“Convivir con corzos me ha demostrado hasta qué punto soy humano”

El francés Geoffroy Delorme convivió durante siete años con un grupo de corzos en un bosque de Normandía, uno de ellos de forma completa. Quería fundirse con la naturaleza. Ahora publica un libro contando su experiencia

El escritor Geoffrey Delorme fotografiado en París, el 8 de enero.
El escritor Geoffrey Delorme fotografiado en París, el 8 de enero.eric hadj

Geoffroy Delorme (Normando, nacido en Nanterre, 37 años) tiene una historia que contar. Y es el resultado de una infancia en soledad, aislado de los demás. Estudió primaria, secundaria y bachillerato por correspondencia por imposición de sus padres. Le transmitieron —cuenta— la idea de que la sociedad era un lugar muy peligroso. A él le aterraba. Pero necesitaba relacionarse y a los 19 años encontró una forma de hacerlo: internándose en el bosque de Louviers, Normandía, cerca de su casa. Y allí, a fuerza de volver día tras día, acabó deseando fundirse con el entorno y no regresó a casa. Pasó hambre hasta que aprendió a procesar bellotas y castañas. Pasó frío, incluso hipotermia, y entendió que debía mantener sus noches ocupadas. Y con los meses conoció a Daguet, Chévi, Mef, Fougère... Los corzos del bosque, que le fueron enseñando a ser animal. Su experiencia duró siete años, uno ellos de forma completa. Ahora publica El hombre corzo, de Capitán Swing, que llega a las librerías el próximo lunes. La entrevista se realiza por teléfono.

Pregunta. ¿Qué pasó? ¿Por qué lo aislaron de esa manera?

Respuesta. Es una decisión que nunca he entendido. Solo fui un año al colegio. Con 7 años, tuve un problema en la piscina, la profesora me tiró al agua, salí corriendo empapado y me atrapó el conductor del autobús escolar. Tras ese pasaje decidieron alejarme de la escuela. No conozco su motivación profunda. No lo puedo explicar. De los 8 años a los 19 años nunca pisé un colegio ni tuve amigos.

P. ¿Puede ayudarme a entender mejor su postura?

R. Mi padre era asistente de dirección, pero no me gusta mucho hablar de mis padres. Su decisión influyó en mi forma de vivir pero no ha desempeñado un papel profundo en lo que he hecho. Lo habría hecho de todas formas.

P. ¿No se rebeló?

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R. Cuando eres niño no tienes reflejos para defender una opinión propia. Confiamos en nuestra familia, somos ignorantes. Cuando muchos años más tarde empecé a tener contacto con seres humanos descubrí su lado malo, sí, pero también el lado bueno.

P. Han pasado diez años desde aquella experiencia inmersiva. ¿Cómo era usted entonces?

R. Un chico tímido, con miedo de una sociedad que no conoce. Pero también era intenso, aventurero y sentía que para ser realmente libre tenía que “ser” en la naturaleza. A las personas hoy en día les asusta la naturaleza y la sociedad les tranquiliza. A mí me sucedía lo contrario.

“A las personas hoy en día les asusta la naturaleza y la sociedad les tranquiliza. A mí me sucedía lo contrario”

P. ¿Por qué decidió internarse en el bosque?

R. Mi forma de relacionarme era ir al bosque. A veces iba por la noche para descubrir sensaciones, era eso lo que me motivaba

P. ¿Le gusta nuestra sociedad?

R. Tengo más puntos en común con las personas que viven en contacto con la naturaleza que con quienes trabajan para ganar dinero. No tengo ni esa necesidad ni ese deseo.

P. Explíqueme cómo se hace para sobrevivir sin tienda de campaña ni saco para dormir.

R. Entendí que tendría que dormir durante el día. Por las noches preparaba un fuego y me mantenía ocupado pelando las bellotas que luego comería. Aprendí rápido que la mínima hipotermia puede acabar con tu vida. No es agradable. Al principio tiemblas, pero cuando dejas de temblar es cuando llega el auténtico problema: estás agotado y en ese momento puede llegar el error de dejarse llevar. También comía cada hora pequeñas cantidades de bellotas, frutos secos y castañas.

P. No suena muy divertido.

R. Fue un 90% de felicidad plena y un 10% de auténtico dolor. Tenía que buscar comida, estar constantemente manteniéndome seco, buscar ramas, guardar bien la comida… La vida en la naturaleza no es una vida de placer. No podemos relajarnos ni un solo día. Es mucho más duro que nuestra vida actual.

