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OPINIÓN i

La derecha española a la vista de Europa

Hay un punto de ingenuidad y desconocimiento en la percepción europea de que la extrema derecha no existía aquí, como si el pecado franquista la hubiese condenado para siempre

Manifestación antifascista en Girona, en diciembre.
Manifestación antifascista en Girona, en diciembre.

En torno a la irrupción de Vox y su influencia en la derecha española, la prensa europea destaca tres cosas: El hecho en sí, la aparición de la extrema derecha en una democracia que no la tenía en nómina. La radicalización del Partido Popular. Y la rapidez con la que la derecha ha dado carta de legitimidad a la extrema derecha, colocando a Ciudadanos en incómoda contradicción con sus aliados europeos.

Hay un punto de ingenuidad y desconocimiento en la percepción europea de que la extrema derecha no existía aquí, como si el pecado franquista la hubiese condenado para siempre. El nombre hace la cosa y es cierto que no ha habido un partido con rótulo de extrema derecha con peso significativo. La representación del franquismo en las primeras elecciones democráticas tuvo dos cabezas: una en blanco negro (Alianza Popular) y otra en technicolor (UCD). Alianza Popular, de la mano de Manuel Fraga, acabó mutando en el Partido Popular que, con la implosión de UCD, incorporó a una variada gama de sensibilidades liberales y conservadoras para convertirse en el gran partido de la derecha. La travesía del desierto terminó con la llegada al poder, de la mano de José María Aznar, en 1996.

Si no había extrema derecha en España era porque estaba perfectamente acomodada bajo el mando de Aznar

El mérito del expresidente fue integrar a toda la derecha en un solo partido, condición necesaria para el asalto al gobierno. Si no había extrema derecha en España era porque estaba perfectamente acomodada bajo el mando de Aznar, uno de los precursores del “iliberalismo”: liberal sin complejos en lo económico, conservador y autoritario en lo demás, dispuesto incluso a blanquear el franquismo. Fue con Mariano Rajoy que el tren perdió unidades a la misma velocidad con la que el PP se desdibujaba ideológicamente y, como todos los partidos sistémicos (PP y PSOE en este caso), perdía el contacto con la sociedad en un momento de grandes cambios. Entró en escena Ciudadanos, que desde Cataluña dio el salto a la política española inicialmente con etiqueta centrista. Y la extrema derecha, en buena parte surgida del conflicto vasco, encontró en la inmigración y en la cuestión catalana los catalizadores para dar el salto. Y así creció Vox sobre los tópicos tradicionales, (el patriotismo, la moral católica, el patriarcado y la xenofobia) y con la construcción de chivos expiatorios (feministas, inmigrantes, independentistas) para capitalizar el malestar general. Dónde había un partido, ahora hay tres.

En Europa sorprende que PP y Ciudadanos se alíen a la primera con la extrema derecha. Ciertamente, hay algo de hipocresía, como ejemplifica el caso francés. Allí funcionó el cordón sanitario ante el Frente Nacional y el desistimiento republicano a favor del candidato mejor situado evitó cualquier opción electoral de la extrema derecha, hasta que la lealtad empezó a torcerse con la presidencia de Sarkozy, el primero que asumió abiertamente parte de la agenda del lepenismo. Y así siguió en tiempos de Hollande, cuando Valls, como ministro del Interior y primer ministro, compró sin rubor el discurso contra la inmigración. Resultado: hoy Marine Le Pen es la principal rival de Macron. En toda Europa, los progresos de la extrema derecha han seducido a muchas conciencias conservadoras y sólo han conseguido reforzarla. Pero precisamente ahora, en vigilias de unas elecciones europeas trascendentales, la cuestión es especialmente sensible. El frente de la extrema derecha europea, de la mano de Orban, Salvini y Le Pen, prepara la cita electoral de mayo como un asalto al poder comunitario. No es tiempo de concesiones.

Dando por hecho que el PP ha optado por la radicalización, la prensa europea pone énfasis en los equilibrios de Albert Rivera. No hay nada más ridículo que negar lo evidente. Y lo evidente es que Ciudadanos estará en el gobierno andaluz gracias a un acuerdo del PP con Vox, a cuyo cumplimiento se ha comprometido el futuro presidente andaluz Juanma Moreno. El que niega lo que todo el mundo ve sólo consigue poner en cuarentena su palabra.

Blanquear a Vox sitúa a la derecha española en la oleada radical conservadora. Y la experiencia demuestra que la extrema derecha siempre sale ganando cuando se le da legitimidad. Pablo Casado lo hace con alegría, porque se corresponde con el giro que ha dado su partido. Albert Rivera lo hace con vergüenza, pero lo hace. Y su coraje se ha limitado a evitar una foto de familia con Vox. Así no se para a la extrema derecha.

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