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Culto canalla al rumbero de Vallecas

Manuel y Amalio, padre e hijo, cantan de madrugada en bares que ya han echado la persiana para un público internacional que ve en ellos a los últimos supervivientes de una España extinta

Jorge Hualde.

Manuel hace gárgaras con un chorrito de vinagre en la cocina. La grasa se agarra del techo y las paredes como las estalactitas de una cueva. Cuando termina de aclararse la garganta en el fregadero, regresa a su habitación, un cuarto con cama king size en la que duerme solo desde que enviudó. Se coloca un viejo traje granate de dos piezas, un chaleco, unos zapatos y una camisa fantasía elegida entre un ramillete colgado del armario como pájaros en un poste de luz. Entonces se coloca con los pies juntos frente a una fotografía en blanco y negro del cantante Rafael Farina. Adopta la pose de quien brinda un toro:

—Va por usted.

Es su forma de invocar el embrujo de uno de sus maestros. Un ritual de iniciación diaria. Manuel Gálvez Laguna, un señor delgado y cara curtida más conocido como El Rumbero de Vallecas, pasa los días recorriendo por una propina los bares y las terrazas del centro de Madrid. Le acompaña con la guitarra su hijo Amalio, un hombretón taciturno de uñas alargadas. Forman una curiosa pareja. La jornada arranca a mediodía y a menudo se alarga entre palmas y alcohol hasta la madrugada, cuando necesitan un autobús búho para volver a casa mientras dormitan en los asientos de plástico de la EMT. Son sus noches de rumba y jaleo.

Manuel fue testigo excepcional de un mundo que ya no existe, el del Madrid de los tablaos flamencos del tardofranquismo. Como joven impetuoso que quería triunfar rondó los círculos del propio Farina, al que considera un príncipe, de Manolo Caracol, de Bambino, de Lola Flores y Antonio El Pescaílla, y de Camarón en menor medida. En el extrarradio se enganchó a la rumba con Los Chichos y Los Chunguitos, con los que compartió noches en vela. Todos esos nombres triunfaron y de una forma u otra han dejado su nombre para la posteridad. Manuel no terminó de subirse a ese carro, la fama le fue esquiva pese a su voz portentosa. Tuvo que compaginar el artisteo con trabajos manuales como pintor de brocha gorda.

Manuel Gálvez (izquierda) y su hijo Amalio, cantando en una terraza del centro de Madrid.
Manuel Gálvez (izquierda) y su hijo Amalio, cantando en una terraza del centro de Madrid.

En cierta medida ese no llegar a la cima es lo que le mantiene activo cerca de los ochenta años. Día sí y día también padre e hijo salen a buscarse las habichuelas. Al abrir el portal de casa, un edificio de protección oficial, Manuel y Amalio reciben una ráfaga de aire tan caliente como el que sale de un horno encendido. Es un mediodía seco de verano. La brisa no se ha inventado todavía. Padre e hijo llegan a la estación más cercana de metro, vigilados muy de cerca por unos guardias con malas pulgas que tienen fichado a Amalio como saltador de tornos profesional. Con los guardas en el cogote, la pareja se sube en el primer tren rumbo al centro de la ciudad.

Allí les espera una audiencia que la mayoría de las veces los trata con indiferencia. De vez en cuando alguien aprecia su talento. Y lo hace con fervor. En determinados ambientes Manuel y Amalio son objeto de culto. Hipsters y turistas los persiguen por los bares como si fueran en romería. A la hora del cierre, echan las persianas y ellos se quedan tocando dentro para los que quieren alargar la juerga. Sus admiradores creen haber encontrado a unos artistas únicos, difíciles de clasificar, últimos supervivientes de la noche canalla madrileña.

'EL Rumbero', junto a un cartel que anuncia su espectáculo, en un bar de Madrid.
'EL Rumbero', junto a un cartel que anuncia su espectáculo, en un bar de Madrid.

El dúo está en algún punto entre Rancapino y El Fary, más cerca del segundo que del primero. Sus actuaciones son erráticas porque así entienden el oficio y la vida. Lo mismo tocan cinco canciones en un garito que toman un chupito y se van, solo porque algo en el ambiente los solivianta. A veces la recaudación se queda en la máquina tragaperras. Otras toca el premio y la fiesta se alarga hasta el día siguiente. No tienen horario fijo. La gente se la juega de bar en bar buscándolos.

