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Dominique Manotti: “La policía no está preparada para los delitos de hoy”

La autora francesa cierra BCN negra presentando 'Oro negro', donde, con su comisario homosexual Daquin, prosigue la denuncia de los poderes ocultos que corroen el sistema

08022020 - Barcelona - En la imagen la escritora de novela negra Dominique Manotti. Foto: Massimiliano Minocri
08/02/2020 - Barcelona - En la imagen la escritora de novela negra Dominique Manotti. Foto: Massimiliano Minocri EL PAÍS

Asegura Dominique Manotti (París, 1942), que ayer puso broche de oro al cierre de la 15ª edición del festival BCNegra conversando con Javier Cercas en el foso del mercado de Sant Antoni, que llegó a la novela negra por desesperanza más que por vocación: historiadora y sindicalista marxista, vio en el género la única manera de hablar del presente “y explicar lo que sé de esta sociedad”. El resultado es que, con solo 12 obras, como su debut Sombre Sentier (1995, donde nació su comisario Théo Daquin), Conexión Lorena (2006) o La honorable sociedad (2011, coescrita con DOA), hoy es la gran dama francesa de la novela negra pura, la del compromiso social y la denuncia de los grandes poderes ocultos que corroen el sistema capitalista. Lo ratifica en Oro negro (Versátil), donde un crimen en Marsella conducirá a la guerra oculta por el control del petróleo, dejando de nuevo patente, como dice uno de sus policías, una lucha en la que, desgraciadamente, “se atacan fortalezas con pistolas de agua”.

Pregunta. ¿Por qué hizo al comisario Théo Daquin homosexual?

Respuesta. Es fruto de mi experiencia como sindicalista con un taller textil clandestino de trabajadores turcos; todos eran hombres; pero en ningún momento me trataron como mujer ni me sentí incómoda por ello porque me veían solo como su representante sindical; había algunos homosexuales entre ellos, claro... Con Daquin quise reproducir en parte esa situación, introducir un papel ambiguo en un mundo típico y tópico de virilidad.

P. Le creó en 1995, en Sombre Sentier, y tras un par de novelas más, lo abandonó. Ahora lo repesca...

R. Creí que no lo retomaría más, he tardado seis años en hacer Oro Negro y uno de los obstáculos era que no lograba penetrar en la mentalidad de la policía marsellesa; ellos no aceptan a un Daquin.

P. ¿Por qué?

R. Por parisiense y homosexual. La policía marsellesa es muy particular; Marsella es Córcega, en realidad. Entre 1945 y 1975 la ciudad estuvo controlada absolutamente por la mafia, con conexiones con la italiana, una temible alianza entre política, policía y gánsteres, la famosa French Connection; y lo que es más importante, los Servicios de Inteligencia franceses también por ahí; entre ellos pactaron, entre otras cosas, que la mafia se encargara de desbaratar el potente movimiento comunista; por eso el clan de los Guérini desarboló en 1947 de manera sangrienta una gran manifestación y en 1950 reventó una huelga de estibadores...

P. ¿La contraprestación a la mafia cuál era?

R. Que no se les molestaba en su tráfico de heroína, eso sí, si ésta no entraba en Francia. También había la CIA de por medio: amén de que estaba interesada en luchar contra la expansión comunista, aceptó que el excedente de heroína que Córcega no podía entrar a Francia fuera a las prisiones de EEUU, llenas en esos difíciles años por las luchas raciales; los negros fueron las víctimas de eso… El problema les vino cuando esa heroína saltó el muro de las prisiones y empezó a afectar los hijos de la burguesía blanca norteamericana; luego, Nixon lo remató con la cocaína de Florida, cuya mafia financió su campaña.

P. ¿Cómo sabe usted todo eso?

R. Está en los libros de Historia contemporánea; nada de lo que hay en mi libro está inventado; no escribo ciencia-ficción.

P. Oro negro rompe con otro tópico del género: Daquin es un comisario-jefe muy joven salido de la Escuela de Comisarios, no se ha formado en la calle.

R. Hay una razón histórica: la gran revolución de la gendarmería francesa se produce con la creación de esa escuela superior de policía, que rompió con los tics de corrupción de los que policías que estaban en la calle; eso me ayudaba a acentuar la desconfianza de la policía marsellesa con Daquin porque no había pasado por la calle; luego está la razón como escritora: me es más fácil hablar de un policía así porque desconozco más la dinámica de las patrullas de calle.

