Tribuna
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Tolerancia neandertal

Neandertales y sapiens aceptaron en el seno de sus familias a hijos mestizos que fueron tratados como uno más, reflexiona la autora

María Martinón Torres
Un neandertal según la interpretación del Museo Neandertal de Krapina (Croacia).
Un neandertal según la interpretación del Museo Neandertal de Krapina (Croacia).Nikola Solic / Reuters

El pasatiempo preferido de un ser humano es otro ser humano. El tamaño del cerebro de Homo sapiens ha evolucionado precisamente bajo la presión de necesitar relacionarnos con los demás. La ciencia apunta a que existe una asociación entre el grosor de la corteza cerebral en los primates y el tamaño del grupo con el que esa especie es capaz de establecer una relación plena. En el caso de Homo sapiens, ese grosor es una buena medida del esfuerzo y tiempo que le dedicamos a las vidas ajenas. Está claro que a una especie hiper-social como la nuestra, le compensan todos los dolores de cabeza que acarrea intentar entenderse con sus semejantes. Es por ello que estudios como el que acaba de publicar la revista Science sobre el cromosoma Y de poblaciones humanas extintas nos fascinan. Más allá de su indudable valor científico, estos análisis nos regalan datos específicos con los que poder imaginar el carácter de esa interacción tan estrecha entre los neandertales y los humanos modernos, y son los detalles personales los que al final, como humanos, más nos intrigan.

Sabíamos que nuestra especie había hibridado con los neandertales, y como testigo de este cruce tan íntimo, sucedido hace entre 40 y 80.000 años, portamos en nuestra sangre entre un 1% y un 4% de ADN neandertal. Sin conocer mucho más sobre el carácter de esa interacción tan estrecha —¿esporádica? ¿estable? ¿violenta? ¿consentida?— el hecho de que ese ADN neandertal hubiera llegado a nuestros días, era señal inequívoca de que esos hijos híbridos fueron aceptados y cuidados por el grupo. En este nuevo estudio, el investigador Martin Petr y su equipo identifican un episodio de hibridación todavía más antiguo, hace entre 200 y 300.000 años, y que como resultado habría dejado, en este caso, una huella sapiens en el genoma neandertal. Constatar que existió flujo genético en ambos sentidos nos permite deducir que tanto neandertales primero, como humanos modernos después, aceptaron en el seno de sus familias niños de herencias mixtas, niños probablemente diferentes en su aspecto, en su comportamiento, en sus capacidades. Niños singulares que fueron tolerados e incluso queridos; o niños, quién sabe, cuyas diferencias no fueron siquiera percibidas por el grupo porque desde el principio fueron tratados como uno más.

En un momento histórico de tanto conflicto interpersonal, incluso bélico, entre individuos de la misma especie; en el que las sociedades y los países levantan muros de carácter arbitrario y cultural entre sus semejantes; en el que nos peleamos entre nosotros por cuestiones que ni son vitales ni en realidad nos importan, produce asombro y nostalgia pensar que hubo otro tiempo en que ni las barreras biológicas fueron suficientes para aislarnos. Acostumbrados a atribuirnos todas las cualidades positivas, cabe preguntarse si fue de los neandertales de quienes aprendimos a tolerar al que era diferente. También cabe investigar si en ese puñado de ADN neandertal que aún nos queda, es donde se codifica la sana aceptación de la diversidad que a veces se nos olvida.

María Martinón Torres es directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH).

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