“Porrina murió alcoholizado”, suelta Manuel, más dado a fabricar otros mitos que a apuntalar el suyo. Nació a principios de los 40 en Puertollano, Ciudad Real. Hizo la mili en Sidi Ifni. Al acabar conoció a la que iba a ser su esposa, Antonia. España se abrió por esa época al turismo. Manuel sí cogió esa ola. Durante más de una década fue el cantante principal del Marina, un hotel de tres estrellas de Sóller, en Mallorca. En los 70 se vino a Madrid. Noches en tablaos junto a sus ídolos, mañanas en casa de una vecina echándole el gotelé a las paredes.

Algunos quieren oír de primera mano las historias de Manuel. Son sencillas y no siempre esconden una moraleja evidente. Su truco es ese, que son sencillas.

—¡Vaya voz que tenía Nino Bravo! Se mató en un BMW, pobrecito mío. Una vez estuve en su pueblo de Valencia. Entré a un mesón y vi su póster. Guapísimo el tío. Le dije al tabernero: 'Este hombre, qué bien canta'. Y el señor me preguntó si yo también era artista. Sí, le dije, pero yo canto rumba y flamenco.

Una foto de Manuel y su esposa Antonia, en Sóller, Mallorca, en los años sesenta. Él amenizaba las noches de un hotel de tres estrellas, el Marina.
Una foto de Manuel y su esposa Antonia, en Sóller, Mallorca, en los años sesenta. Él amenizaba las noches de un hotel de tres estrellas, el Marina.

El bar Jamón, de la calle Lavapiés, tiene colgado un cartel en la puerta: Flamenco en vivo. Se refiere a Manuel y Amalio. La actuación estelar del día. Sobre las 19:00 caen por allí. En la mayoría de los bares cuentan con el beneplácito de camareros que les rellenan las copas a cuenta de la casa pero el Jamón es su templo, el lugar donde tienen barra libre. Turistas italianos, holandeses y franceses pasan horas aquí escuchándoles, creyendo haber dado con la esencia de una España extinta.

Tomás Gago regenta el Jamón desde hace medio siglo. Ha tenido negocios por toda la ciudad, entre ellos la peña Antoñete, donde El Fary jugaba al mus y los dados. “Conocí a Manuel en un tablao al lado de la plaza Santo Domingo, donde cantaba Bambino y Manolo de Vega. Ese bar ya no existe. Manuel iba de comparsa y a aprender de los otros. Lo vi muchos años después, más mayor. Pensé que un señor con este arte tenía que tener un techo donde cantar”, explica Gago.

—Tomás, como me toque la Bonoloto tú y yo nos vamos a ir... —interrumpe Manuel la conversación.

—¿Adónde?

-—¡A la gloria!

El color negro azabache de su melena, sin una cana a la vista, le endurece el rostro. Hace que sus arrugas parezcan más profundas. En ocasiones se le mezclan los nombres de los bares, por una razón muy sencilla: los locales cambian de manos y de nombre con el paso del tiempo. Su rutina, en cambio, es la misma. En general eso le pasa con todo. La ciudad se transforma, la gente con la que trasnochaba se ha muerto o pasa sus días en una residencia de ancianos pero él sigue fiel a su pequeño universo de cante, palmas y noches en vela. “Así hasta que me muera”, zanja cuando se le pregunta.

El cante lo hace solo. Amalio se encarga de la guitarra y las segundas voces. Aceptan actuaciones privadas. Bodas, bautizos, comuniones. Lo que haga falta. Si les piden una bulería, cantan una bulería. Un fandango, también. ¿Una soleá? Marchando. Si alguien se cruza de madrugada con dos sombras vacilantes por las calles estrechas del centro, seguramente sean las suyas.

El cartel de Rafael Farina ante el que hace Manuel su ritual antes de salir a la calle a cantar.
El cartel de Rafael Farina ante el que hace Manuel su ritual antes de salir a la calle a cantar.
El hijo, a sus 53 años, no comparte el entusiasmo noctámbulo del padre. Cuando se cansa se sienta en una silla y da pequeñas cabezadas. Una orden de Manual le saca del letargo, lo acciona a la guitarra. En realidad le gustaría tener un trabajo fijo, algo estable. La noche se le hace pesada: “Te acuestas a las tantas”. De vez en cuando se arranca solo y canta con la cadencia de las antiguas misas en latín.

