajo de la rapidez con que los objetos y los pensamientos que estos engendran herían los ojos y la imaginación".

El impresionismo en la prosa de Bécquer supone el esfuerzo literario por capturar el instante, tarea decisiva en un mundo que, consciente ya de la fragilidad de sus propias raíces, se sabe en perpetuo movimiento. La metáfora del tren se incorpora a la literatura con una piel muy parecida a los ríos que pasan ante nuestros ojos como símbolos del tiempo y nos llevan a la mar, o la última estación, que es el morir. La carrera de la locomotora cruzó al principio por las narraciones y los versos igual que una fiera de la modernidad, con su temblor mecánico y sus colmillos hambrientos de kilómetros. Pero el progreso y los avances tecnológicos, interesados en nuevas velocidades, acabaron convirtiendo al tren en un animal de confianza. La rutina con la que Antonio Machado iba y venía por los campos de Castilla en su vagón de tercera dejó finalmente paso a la nostalgia de las antiguas estaciones provincianas, los viejos vagones y el humo otoñal de los recuerdos infantiles. Los trenes de alta velocidad han devuelto a la literatura ferroviaria una palpitación moderna, aunque se trata de una puesta al día muy habitable, porque más que un símbolo del futuro temible se trata de un acuerdo cívico con la vida actual. No hay vértigos, pero tampoco nostalgias paralizadoras. El tren, por rápido que vaya, permite que los viajeros coloquen su alma entre el equipaje y las conversaciones.

La Fundación de los Ferrocarriles Españoles mantiene desde hace muchos años el espíritu literario de los andenes y los vagones, reflexión continua sobre los modos de vivir y de viajar, con los Premios del Tren. No sólo desempeña una tarea cultural, sino que defiende la singularidad humana de un medio de transporte que representa el lado más cívico del progreso. Una velocidad sin prisas, hostilidades o desmesuras. Miles de cuentos y poemas repiten historias de amor como las de Campoamor, impresiones como las de Bécquer, rutinas como las de Machado. Algunas veces el humo del tren flota sobre las nostalgias particulares del abuelo guardagujas, el padre que nunca regresa a la estación de partida o las aventuras infantiles de un país campesino, que mezclaba las vías con los trigos y los árboles frutales. En otras ocasiones, aparece la historia colectiva en estado puro, el tren que lleva prisioneros a un campo de concentración o que se ve sorprendido por los disparos de una guerra civil. Pero lo verdaderamente significativo es que las nostalgias personales tienen siempre un decorado histórico y las historias colectivas acaban encarnándose en una melancolía personal. Los pronombres del verbo, el yo, el tú y el nosotros, se reúnen como viajeros en un vagón de tren.

Y esto es lo que identifica de forma íntima al tren con la experiencia literaria. Las relaciones entre un autor y un lector se parecen mucho a la complicidad que surge entre dos extraños sentados en el mismo vagón. Dos soledades juntas, dos forasteros, se cuentan sus vidas. La literatura busca una complicidad en medio de la extranjería, una palabra cercana en la distancia, una paradoja íntima que tal vez puede enunciarse al revés, como una sorpresa en medio de la rutina, un extrañamiento de la realidad cotidiana. Surge ese viaje del yo a los otros, de la identidad a la aventura, que permite conocernos mejor a nosotros mismos cuando oímos a los demás o cuando hablamos para los demás. La historia de uno se abre en los ojos del otro, la historia de todos se convierte en una experiencia individual. Los viajes en tren son propicios a las conversaciones, crean la intimidad movediza de las historias de amor o de los conjurados que se ponen de acuerdo por unas horas para ajustarle las cuentas a las precariedades de la vida. Eso repiten las narraciones y los versos del tren.

Y uno lo comprende, aunque sea un viajero solitario que se esconde detrás de un libro, un bolígrafo y un cuaderno para defender su aparente aislamiento. Siempre me subo al tren con la voluntad decidida de evitar conversaciones y aprovechar el tiempo del viaje para leer o escribir. Pero soy consciente de que me parezco mucho a la abuela que entabla conversación con su vecina de asiento y le cuenta el trabajo tan bueno que tiene su hija menor, la que vive en Madrid, y todo lo que luchó su marido para pagarle los estudios. Me parezco al muchacho que conoce un bar magnífico, sí, magnífico, en el centro de Granada. Estaría encantado de enseñárselo esta misma noche a las jóvenes enfermeras que quieren aprovechar unos días sueltos de vacaciones para conocer la ciudad de la Alhambra.

Juan Marsé suele decir que los escritores se caracterizan por tener mucha memoria y ser muy cotillas. La literatura es el mayor y más hermoso ejercicio de cotilleo, la necesidad de entrar en la vida de los demás, de comentar sus pasados, sus mundos raros o comunes. Es la mejor manera de seguir ajustando cuentas con la realidad. Entre los cuidados de la edad, además de dejar el tabaco y beber un poco menos, los escritores maduros deben tomarse en serio la tarea de conservar al lector infantil que fueron, al niño o al adolescente que sufrió con un amor imposible. Conviene seguir de parte de la rubia, alta y delgada que se sube a un tren y sueña con salvarse de la tuberculosis para que la vida venza a la fatalidad.

Claro que para conservar la pasión lectora o la ilusión de la escritura hace falta vivir sin urgencias, con tiempo para pensar en uno mismo y en los demás, como los autores que descubren sus secretos más profundos al pensar en sus lectores. El tren es también para mí una soledad tranquila y compartida. Buena parte de lo que he escrito y lo que he leído se lo debo a la interminable línea de ferrocarril que une Madrid y Granada, un resto todavía vivo de la profunda posguerra. Como ciudadano, por supuesto, participo en todas las iniciativas sociales que exigen la llegada del AVE a Granada, porque mi tierra se muere de aislamiento y provincianismo. Pero confieso aquí, en voz baja, que nada me ha alegrado más durante años que la experiencia semanal de subirme a un tren, con cinco horas y pico por delante, sin ningún compromiso, sin clases, sin reuniones, sin hijas que recoger de una academia o un cumpleaños.

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