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OPINIÓN i

Las vecinas de Almodóvar

Por qué y a quien no gusta su cine, la herida histórica que nutre sus imágenes

Pedro Almodóvar, en el último festival de Venecia.
Pedro Almodóvar, en el último festival de Venecia.

Las crónicas italianas han hablado de Almodóvar como del “león herido” que recibe un premio honorífico, el León de Oro, y no un gran galardón con un filme en concreto. Qué tontería, si me permiten decirlo los colegas e incluso si no. La herida almodovariana es otra: a sus vecinas del pueblo no les gusta verse en sus pelis. Por más cariño que le meta y le pone muchísimo, eso lo dice él, ellas no lo ven así y nada les hará cambiar de idea. La primera vez que vi Dolor y gloria, su última y celebrada historia, incluso en la taquilla española, sentí que ese es el núcleo de la crisis creativa que retrata. Una segunda visión lo confirma: es la última advertencia de la madre (fantástica Julieta Serrano). Ni a ella ni a sus vecinas les ha gustado jamás. Salvador Mallo, trasunto de Almodóvar, deberá apechugar a partir de ahí con el cine que pueda seguir haciendo, no habrá más conversación materna, no la oirá ni la verá más. Y apechugará, y tanto que sí.

A tantos de sus espectadores de la piel de toro no les agrada en absoluto, se dice poco. Es un espejo estridente, es eso que no gusta del cine propio y que en cambio convence de otros cines. Demasiado recordar que venimos de un espacio cerradísimo que duró cuatro décadas, demasiado poner en la pantalla aquello que por pudor histórico (digámoslo así) solo se considera ‘atraso’ y basta, demasiada gente rara y gritona o alocada o demasiado corriente y moliente, provinciana, suburbial, eso no es moderno por más que este tipo se lo haya montado de moderno desde los ochenta. Así lo interpreto, pues quien no ama el cine de Almodóvar no quiere ni puede expresarlo. Es tal vez el mejor indicio de que toca algo muy profundo. Como crecí en un pueblo pequeño, algo de eso capto. Y como llegué a la capital antes de la muerte del dictador y recuerdo su oscuridad, por eso probablemente amo su cine, por sus colores, su desparpajo, sus neurosis afectivas, sus gentes, su madre y sus vecinas.

El cineasta en crisis de la última peli (gran Banderas, es inevitable repetirlo) lleva el apellido de la pintora Maruja Mallo (1902 – 1995), un referente de la vida republicana primero y después de la noche madrileña en los ochenta, cuando regresó y se lanzó a asombrar a unas gentes que para nada sabían quien era y menos aún conocían (ni conocen todavía como merecen) sus cuadros, que estos sí que son asombrosos. Otra madre, otra guía de su arte: las verbenas, el trigo, la vida popular y la vida de la imaginación mítica. Suerte que vivió largo, más de noventa años, no tanto para contarlo como para provocar en los jóvenes y no tan jóvenes posfranquistas arrebatados alguna gana de saber quienes habían sido sus arrebatados precedentes más allá de Buñuel y Dalí y, si querían, midieran sus afinidades. Almodóvar ha querido saber.

“Te piden una conferencia en Finlandia, muy bien pagada”, reporta al director Mallo su mano derecha Mercedes (estupenda Nora Navas) mientras esperan en el médico. “No puedo comprender cómo gusto tanto allí”. “Yo tampoco”. Hombre, teniendo en cuenta sus colores, noches blancas y larguísimos días, a mí no me sorprende, por no hablar de la que puede que sea la cualidad mayor de su forma de contar las cosas, agarrarte por el cuello de la pasión desde el primer fotograma y no soltarte hasta el final. Eso se entiende aquí y en los fiordos. Pero veo qué quiere decir, uno no sabe nunca por qué no gustas a los tuyos (a los más tuyos, aquí las vecinas y la madre del pueblo) y en cambio agradas en las quimbambas donde no solo no te conocen de nada sino que cómo van a comprender la vida en una cueva. Aunque cómo no van a comprenderlo, si han vivido en iglús, tan blancos como la blanqueada cueva familiar de Dolor y gloria donde todo cuaja en el niño Salvador para siempre.

El cine de Almodóvar es político, histórico, una cierta crónica de los últimos cincuenta años españoles. En el Lido veneciano lo unió de manera explícita a “un momento único en la historia española, la democracia después de la dictadura de Franco. Antes hubiera sido imposible. Mi cine es producto de la democracia española, la demostración de que aquella naciente democracia era real.” ¿Y el presente?: “Hay una España contemporánea que tiene de todo, incluso un partido de extrema derecha cuya representación tampoco debemos exagerar. Ocurre ahora, en Italia o Francia sucedió antes”. Sigue habiendo quien no quiere saber, cómo son sus países, cómo de variadas son las propias gentes, de qué horizonte histórico viene. Dolor y gloria de un artista de clase y de origen.

Mercè Ibarz es escritora y crítica cultural

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