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La noche fue de Kylie Minogue

El Cruïlla cerró sus puertas mejorando resultados con 78.000 visitas

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Kylie Minogue durante su concierto en el Cruïlla.

Estaba cantando la primera canción de su concierto, Love At First Sight, y toda la explanada del Fórum estaba moviéndose como un puñado de arena sobre el parche de una batería heavy. En aquel momento, Kylie Minogue no tenía más competencia en los escenarios del festival que los ampurdaneses Cala Vento, lo que reforzaba su candidatura, confirmada, a estrella de la última noche del Cruïlla. Se puede decir que las 23.000 personas que asistieron a la jornada final del sábado estaban allí, y acabada la primera pieza seguían cosquilleando el asfalto mientras bailaban I Should Be So Lucky, segundo tema del concierto. Ataviada con un vestido en tonos blancos, melena rubia expuesta a la humedad de la noche y micro a juego con el vestido, Kylie quería demostrar que quien tuvo y retuvo, y logró entretener a la multitud con un concierto vistoso y colorista que recordó al cosquilleo que producen las bebidas carbónicas. No alimentan, pero distraen.

Kylie Minogue no está en sus mejores horas y probablemente le toca defender su posición más que aspirar a mejorarla. El pop ha mutado y el aire picaruelo de rubita coqueta se ha visto sustituido por actitudes más procaces, cuando no dominadoras. Ya no se llevan las muñecas, las pitusas, y Kylie siempre ha tenido algo de ello, de estrella que no ha hecho de la provocación su enseña y que lo ha fiado casi todo a una simpatía profesional de sonrisa blanca con dentadura alineada y el punto justo de ingenuidad. Y eso es lo que se vio en el Cruïlla, una figura pop envuelta en coreografías, con los músicos dispuestos sobre plataformas móviles de quita y pon y un repertorio para recordar los mimbres con los que construyó la cesta de su éxito.

Fue un concierto bailable, con temas para estampar sonrisas perennes a base de bombo: Get Outta My Way y Can’t Get You Out My Head se llevaron la palma con permiso de las finales Dancing y Spinning Around; un concierto de confetis y de colores vivos en el escenario, de cuatro cambios de vestuario en una estrella acostumbrada a sonreír como lo hacen las azafatas al recibir a su pasaje. Que en el Fòrum se mostrase tan contenta quizás sugirió que está falta del cariño de las masas, que allí recibió a espuertas. Ese público normal del Cruïlla, personas no uniformadas por la moda sino por el presupuesto disponible para adquirirla, reforzado en la noche del sábado por una importante presencia de público homosexual, un público fenomenal por su respuesta festiva en los conciertos, llevaron a Kylie a tomar el cetro de una noche que estaba diseñada para ella.

El resto de la jornada dejó en mal lugar a Oumou Sangare, una exquisita voz de Mali y de los derechos de la mujer africana que apenas tuvo público, salvó los muebles de Seu Jorge y su concierto de raíz brasileña, quizás demasiado calmo para el ritmo que exigen los festivales. Algo así le pasó también a Michael Kiwanuka, un apóstol negro del soul y del folk comparado con Will Whiters o un Terry Callier a los que aún ve de lejos, y que protagonizó una actuación interesante aunque de ritmo discontinuo y largos y apelmazados desarrollos instrumentales. En paralelo a su actuación, Dorian sonaron convincentes y junto a El Petit De Cal Eril y Cala Vento aportaron la cuota kilómetro cero a un festival que cerró sus puertas habiendo recibido 78.000 visitas en sus cuatro días de actividad (57.000 en 2.018) y que ya confirmó para su versión invernal la presentación del nuevo disco de Manel el 16 de noviembre.

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