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La tómbola de Black Eyed Peas

El grupo californiano protagonizó el arranque del Cruïlla en el Fòrum

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Actuación de Black Eyed Peas este miércoles en el Cruïlla.

Máquinas, sonrisas y flores. Las máquinas eran instalaciones mecánicas que podían moverse, accionadas por motores, poleas y transmisiones. Representaban caballos, norias y demás objetos fruto de la imaginación delirante de Jordà Ferré, creador de la Companyia Antigua I Barbuda, responsable de aquel despliegue. Estaban desplegadas por el espacio central del Cruïlla y a su alrededor el público se reunía curioso, como queriendo desentrañar los secretos de la mecánica, alma de cada ser metálico allí mostrado. La sonrisa ya afloraba de manera natural al perder la vista por un espacio que se ofrecía diáfano y a primera hora de la tarde sin aglomeraciones. El Cruïlla arrancaba en el Fórum su décima edición y, por si alguien se había dejado la sonrisa en casa –no era fin de semana, un simple miércoles no ayuda a sonreír–, algunas personas repartían flores.

La música comenzó poco más tarde de la apertura de puertas, con la noruega Aurora y su pop electrónico con ínfulas modernas y resultados francamente sosos. El público, educado, la premió con aplausos de cortesía y se dispuso a perder el control un poco más tarde, cuando Black Eyed Peas comenzaron su concierto, ya con una pequeña multitud frente a su escenario –14.000 personas según fuentes oficiales–. Y realmente la actuación del trío-cuarteto fue una verdadera fiesta. La duda entre trío y cuarteto se debe a que en el grupo sobreviven sus tres recitadores principales, will.i.am, apl.de.ap y Taboo –sí, llamarse Paul o Richard parece no proceder– mientras que Jessica Reynoso, sustituta de Fergie, pareció aún una aspirante a pertenecer al grupo. Y en cuanto abrió la boca se pudo notar su origen, un concurso de talentos filipino, porque al cantar quiso más que interpretar demostrar que tenía buena voz.

El concierto del grupo fue una jarana, una fiesta de hip-hop positivo –nada de chicos malotes y sonidos oscuros–, ramalazos de pop, latigazos de Electronic Dance Music, EDM para los amigos, citas a White Stripes, cuando sonó Seven Nation Army aquello pareció el campo de Osasuna y aire general de tómbola cuando se entrega el premio más preciado. Lo dicho, una juerga de tomo y lomo que puso al público a saltar, espoleado por la exigencia que desde el escenario le impelía a hacer coros para conseguir la afonía ya en las primeras horas de festival. Temas como Rock That Body, Pump It o Just Can’t Get Enough, este último protagonizado por Jessica, vestida como para realizar una prueba de acromatopsia, protagonizaron el arranque del concierto.

Estas constantes se mantuvieron durante todo su desarrollo, con el grupo contento de volver a aspirar a ser lo que fue, una banda que hace diez años llenó el Estadio del Espanyol en Cornellà-El Prat. Pero 10 años son una eternidad en el pop y, por ejemplo, Black Eyed Peas no se han percatado de que en su ámbito tocar con batería acústica es más antiguo que llevar quevedos. Pero ellos a lo suyo, a alargar los temas –las versiones de Where Is The Love i I Gotta Feeling fueron más largas que el día D–, a recibir cariño y a protagonizar una tabarra festiva implacable. Si se quería fiesta, fiesta hubo en la primera noche de un Cruïlla que con su programación de miércoles aumentó un día su propuesta. Hasta la madrugada del domingo hay tiempo de sobras para seguir sonriendo.

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