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No trabajéis jamás

Me da la impresión de que el Primero de Mayo se vive con cierta desidia, una inercia cansina, sin demasiada ilusión

Algunos manifestantes con banderas rojas en la marcha del 1 de mayo, día del trabajador, en Madrid, en 2016.
Algunos manifestantes con banderas rojas en la marcha del 1 de mayo, día del trabajador, en Madrid, en 2016.

Hace 100 años, la huelga de La Canadiense, promovida en Barcelona por la CNT, logró imponer la jornada laboral de ocho horas en España tras un paro de 44 días. La idea era la siguiente: ocho horas para trabajar, ocho horas para descansar y ocho horas para el ocio. Desde entonces la jornada de ocho horas está aceptada, eso sí, entre que te ponen una hora para comer y que vas y vuelves del curro, puedes echarte unas diez horas al día, o más dedicadas al trabajo.

Es Primero de Mayo, el Día internacional de los Trabajadores, fecha dedicada a otros luchadores, los Mártires de Chicago, que perseguían, en 1886, el mismo fin: a veces nos olvidamos de que los derechos que ahora disfrutamos, alguien tuvo en su día que conquistarlos, incluso a cambio de su vida: varios de los Mártires de Chicago fueron ejecutados.

Hoy la cosa laboral está chunga: se trabaja mucho, se produce poco, se gana regular. Hay precariedad, autoexplotación y problemas de conciliación. El 44% de las horas extras se hacen sin cobrar, gratis total, como señaló Comisiones Obreras. Lo importante es ponerle pasión al asunto: el dinero es lo de menos. Oigo a la gente quejarse, pero sobre todo en los bares o en las redes sociales. Sin embargo, el Primero de Mayo me da impresión que se vive con cierta desidia, una inercia cansina, sin demasiada ilusión.

En Madrid, y en toda España, los sindicatos (esa cosa que a las nuevas generaciones les debe parecer puro vintage) se manifiestan con sus pegatinas y sus banderitas de plástico, aunque probablemente con menos éxito que otras nobles causas donde se están logrando muchos avances, como fue al caso del ocho de marzo. La lucha por las condiciones laborales debería estar siempre en primera línea, porque es transversal a todas las demás y, quien más quien menos, salvo excepciones, tiene que currar.

Quizás sea porque nos han dicho que nosotros somos nuestra propia empresa y que tenemos que construirnos nuestra marca personal. Que tenemos que romper nuestros propios limites y salir de nuestra zona de confort. Que hay que “flexibilizar” el mercado laboral. ¿Quién puede estar en contra de “flexibilizar” algo, con lo bonito que suena?

La clase trabajadora, entretanto diseñador web, personal shopper, fundador de startup y creativo publicitario no se sabe muy dónde está, a nadie le gusta demasiado pertenecer a la clase trabajadora. Aunque la mayoría tenga que trabajar. Es como si viviésemos en un país de marqueses, rentistas y multimillonarios.

“Ne travaillez jamais”, pintaron en los muros de París los situacionistas franceses en los años 60. No trabajes jamás. Tener trabajo es muy triste, aunque peor es no tenerlo. La cita utópica pintada en la pared hoy podría hacerse realidad: que trabajen las máquinas y que los humanos vivamos una vida plena de disfrute y holganza, viendo Netflix. Hay que deslaboralizar la vida. Aunque lo más probable es que las máquinas acaben trabajando exclusivamente para sus amos.

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