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OPINIÓN i

Partidos, plataformas, liderazgos

El principal problema de la política no son los partidos: es que su poder frente al dinero se ha limitado mucho

Pepu Hernández (izq.) habla con Pedro Sánchez en el Ramiro de Maeztu en 2015.
Pepu Hernández (izq.) habla con Pedro Sánchez en el Ramiro de Maeztu en 2015.

La irrupción de Podemos y sus marcas asociadas en España; los grillini en Italia; los inesperados éxitos personales de Trump, fuera de control del partido republicano, o de Macron, que construyó su propio movimiento para pasar de cero a la presidencia de la República en un año, abrieron serios interrogantes sobre los partidos políticos tradicionales. ¿Pagarían estos la crisis de representatividad de las democracias liberales? La entrada en escena de estos presuntamente nuevos actores —organizaciones improvisadas, con liderazgos adaptados al nuevo espacio comunicativo— se tradujo en éxitos sonados que sembraron la inquietud en los partidos que se consideraban depositarios del poder. Y se puso de moda una categoría imprecisa -el populismo- para poner una barrera entre los de siempre y los recién llegados.

Una vez los nuevos se han instalado en distintos niveles del poder, el principio de realidad ha hecho su trabajo y, unos más, otros menos, aquellos líderes promesas que parecían destinadas a cambiar el rumbo de la democracia están hoy en apuros. Partidos, plataformas, movimientos, confluencias, pónganles el nombre que quieran pero siempre acaban chocando con la misma pared: a cualquier escala, el poder es piramidal y arriba sólo hay uno. Y por eso no es extraño que en vigilias de unas elecciones municipales —en el caso catalán, con el añadido del inicio del juicio a los dirigentes independentistas, que marcará la próxima etapa— pocas organizaciones queden libres de conflictos de consolidación o disputa de liderazgos. Cuatro ejemplos: Pedro Sánchez impone a un outsider —Pepu Hernández— exseleccionador nacional de baloncesto, como candidato a la alcaldía de Madrid; Podemos, en fase de explosión, se rompe, entre dos cabezas: Iglesias y Errejón; el mundo independentista se carga el mito de la unidad sobre el que pretendía fundar una falsa cohesión, con los intentos de Carles Puigdemont de asegurar su preponderancia; la alcaldesa Colau huye de las querellas familiares para construir una lista electoral a su medida y sin fisuras. No hay organizaciones, hay líderes.

En una democracia, la función de los partidos es articular la representación política de los ciudadanos, construir proyectos políticos y propuestas ideológicas que canalicen las demandas de los sectores sociales, formar cuadros para asumir las responsabilidades de gobierno en los distintos niveles, y, por supuesto, garantizar la gobernabilidad cuando asumen el poder y el control de los que gobiernan cuando están en la oposición. ¿Cumplen eficazmente estas tareas? La percepción de la ciudadanía es que no. Los políticos son vistos como una casta lejana, con intereses propios.

Si en el bipartidismo había funcionado el liderazgo burocrático, como fue el caso de Rajoy, ahora se exigen liderazgos ruidosos

La crisis de representación es innegable. Y los partidos son los primeros en ser señalados. Plataformas, movimientos y demás organizaciones debían facilitar la incorporación ciudadana. Funcionó en la calle, pero decayó a medida que tocaban poder. A la hora de gobernar aparecen los límites: lidiar con ellos sin frustrar a la ciudadanía es muy complicado y requiere autoridad. El principal problema de la política no son los partidos: es que su poder frente al dinero se ha limitado mucho. En este contexto, partidos, movimientos, plataformas se encuentran con las mismas barreras. Y a la militancia apenas les queda el derecho al pataleo. Ejemplo: elegir a Sánchez contra los barones del partido que le habían echado para salvar al PP.

Plataformas y organizaciones tuvieron un primer efecto revitalizador que cambió la dinámica de unas burocratizadas democracias bipartidistas. La multiplicación de los actores reavivó la política y favoreció la polarización, porque rompió el corporativismo de los grandes. Pero no ha resuelto los problemas de la forma partido. Al contrario, ha reforzado la lógica de los liderazgos. Si en el bipartidismo había funcionado el liderazgo burocrático, como fue el caso de Rajoy, ahora se exigen liderazgos ruidosos. En este terreno, lo que marca las diferencias es la distancia entre el griterío y la autoridad, en el sentido noble de la palabra. Y ésta va escasa y cuesta asentarla.

Las nuevas formas organizativas buscaban abrir el juego: han multiplicado los actores, que ya es algo, y han resistido a los intentos de marginarlas, pero la política es lucha por el poder y, en ésta, reina la complicidad sin amistad y la servidumbre voluntaria. Sin embargo, en todas partes la ciudadanía pide la palabra. El futuro de la democracia depende del reconocimiento que se dé a esta demanda. Y tendrá premio el que encuentre el modelo de organización que lo consiga.

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