Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
BARRIONALISMO OPINIÓN i

El 31, en el poli

La primera vez que salí en Nochevieja tenía dieciocho inviernos. Fui a la Costa Polvoranca, una zona situada en un polígono

Interior de uno de los locales de Costa Polvoranca, en una imagen de enero de 2006.
Interior de uno de los locales de Costa Polvoranca, en una imagen de enero de 2006.

El panorama es el siguiente: Las calles están repletas de los vehículos de los familiares que regresan a sus hogares en Nochevieja y que, a falta de hueco, aparcan hasta en las aceras o las rotondas. Mientras, en las casas, las cenas, más o menos abundantes, polémicas, entrañables e interesantes, dan paso a las campanadas. Pese a que voy de que no soy supersticiosa, temo un año de desgracias más que a un nublado, así que me trago las doce uvas de Vinalopó, aunque tenga que dilatar el esófago cual pitón. Justo a continuación, comienza un espectáculo pirotécnico que hace las veces de termómetro de la situación económica del barrio. ¿Crisis? Cuatro bengalas. ¿Bonanza? Fallas valencianas y competición entre vecindarios.

Cuando concluye, nos hacemos la instantánea familiar en el mismo sitio de siempre, con otra ropa, con más arrugas, con menos pelo, con más canas, con menos aguante y con la copa de cava o de champagne en la mano para mojarnos los labios. Después, fiesta. O no.

La primera vez que salí en Nochevieja tenía dieciocho inviernos. Fui a la Costa Polvoranca, una zona situada en un polígono que, como tal, contaba con un montón de naves enormes en donde nos concentrábamos cada fin de semana miles de jóvenes. Sin embargo, el día 31 no era igual que el resto. Nos veníamos, claramente, arriba y nos “arreglábamos”. Echando la vista atrás, viendo esas fotos con las que no sabes si reírte, esconderlas, compartirlas o llorar, yo diría que, más bien, me disfrazaba. Por suerte o por desgracia, no era la única. Legiones de adolescentes abandonábamos el calor de nuestras viviendas, con “Martes y Trece” o “Los Morancos” aun en la retina, para tomar las calles. Algunas, o quizá solo yo, nos pintábamos como puertas y nos permitíamos rociarnos en purpurina. Dejábamos nuestras melenas al viento o las atábamos en moños con algún tirabuzón suelto que denotara esfuerzo y cambio con respecto a a lo cotidiano. Con todo, sin duda, lo que nos convertía en viejóvenes es que Íbamos vestidos de negro o color granate, estrenando trajes que no siempre nos quedaban bien, corbatas que no tenían un porqué, brillos por doquier o/y tejidos como el terciopelo que carecían de sentido en aquellas discotecas en las que nos asábamos.

En el polígono había muchas opciones musicales, pero lo que solía atraer a la mayoría, era la pachanga. En cuestión de escasos minutos, podían sonar “el venao”, el “vals del obrero” y alguna de Rafaella Carrá. Las bodas, las fiestas de los pueblos y este día son así, hay que dar gusto a todo el mundo.

No obstante, antes de la gran noche, hay un ritual. A medida que va avanzando el mes de Diciembre, se produce la pegada de carteles llamativos que empapelan las paredes de los barrios y anuncian la que podría ser la fiesta del milenio. Que si “cotillón”, que si “no te la pierdas”, que si “el mejor evento de la temporada”… En mi juventud me parecía algo irresistible. Ahora no. En la actualidad, aguanto un par de sketch de humor de la tele y me voy a la cama con el estómago a reventar y despidiéndome con alguna coletilla tipo “bueno, pues un año más”. Que el 2020 les trate fenomenal.

Sigue con nosotros la actualidad de Madrid en Facebook, en Twitter y en nuestro Patio de Vecinos en Instagram

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >