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Marta Orriols: “Hoy estamos menos entrenados que nunca ante la muerte”

La autora de los elogiados relatos 'Anatomia de les distàncies curtes' convierte en literatura el fallecimiento de su pareja en 'Aprendre a parlar amb les plantes', su primera novela

Marta Orriols, esta semana en Barcelona.
Marta Orriols, esta semana en Barcelona.

El dolor íntimo no se destruye, nunca se marcha; a lo sumo se transforma y sólo en ese estadio, tras un notable lapso de tiempo, quizá se pueda conllevar. Es la dura enseñanza que, tras pasar por la rabia o el miedo, experimenta Paula, neonatóloga de 40 años que pierde inopinadamente a su compañero en un accidente. Marta Orriols, celebrada autora de los relatos Anatomia de les distàncies curtes con que debutó hace dos años, se define como “una escritora de personajes: nunca me planteo qué pasará sino a quién le pasará”, admite. Pero esta vez no tuvo que imaginar mucho porque la voz de Paula, protagonista de Aprendre a parlar amb les plantes (Edicions del Periscopi; Lumen, en castellano), su segundo libro y primera novela, es en buena parte la suya tras la muerte de su compañero y padre de sus dos hijos en accidente aéreo.

En una de las diversas sorpresas de forma y fondo que depara la novela, Paula no es una muñeca rota. “Es un personaje duro: su faceta humana sólo la exterioriza con los neonatos, no quise que respondiera al cliché de la figura femenina llorona; la muerte la deja en un estado absoluto de alerta, de desconcierto; sí, de dolor, pero también de enfado, una actitud casi de venganza por ese mundo de fantasmas al que ha ido a parar; quise darle la vuelta a la novela de la muerte”, perfila Orriols (Sabadell, 1975) hablando de su personaje. O no.

He querido huir del cliché de la figura femenina llorona;  hay dolor, pero también enfado, una actitud casi de venganza por ese mundo de fantasmas al que ha ido a parar ”

“Cada vez que me toca o me da un beso y no estamos dentro de la burbuja del sexo, alguna cosa chirría; no me sale devolverle el afecto y descubro que estos gestos tampoco me hacen sentir afecto hacia mí misma”, reflexiona Paula ante un amante que no pasará de ocasional, un “hombre-cuerda” que no hace olvidar al ausente, sombra que impregna muebles, sábanas, el cepillo de dientes.... “Paula se prueba día a día; la pérdida pesa, pero lo hace más el desconcierto, el decirse: ‘¿Y ahora qué hago, además de levantarme y respirar?’; y tampoco quiere atarse a nadie para sufrir”, explica su creadora. Desde su concha, la protagonista parece lamentar más que la pérdida de Mauro la de esa rutina de las relaciones que proporciona seguridad, que protege. “No es tanto que sea egoísta como individualista: ella era una feliz treintañera con piso y moto que se enamora locamente de golpe y ve cómo la felicidad va languideciendo… Pero ahí, con alguien a su lado, unos libros y unas plantas, se da cuenta de que eso le gustaba y por ello ahora se mueve entre la tristeza y la culpabilidad: la vida le da una segunda oportunidad, alcanzar lo que quería, pero le ha negado la otra persona… Sí, lo que le ha pasado a uno se acaba volcando, ficcionándolo, en tus personajes… Me gustaría ser una mujer más dura, como es Paula, es un buen escudo ser duro”.

No fue fácil para Orriols desdoblarse: el origen de la novela llegó tras una charla con su editora en castellano, Silvia Querini, que, “sin decirme nada más”, le regaló el libro de Colm Tóibín Nora Webster, novela de una viuda que consigue tirar adelante. Le encantó. Y así se juntó, recuerda hoy, que “los cuentos funcionaban y decidí dedicarme a escribir, la pérdida de una persona y la posibilidad de afrontar una novela”. Admite que hubo una primera versión que tiró porque “era incapaz de enfadarme con quien había muerto porque yo pensaba en mi pareja; hasta que no pude hacer el clic y decir ‘Esta mujer ha de ser distinta a ti’, la cosa no iba; y de ahí la infidelidad de él, por ejemplo… Ahora veo que la novela me ha servido para ordenar el tema de la muerte y el momento de la vida en que me encuentro; por eso a veces la Paula marcha y entra más la Marta reflexiva… Quería verosimilitud y eso en parte solo se consigue si eres tú misma…”. Y por si pudiera dar a entender lo contrario, matiza rauda: “En cualquier caso, no es autobiográfica: no tengo la templanza vital para escribir sobre nuestra historia y su muerte y también por respeto a él: no le hubiera gustado”.

