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Cuando desplazarse para trabajar no sale rentable

Cuando los jóvenes cumplen 26 años ven cómo el precio del abono transportes se duplica,

como poco. Para algunos supone un problema pagarlo, pero no pueden hacer vida normal

sin él

Más de 1.500 millones de viajeros usaron el transporte público en Madrid en 2018. Muchos de ellos, en especial los más jóvenes, siguen sufriendo los estragos de la crisis. Pagar cada mes el abono transporte para ir y volver de trabajar o moverse por la ciudad supone para ellos un gasto importante. El 'abono joven', hasta los 26 años, cuesta 20 euros al mes.

Pero cuando se pasa esa edad los precios se duplican y triplican, cosa que no pasa con los ingresos de las personas de a pie. Es el caso de Maider Juan, de 33 años. Trabaja en Madrid por 600,11 euros al mes, pero vive en Colmenar Viejo, por lo que tarda una hora en llegar al trabajo en transporte público. Paga 82 euros por el abono mensual, casi una sexta parte de su salario.

No es la tarifa más cara: la zona A, que corresponde a la ciudad de Madrid, cuesta 54,60 euros, la zona B (Alcobendas, Leganés, San Sebastián de los Reyes…) 63,70, la B2 (Móstoles, Parla, Torrejón de Ardoz…) son 72 euros… Y así va aumentando hasta el más caro, la zona C2, que abarcaría parte de la sierra de Guadarrama y cuesta 99,30. Hay dos zonas que abarcan Castilla-La Mancha y son la E1 y E2, por 110 y 131 euros. Maider utiliza el abono B3 para llegar a Colmenar. “Si me pongo a pensar en el tiempo que invierto en ir a trabajar en transporte público, me sale mejor ir en coche, que es lo que hago en verano a veces”, señala.

Eduardo Blanco, de 30 años, vive en Alcalá de Henares y su abono también cuesta 82 euros. Es pluriempleado: Trabaja en una empresa de tecnología y ahora estoy de becario en una de comunicación, todo ello por “unos 1.100 euros al mes”. Eso sí, asegura que cada vez que le toca pagarlo, “es un grito en el corazón”: “Son casi 100 euros y es mucho dinero que desembolsar de golpe”.

Conciencia ecologista

A la dificultad de entrar con el coche en Madrid, se suma la conciencia ecologista de aquellos que no quieren contaminar. Para Maider, la solución pasa por “bajar algo los precios del transporte público”: “Esto haría que la gente lo utilizase más”. Otra de las alternativas que la joven ve “apropiada” sería que hubiese una rebaja para aquellos que ganan en salario mínimo.

Eduardo se plantea también este dilema: “Yo tengo coche pero no lo uso, por ecologismo y porque soy un gran defensor del uso del transporte público”. Cree que la solución pasa por “invertir en infraestructura”, algo “clave para el planeta y para la comunicación con la periferia”.

Se quejan de las condiciones en las que viajan

Los dos coinciden en que los servicios son mejorables. Maider señala que es absurdo hacer una campaña para que se utilice más el transporte público y luego “no fomentarlo nada”: “Tenemos los mismos servicios que hace años y más gente utilizándolos. A veces vamos como sardinas enlatadas”.

Eduardo, por su parte, se queja de los tiempos y los fallos de la Renfe. “La línea de Alcalá de Henares sigue siendo la misma que hace años y las frecuencias de trenes son muy largas”. Asegura que ahora, en verano, ha habido días que han pasado 15 o 17 minutos entre un tren y otro. “Cuando hay algún fallo es caótico y puede implicar retrasos de hasta dos horas, como me pasó a mí una vez al ir al trabajo”. Y traslada su queja a los autobuses: “También pasa, seguimos esperando a que se ponga un carril bus que se prometió y no sabemos nada”.

No sólo afecta a los más jóvenes. Marta Rojo tiene 39 años y vive en Alcorcón. Paga 63,70 euros de abono cobrando 1200 euros al mes y siendo madre de un niño con el que forma una familia monoparental. “Mi alquiler se lleva el 60% de mi sueldo”, explica. A ello se suma el precio de desplazarse a trabajar, por lo que cree que una opción es que su empresa se “haga cargo del transporte de los empleados”.

No lo ve un problema generacional, si no de clase: “Es totalmente injusto segmentar los precios por edad, ya que las circunstancias no varían sólo por eso, sino por cómo vivimos. cada uno, por el género, la situación legal, las personas que tienes a cargo…”

Se extiende a la mayoría de jóvenes precarios de la ciudad

Coinciden en que no son un único caso, sino que “la mayoría de jóvenes mayores de 26 no pueden permitirse pagar tanto dinero”. Eduardo asegura que es “brutal” la brecha que se produce cuando cumples 26 años y empiezas a pagar más del doble por moverte por tu ciudad: “Con un sueldo de becario, por ejemplo, es imposible. Yo tengo dos sueldos, pero mis compañeros becarios se dejan un 40% de su sueldo en el transporte”. A muchos de ellos, “desplazarse para trabajar no les sale rentable”.

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