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CRÍTICA i

Estrella Morente arrasa con la copla más caduca

La cantaora granadina impone en el Liceo su soberbia voz a pesar del repertorio

Estrella Morente, durante su actuación en el Liceo.
Estrella Morente, durante su actuación en el Liceo.

Regresó Estrella Morente con un nuevo trabajo bajo el brazo tras tres años de silencio discográfico al que ha titulado sencillamente Copla. Y de eso se trata: recuperar las coplas más populares y volverlas a cantar como si en los últimos setenta y cinco años no hubiera sucedido nada.

Y con este trabajo llegó a un Liceo que casi se llenó en la noche del domingo. En la escalinata del hall y en la sala de los espejos los teléfonos móviles no pararon de fotografiar a un público con aires de fiesta grande y bastante endomingado. A la entrada se regalaban claveles rojos a todos los asistentes, una buena forma de asegurarse de que, al final del concierto, acabaran todos cubriendo el escenario; no todos: algunos lanzados sin la suficiente fuerza hicieron diana en la cabeza de algún espectador de platea.

Estrella Morente

Estrella Morente
Gran Teatre del Liceu, 3 de marzo

Veintidós músicos, madera, metal y percusión, y dos directores, que se fueron alternando, llenaban el enorme escenario. Y apareció la diva, porque Estrella Morente ya lo es, agitando un abanico, peineta, mantilla y enorme bata de cola azul con estrellas doradas. Y comenzó a interpretar las canciones de su nuevo disco prácticamente en el mismo orden. En esos primeros temas la enorme voz de la cantaora quedó minimizada por la sonorización fallida de un pequeño micrófono facial que, aunque le dejaba las manos libres, recortaba en exceso el rango de frecuencias empobreciéndolo todo. Tras la quinta canción, además de cambiarse la bata de cola, tomó un micro de mano y la cosa cambió: en vez de sucumbir ante la orquesta, su voz se impuso con seguridad.

Fueron desfilando las canciones del nuevo plástico, con Quintero, León y Quiroga a la cabeza, pero todo sonaba monótono, viejo. Unos arreglos poco imaginativos servían más para potenciar poses toreras y los golpes de bata de cola que los posibles arranques de genio de una voz soberbia. En los últimos tiempos hemos vivido algunos intentos bastante exitosos de quitarle la caspa a la copla (desde el recordado Carlos Cano a Martirio o Miguel Poveda) de los que Morente parece querer huir en un intento más arqueológico que musical.

Pero llegó la media parte y tres cantaores aparecieron golpeando con los nudillos una mesa roja y todo empezó a cambiar. Le calentaron el camino a la cantaora granadina que, sin bata de cola ni peineta, se arrancó sobre Los cuatro muleros junto a dos guitarristas, un cajonista y dos palmeros, y el público empezó a volverse loco. Como si el concierto comenzara en aquel momento. Morente se rajó de arriba a abajo y estremeció a más de uno. Tres temas intensos que valieron por toda la velada. Así, cuando volvió a salir la orquesta el Liceo estaba en plena ebullición y las tres coplas finales discurrieron en plena euforia. Y con Suspiros de España el escenario, tal como estaba previsto, se cubrió de claveles rojos.

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