La tristeza no se acepta; la gente se ve como volcada a estirarte hacia esa presunta normalidad que has perdido, te has de reponer ya: los psicólogos te medican a la primera para que no lo pases mal...

“La muerte manda a la vida y nunca al revés”, sostiene Paula en una novela que parece destilar que no hay posibilidad de rehacer una vida lacerada hasta tal punto. “Pues creo haber dado una imagen distinta con un final luminoso: que el dolor no marcha, que se transforma, que has de dejar que exista y sea y mute; en mi caso, tener hijos te hace tirar adelante ni que sea por ellos; en Paula es, por ejemplo, querer cerrar bien las relaciones con su padre”. Y da una vuelta de tuerca, como siempre hace su protagonista: “Con la muerte aprendes a descartar rápidamente las tonterías de la vida, pero junto a ello queda que, de repente, todo es una amenaza, ese paso de la muerte te ha dejado el poso de estar como en alerta permanente; el miedo me puede, pero has de pensar que la vida se rehará, sí o sí”.

Otro aprendizaje de Paula (o de Marta) es que “no hay atajos para evitar el dolor de la muerte”, se dice en el libro. ¿La acepta mejor la sociedad ahora que hace 50 años? “Hoy estamos menos entrenados que nunca ante la muerte, y de una manera exagerada: la tristeza no se acepta, la gente se ve como volcada a estirarte hacia esa presunta normalidad que has perdido, te has de reponer ya: los psicólogos te medican a la primera para que no lo pases mal; la gente no ve que la tristeza es tu espacio, un estado reconfortante porque, aunque te pueda hacer daño, es el único enlace que te queda con según qué; esta necesidad de mostrarnos en sociedad y en las redes tan felices es brutal”.

Dejo de leer a Rodoreda y a Salter unos meses antes de escribir para que su estilo no me influya

El confort, la tranquilidad doméstica y profesional que transmitían los protagonistas de Anatomia… distan mucho de la situación de Paula. “Los relatos eran más un retrato generacional, un diccionario de las emociones, una oda a la cotidianeidad, mientras que aquí domina la pérdida, aunque quizá los una un tono íntimo que yo aprecio literariamente”. Quizá Paula sea un personaje que podría protagonizar alguna obra de la irlandesa Edna O’Brien, de quien Orriols se ha encargado de la edición de una antología de sus cuentos, Objeto de amor. “Sus personajes están muy perdidos, a punto de caer, los deja aislados en sus conflictos; y aun así, la elegancia y sensualidad de O’Brien está siempre; mi Paula tiene la mirada de los otros, que le dan la posibilidad de reconstruirse y salir del paréntesis en el que está encerrada”.

Más cercana se ve de Mercè Rodoreda, de la que tiene un deje en esas reflexiones de corte intimista (“con ella supe que se puede abordar todo eso con la escritura, pero siempre tocando con los pies en el suelo”) o de James Salter (“su descripción e introducción de personajes es genial”). Tanto le gustan que “cuando escribo, debo parar de leerlos unos meses antes para que no me influyan sus estilos”. Pero Orriols no es ajena al mundo del cine (estudió escritura de guiones) y no le cuesta citar las propuestas de Mar Coll. Y hasta le parece que Paula “tiene algo de mujer Almodóvar: valientes, apasionadas, a las que les pasan cosas… En cualquier caso, escribo pensando en dejar espacio al lector para interpretar”. Y, en este caso, también dejárselo a la propia autora.

Escribir… sólo si te traducen

Marta Orriols escribe, aunque el resultado en forma y fondo la desmienta, “inicialmente a chorro… Pero es que luego reescribo mucho”, deshace la posible contradicción. Lo hace solo por las mañanas, tras dejar a sus hijos en la escuela, porque “las tardes son para ellos”. Lo que queda depurado en el papel lo recita en voz alta “para detectar la musicalidad, el ritmo”. Ocasionalmente lectora para editoriales, ahora podrá dedicarse a las letras más tranquilamente, al menos durante un año, el plazo que ha ganado tras vender los derechos de Aprendre a parlar amb les plantes al francés, alemán, holandés, hebreo, italiano y castellano, esta última traducción realizada por ella misma (“entré a un nivel lingüístico tan profundo que, al final, me llevó a retocar expresiones del original catalán”). ¿Puede ya Orriols plantearse vivir de manera estable de la literatura? “Difícil, es tan brutal la diferencia que se paga en el extranjero en relación a lo que se percibe aquí…”.

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