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Fallece Roser Rahola, un ‘homenot’ de la edición

Fundó, a la muerte de su esposo e historiador, el sello Vicens Vives, renovador de los libros de texto en España

Roser Rahola y Jaume Vicens Vives, en una imagen de enero de 1941.
Roser Rahola y Jaume Vicens Vives, en una imagen de enero de 1941.

“Siempre calla, no dice nunca nada, ríe, no se pierde una palabra de la conversación. Es casi seguro que su marido no tiene ningún misterio para ella. Entre ellos no hay sombra alguna, ninguna ironía –cosa rara. Cuando Vicens presenta su habilidad matizada de candor, su mujer está especialmente satisfecha”. Así definió, al estilo de sus grandes homenots, Josep Pla a Roser Rahola i d’Espona, esposa del historiador Jaume Vicens Vives, a los que trató con tanto cariño como conspiratoria intensidad antirégimen a finales de los años 50. “Cierto, mostraba un aspecto tímido, era pequeña, retraída, y le gustaba escuchar más que hablar, pero era de carácter decidido, hiperactiva y dotada de una gran habilidad empática”, amplia el retrato su hijo Albert Vicens, cerrando el foco más en la mujer que en la España de 1961, tras la inopinada muerte de su marido un año antes, fundó la editorial Vicens Vives, llamada a abrir las ventanas de la modernidad de la edición del libro de texto. Un espíritu que no la abandonó en 105 años, pero el físico dijo basta el pasado miércoles en Barcelona, donde nació en 1914.

El carácter se forja, pero también tiene algo de biológico. Su padre, Baldiri Rahola, primo del que fuera ministro Pere Rahola, era un abogado de “espíritu volteriano”, como se autodefinía, de un nacionalismo culto y centrado (Acció Catalana), administrador de una familia de pequeños armadores de Cadaqués que dio anómalamente para la época educación universitaria a sus siete hijos; su madre, Roser, provenía de una rancia familia noble de Vic, linaje de escudo, carácter fuerte tamizado por un asma que la mostraba tranquila, imagen que, como el nombre, quizá también incorporó de manera inconsciente la hija. Nada extraño, pues, que en 1933 Roser Rahola estudiara Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona y participara en el crucero universitario por el Mediterráneo de 1933, icono de los nuevos aires republicanos.

En aquella universidad se cruzaría en una asignatura con un brillantísimo y apuesto profesor, Jaume Vicens Vives, con el que se casaría entre las mismas paredes del centro, el 20 de agosto de 1937, en una ceremonia civil oficiada por el historiador Pere Bosch i Gimpera. Un momento de felicidad que tornaría pronto en calvario por la Guerra Civil española: en pleno viaje de novios Vives sería llamado a filas para ir al frente y con la victoria franquista la boda civil muta en un acto nulo oficiado por un “rector rojo”. “Mi madre siempre vivió marcada por el miedo de esos tiempos”, recuerda hoy su hijo. Momentos difíciles: faltos de dinero, van a comer a casa de los padres de ella y en la suya se arriman al balcón para tomar el sol de invierno y ahorrarse la calefacción. Luego está la espada de Damocles de una potencial detención, que se traduce en la sistemática visita del policía de la Brigada Político-Social que llegaba a casa a primera hora de la mañana y al que Roser indefectiblemente recibía, gracias a esa trabajada empatía, con una taza de café y una conversación falsamente distendida mientras su marido escribía encerrado en su despacho. Ante el anuncio de una posible detención inminente, sin titubear llegó a quemar cartas y documentos de su esposo en los que analizaba los Fets de Maig de 1937.

Con valentía reclamó a su padre la misma ayuda financiera que éste le iba a dar a su hermano Frederic, tras regresar del exilio, para crear una editorial de cromos. En su caso, lo pedía para hacer mapas mudos y venderlos en las escuelas, algo que había hablado en casa con un marido que intentaba sobrevivir a la depuración franquista. Al final, en octubre de 1942 Frederic y el matrimonio convergerían esfuerzos y nacería, en una habitación de la casa de la pareja, Ediciones Teide, donde Roser se encargaba de una parte de la edición, ensobrando los mapas y vendiéndolos. Sería un buen entrenamiento para, cuando tras el mazazo de la inopinada muerte del historiador con apenas 50 años, dejar Teide y, para mantener el legado intelectual de un esposo con quien estuvo física e intelectualmente siempre a su lado, fundar, junto a su hijo mayor Pere, la editorial Vicens Vives en 1961, empresa en la que se irían embarcando el resto de sus hijos: Anna, Albert, Roser y Adela.

Curtida en las famosas reuniones que su marido mantenía en su despacho-biblioteca familiar con gente del mundo cultural y sociopolítico y en las que siempre estaba presente (incluso en el famoso encuentro en el que Vives impresionó a Josep Tarradellas en un hotel de París en noviembre de 1959), Roser Rahola se movió con habilidad extrema por los pasillos de los ministerios de educación franquistas entre los años 60 y los primeros tras la muerte del dictador, un mundo de hombres, gruesos proyectos justificativos, concursos, filtraciones sobre contenidos de programas educativos y planes de estudio, justificantes de precios de venta… y notable negocio. A la capital iba al menos una vez al mes, en estancias de tres días, cogiendo en un curioso ritual a la ida un tren nocturno y a la vuelta un avión de hélice. Así, muchos años y, en total, casi cuatro décadas de labor al frente de Vicens Vives con sus hijos que convirtieron el sello en un referente de la renovación de los libros de texto en los años 70, dando entrada a jóvenes historiadores y consolidando una notable implantación empresarial en toda España e, incluso, en América Latina. Colecciones como la de Biografies catalanes o la Historia social y económica de España y América se compaginaron con una colección de toda la obra dramática de Shakespeare al catalán o la edición de El señor de los anillos de Tolkien en unos majestuosos volúmenes.

Roser Rahola durante la presentación de un libro sobre su marido, Vicens Vives, en 2011.
Roser Rahola durante la presentación de un libro sobre su marido, Vicens Vives, en 2011.

Empresaria reconocida por la Asociación de la Pequeña y Mediana Empresa (1991) o Creu de Sant Jordi de la Generalitat (1994), estuvo al frente hace justo una década de los actos del centenario del nacimiento y del cincuentenario de la muerte de Vicens Vives, memoria y actitud que fue recompensada con el retorno del título de la Baronía de Perpiñán que ya había ostentado su familia. Como único gran hobby, tras la muerte de su esposo acrecentó su voracidad lectora por la Filosofía clásica, con Platón y Sócrates a la cabeza. Poca novela: ya lo había sido bastante su vida. Un auténtico homenot si Pla se hubiera fijado más en las mujeres y, en particular, en una que era fuera de serie. Ayer y hoy.

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