P. Entonces, ¿para qué?

R. De lo que estoy más orgulloso es de haber sabido gestionar los elementos, de haber podido ser libre, de haber adquirido un conocimiento con la naturaleza. Estaba rodeado de corzos. Si no hubiese habido animales a mi alrededor, no habría aguantado. Me sentí integrado en la naturaleza, uno.

P. ¿Qué clase de intimidad logró usted con Daguet, el corzo que dice le dio la llave del bosque?

R. Mi primer contacto fue como el que cualquier persona hubiese podido tener. Pero cuando tuvimos ese primer contacto yo llevada ya tres meses en el bosque, mi olor estaba por todas partes. Daguet decidió seguirme. Fue como un juego que empezó él y que yo continué. Daguet se acercaba a mí, y luego salía corriendo. Un día me lamió, y desde ese momento entramos en una relación de confianza absoluta. Hice 43 amigos corzo. Entre 7 y 10 de ellos eran muy cercanos, como un perro o un gato. Una veintena me aceptaban, pero nunca venían a verme. El resto directamente huían.

P. Si Daguet es su David Graybeard el chimpancé que le demostró a Jane Goodall que su especie usaba herramientas—, ¿qué le mostró?

R. En la naturaleza estamos frente a nosotros mismos. Los animales pueden ejercer de guías. Nos muestran nuestro propio instinto. La naturaleza es muy hostil y hemos llegado al confort actual porque hemos comprendido toda la violencia que emana de la naturaleza, es muy peligrosa. Debemos ser humildes. Hay gente que llega a la naturaleza con soberbia, como un conquistador. Hay que llegar humildemente, con sencillez. No hay que desear dominarla. Hay que buscar un difícil equilibrio.

P. “Vivir con los corzos es otra forma de soledad, más benéfica”.

R. Estar con ellos me ha mostrado hasta qué punto yo soy humano. He descubierto mi humanidad. Es algo muy extraño dado que yo estaba solo como representante de la naturaleza humana. Y los corzos me enseñaron a ser paciente. Todo lo que no use lo usaré de otra forma. Es una forma de vida muy sencilla, somos nosotros los que la complicamos.

P. ¿Cómo se sentía cuando estaba entre ellos y cómo se siente ahora?

R. Son dos mundos totalmente distintos. Cuando estaba con ellos no había amenazas, no estaba solo, no me aburrían. Estaba integrado. Los animales y el bosque nos toman como somos. Nuestra sociedad es mucho más compleja porque te juzga. Nos complicamos la vida. En la naturaleza manda la ley del más fuerte pero en la sociedad manda la ley del más violento. Es más duro vivir en la naturaleza humana que en el bosque.

P. ¿Qué ha hecho usted desde que salió del bosque?

R. He seguido volviendo, he trabajado a media jornada. Me ha resultado muy difícil reintegrarme. No tenía nada, ni diploma. Cuando me preguntaban qué había hecho no tenía nada que contar más que mi experiencia. Me ha resultado difícil encontrar alojamiento y dinero. La sociedad no confiaba en mí y eso me afectó mucho. Cuando estaba en la naturaleza, ella confiaba en mí y yo también, puesto que yo soy la naturaleza. Encontrarme con una sociedad contra mí, ha sido muy duro, por eso motivo he escrito el libro. Me ha permitido explicarme. Poco a poco he conseguido convencer a la gente. Sigo viviendo cerca del bosque, no tengo un nivel de vida muy elevado. He cobrado ayudas del estado para mantenerme y vivir honorablemente.

P. ¿Ha vuelto a tener contacto con sus padres?

R. Nuestra relación ha acabado definitivamente. No compartimos valores, no tenemos la misma mirada hacia las cosas. Nunca entenderé por qué me aislaron, nunca entenderé su forma insana de ser. Para ser feliz hay que entender que hay personas de las que hay que alejarse.

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Sobre la firma

Carmen Pérez-Lanzac

Redactora. Coordina las entrevistas y las prepublicaciones del suplemento 'Ideas', EL PAÍS. Antes ha cubierto temas sociales y entrevistado a personalidades de la cultura. Es licenciada en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid y Máster de Periodismo de El País. German Marshall Fellow.

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