A mi comisario no le aceptan
por parisiense y homosexual

P. Aún pasando por la academia y ser culto, Daquin y su equipo se equivocan mucho y parecen no entender los complejos entramados financieros mafiosos…

R. La policía no está preparada para los delitos de hoy, menos, incluso, que mi Daquin. Faltan medios. Y la consecuencia es una frustración que se traduce en que los policías votan a la Agrupación Nacional de Le Pen; hay problemas de racismo, también: tras la segunda guerra mundial, muchos que habían estado en la resistencia engrosaron las filas de la nueva policía; tras la guerra y la liberación de Argelia, un buen número de corsos, especializados en la técnicas de tortura y guerra sucia, se incorporaron al cuerpo y hubo un choque; hoy, la generación de resistentes ha desaparecido ya…

P. Su estilo es desnudo, casi seco; la acción sucede rápida y, en cambio, sabemos poco de la psicología de los personajes, de qué piensa Daquin mismo y de su vida privada…

R. Los hombres son lo que hacen, no lo que dicen; el peor mentor que puede tener uno en la vida es un psicólogo. Mis personajes se construyen a través de sus acciones y cada lector puede entonces, libremente, interpretarlas, mi narrativa se fundamenta en ellas; también tiene un origen en mi vida privada: hacia el final de lo de Argelia, yo era una quinceañera de una familia de valores republicanos: grandeur, nación, derechos del hombre… y me lo creí, pero descubrí un país que rechaza los derechos de los pueblos, que masacraba, torturaba, que desplazaba a la gente; me dije que nunca más creería en todo esto. La gente es lo que hace.

P. Leyendo sus obras se llega al convencimiento de que el sistema está podrido en su corazón mismo.

R. El sistema capitalista es ya irrecuperable. Parto del análisis de Marx: todo el mundo sabe y admite hoy que el objetivo no es fabricar productos sino ganar dinero; nada es útil si no sacamos provecho económico de ello; ¿cómo definimos, pues, la corrupción cuando el objetivo es sólo hacer dinero? Por eso me apasiona el momento en que la economía real y la criminal confluyen y aparecen los paraísos fiscales.

P. “Hago una llamada a los detectives de novela negra para que nos ayuden a narrar cómo los grandes poderes ocultos amenazan a nuestra ciudad”. Lo dijo el otro día la alcaldesa de Barcelona…

R. Es que ya desde el XIX es la literatura la que hace aflorar la verdad; es Dickens quien pone sobre la mesa la explotación de los niños en la revolución industrial, o Víctor Hugo el que señala los problemas del pueblo: su toma de conciencia es fundamental, si no los tuviéramos estas realidades no se conocerían.

P. ¿La Historia no sirve como herramienta de interpretación del mundo y la novela negra, sí?

R. La Historia, como ciencia, es larga y pesada, y se dirige a la razón de la gente; la literatura negra se puede dirigir más al corazón y a las emociones, al hombre y su entorno; quien habla a la sociedad son los escritores, los historiadores sólo establecen hechos; y luego está la importancia del imaginario para recrear y crear la posibilidad de explicar aquello que nadie se atrevería a decir, a veces porque no se tiene el cien por cien de los datos… En cualquier caso, son los Víctor Hugo los que quedan en la mente de la gente; los historiadores se olvidan.

El capitalismo es irrecuperable; en mis novelas busco dónde economía real y criminal se cruzan

P. ¿La conclusión es, pues, que la ficción interpreta hoy mejor la realidad que las ciencias sociales?

R. No toda la ficción, pero sí, las grandes obras explican mejor la realidad que las ciencias; la literatura da voz a la realidad social, la Historia está limitada por la racionalidad; otra cosa es la utilización política de la Historia, que se da también en la novela histórica.

P. ¿Cómo lo hace?

R. La novela histórica toma una parte de la Historia y la reinventa, se construye una mitología de la Historia que es pura invención; al menos, en Francia esos es utilizado por la política… La novela histórica es una enfermedad, un cáncer en ese sentido; estuve recientemente en un congreso sobre la batalla de Poitiers y no se han encontrado huellas claras y fidedignas de ella y, en cambio, se vende como el gran momento que frenó el avance del imperio musulmán en Europa y eso se ha convertido en símbolo del discurso nacional de si Francia salvó la cristiandad y del chauvinismo

P. Pues goza de buena salud, la novela histórica…

R. Sí, la verdad es que la novela histórica y la policiaca están devorando a la negra y su contenido social; el público quiere divertirse, no pensar demasiado, y es más fácil hacerlo con un detective cargado de singularidades que con reflexiones.

P. Publicó Oro negro en 2015, ¿por qué abordar ahora la crisis del petróleo de los 70?

R. Porque es el momento clave del nacimiento del capitalismo financiero; fue cuando el capital especulativo arrebató el petróleo a los productores y asentó su poder. Mi próxima novela, Marsella, 73, viene a ser una continuación de ello. Y sí, ahí seguirá Daquin.

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