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Hacer del pesimismo virtud

Hay que recuperar los valores ilustrados: el control de sí mismo, la empatía, el sentido social, la razón

Un hombre pasea ante un grafiti en Grecia que pregunta: "Qué vendrá después?".
Un hombre pasea ante un grafiti en Grecia que pregunta: "Qué vendrá después?". ap

Por qué en Europa el pesimismo está tan instalado entre la ciudadanía? Por supuesto, en el caso español, una mirada a la agenda política y social que nos espera invita al encogimiento de hombros. Dice la racionalidad democrática que cuando ha estallado un conflicto, cuando cada cual ha hecho ya acopio y exhibición de sus propias fuerzas y se ha entrado en fase de estancamiento, es imperativo crear las condiciones para un acuerdo y preparar a la opinión pública, para buscar una salida pactada. Si fuera así, cabría pensar que pasado el trance del juicio al independentismo se encontrarían los mecanismos suficientes para entrar en una senda que nos sacara del fango. Pero estamos en el escenario opuesto: la derecha sólo quiere la derrota del independentismo, el independentismo se resiste a revisar sus mitos -el mandato del 1 de Octubre y la proclamación fallida de la República, y son pocos los que hacen pedagogía para que la sociedad asuma una solución negociada. La prueba de salud de una democracia es la capacidad de hacer del conflicto un trampolín de futuro y hoy, aquí, se mira demasiado al pasado.

Pero más allá de cada caso concreto, las encuestas constatan que el pesimismo está profundamente anclado en toda Europa. De nada sirve el empeño de los poderes económicos para convencernos que estamos mejor que nunca y que las ciencias adelantan que es una barbaridad, ni tampoco los esfuerzos de un grupo de intelectuales convertidos en cantores del mejor de los mundos posibles, con Steven Pinker a la cabeza. Los datos objetivos sobre los que pretenden fundamentar su optimismo: el aumento de la esperanza de vida, la reducción de la pobreza extrema, o la cuasi desaparición del analfabetismo, por ejemplo, no son suficientes para cambiar el ánimo de la ciudadanía. Es la debilidad del argumento estadístico: los números impiden ver a las personas. Y, según parece, para el que se lo mira desde la simplificación numérica es difícil entender que, sin embargo, la insatisfacción crece.

Se nos pinta un futuro que nos condena a ser víctimas del control de los algoritmos y de de unos poderes que escapan a nuestra vista

¿Por qué? Por la desaparición de la idea de progreso como emancipación, por una desigualdad abismal en el reparto que deja a la mitad de la población sin opciones de mejora, y por la destrucción de las relaciones comunitarias (tarea en que las redes sociales juegan un papel muy importante) Progresamos en sociedad. Y es en común que se pueden crear expectativas que nos saquen de la inseguridad y del desconcierto, que son el terreno abonado para el cultivo del miedo, arma preferida de los poderosos.

Vivimos en una cultura distópica. Los relatos sobre el mundo que nos espera, han dado vacaciones a la esperanza: se nos pinta un futuro en que estamos condenados a ser víctimas del control de los algoritmos, de la destrucción del planeta y de los designios de unos poderes globales que escapan a nuestra vista. Es cierto que la mayoría de episodios de globalización que el mundo ha conocido, han generado crisis de confianza. El pesimismo viene de la pérdida súbita de los marcos de referencia y de la desaparición de las expectativas de futuro para gran parte de la población. Lo primero, da pábulo a la restauración reaccionaria; lo segundo, frena las ambiciones que conducirían al futuro. El malestar es disperso, cuesta darle consistencia y sentido: ¿contra quién? ¿Para qué?. El cinismo se instala y los demagogos de la extrema derecha cubren impunemente el vacío que han dejado los dirigentes políticos y sociales. Y lo hacen con el regreso a los valores de un siniestro pasado.

Estoy de acuerdo con Steven Pinker que hay que recuperar los valores ilustrados: el control de sí mismo, la empatía, el sentido social, la razón. Y también lo que yo llamo las instituciones morales del hacer público: la ejemplaridad, la autoridad (y no el autoritarismo vulgar que rige hoy), el respeto a las personas, la pluralidad, la libertad (más oportunidades, menos prohibiciones) y el valor de la palabra. Pero me temo que en el mejor de los mundos posibles estos valores están de vacaciones. Y es razonable que la gente, agotada por la experiencia de las promesas ilimitadas de los años nihilistas que les colocaron ante el muro de la crisis, esté hastiada y desconfiada. Hagamos de este pesimismo -que tiene mucho de toma de conciencia- virtud para ganar el futuro, antes de que la nueva derecha liquide la democracia.

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