Como es grande, suda mucho. A cada rato sale a la calle a que le dé el aire. Durante un tiempo trató de huir de la bohemia. Trabajó de guarda nocturno en la obra de un edificio. Una semana de noche, otra de día. Aquello duró poco. Nunca enganchó de verdad un empleo estable. Una noche, viendo un canal de televisión al azar, se quedó extasiado con las palabras de un telepredicador. A la mañana siguiente fue al culto evangélico de la calle General Ricardos. Su bautismo en una piscina desmontable ha quedado inmortalizado en una fotografía que decora el salón de la casa. Lleva camisa blanca y bermudas. Alguien, a quien no se le ve el rostro, lo ayuda a sumergirse de espaldas en el agua.

Amalio Gálvez, guitarrista, en una foto de su juventud.
Amalio Gálvez, guitarrista, en una foto de su juventud.

Acudió con regularidad a la iglesia, acompañado de su sobrina Joana, hija de un hermano adicto a la heroína. El hogar, en ese tiempo, lo formaron Manuel, Amalio y Joana. La niña ya no vive con ellos aunque hay dibujos y mensajes suyos colgados por toda la casa en los que declara su amor incondicional a sus padres adoptivos. El caso es que el entusiasmo devoto de Amalio se diluyó. No ayudaba no tener con que pagarse el transporte hasta el templo. Ese problema no se ha solucionado. Lleva desempleado desde 2009. Por las mañanas, cuando la resaca no lo ata con cuerdas a la cama, asiste a cursos de empleo del INEM, como uno de jardinería que le ocupa estos días.

Cobra la renta mínima de inserción, un dinero para gente en riesgo de exclusión social. En casa afina un rato la guitarra, abre cartas que traen sorpresas como las multas del metro sin abonar y al rato se va de ruta con su padre. Si encuentran jaleo comienzan en la plaza de San Andrés, después suben hasta el mercado de la Cebada, para acabar en San Millán. Siguen en los Caracoles y Las Navajas. En este último se toman un par de chupitos de DYC. Amalio se bebe después una cerveza que compra en una tienda de ultramarinos. Cuando llega la hora de tocar parece extasiado, ido.
De madrugada, cuando el ánimo empieza a decaer, encuentran abierta la persiana del bar Madrid. Manuel entra como exhalación. El aire está cargado, húmedo y sofocante. Allí lo recibe un señor de ojillos tan cerrados que parecen las ranuras de una hucha.

—Hombre, Manuel. ¡Fenómeno!

—Grande, tú. ¡Faraón!

—¡Máquina!

—Tú eres más grande que El Corte Inglés.

Amalio se queda remoloneando en la puerta. Hace unas semanas lo echaron del bar por un pequeño incidente con una clienta, que resultó ser la novia del dueño. Ya es mala suerte. Al final Amalio entra de mala gana, arrastrando los pies. En la barra se da la mano con el dueño como dos colegiales que hacen las paces después de una pelea en el recreo.

Hay poca gente alrededor. Cuatro trasnochados. Un señor que no levanta la cabeza de su copa. Unos chavales que se hacen los suecos. Solo el hombre de la mirada difusa se anima. Da igual. Manuel se arranca con Maldito dinero, un canto a su existencia:

No te ofrezco dinero y riqueza

ni lucirte conmigo en Marbella

lo que quiero es que tú me cameles

bajo los brillos de las estrellas.

Un disco a 10 euros la copia

La única incursión del Rumbero de Vallecas y su hijo en la industria de la música fue hace una década, cuando grabaron un disco por el que tuvieron que pagar al estudio 1.200 euros. “Lo grabamos del tirón, sin repetir ninguna canción”, recuerda Amalio sobre aquel día en una sala insonorizada. En la carátula, Manuel lleva gafas de sol, lo que le da un aspecto al personaje de Kevin Spacey en K-Pax. Primero distribuyeron la grabación en casetes para después pasarse al formato CD. Cada copia la vendían ellos mismos a 10 euros. La mayoría de las ventas las consiguieron entre gente de su barrio que aprecia su trabajo o durante las fiestas privadas a las que acuden como contratados. Ya no les quedan más discos y en el horizonte tienen la idea de volver a reeditarlo. Sin embargo, el dúo preferiría que un agente que contactara con una discográfica y pudiera organizarles bolos tomara las riendas del aspecto más comercial del trabajo. Hoy en día, sacan unos 80 euros diarios con las propinas.

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