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ANÁLISIS i

Regreso al 1-O, mirando al futuro

El independentismo tiene que abandonar la fantasía que presenta aquella jornada histórica como fuente de legitimidad para la construcción unilateral de la República

Llega el primer aniversario del 1 de Octubre con un ambiente bien distinto del del año pasado. Si entonces dominaba la incertidumbre sobre qué y cómo iba a ocurrir y hasta qué punto podía llegar la tensión y el enfrentamiento, ahora, aunque en el escenario predomine una cierta sensación de impasse, de estabilización de la anormalidad, son evidentes las señales de apaciguamiento.

La apuesta por la vía unilateral decae, la voluntad de no desbordar la legalidad se hace evidente con los equilibrios parlamentarios para torear la suspensión de los diputados procesados o con la expulsión, vía mossos, de la acampada independentista de la plaza Sant Jaume. Los partidos soberanistas van recuperando autonomía y perfil propio, el PDeCAT se queda sólo en la apuesta unitaria por La Crida, y, aunque se mantenga como envoltorio la grandilocuencia de los mensajes resistencialistas, todos, excepto la CUP, se van alineando en la asunción de la vía institucional y en el paso paulatino de la estrategia de las citas decisivas (momentum) a la carrera de fondo, de acumulación de capital electoral y ampliación de alianzas, hasta sumar suficientemente como para que, en palabras de Oriol Junqueras, “el referéndum que ahora parece imposible sea inevitable”.

Las incógnitas sobre una posible nueva escalada de la tensión vienen más bien de Madrid: el desenlace del juicio contra los presos independentistas y la agresividad verbal permanente tanto del PP como de Ciudadanos, ambos enamorados del artículo 155 que parece ser su único proyecto para Cataluña, metidos en la pelea por la hegemonía en la derecha y por el acoso y derribo al gobierno socialista.

Nadie ha dimitido por el fracaso de no encontrar las urnas. Al revés: han sido condecorados  quienes fueron ejecutores de la frustración del Gobierno"

El 1 de Octubre tiene un lugar para siempre en el retablo de las hazañas del independentismo. Pero éste llegó allí al límite de sus fuerzas. La torpeza en la respuesta represiva del gobierno español añadió un plus heroico que elevó el acontecimiento al nivel de icono. Y dos días más tarde, la aparición del Rey Felipe VI suplantando al presidente del gobierno para convocar a España contra el independentismo, transmitió una inesperada sensación de vulnerabilidad del Estado. Hay un precedente: el Rey Juan Carlos I había ocupado el vacío dejado por el presidente del gobierno, pero aquel día Suárez estaba secuestrado en el Congreso de los Diputados.

El independentismo tiene que abandonar la fantasía que presenta aquella jornada histórica como fuente de legitimidad para la construcción unilateral de la República, como se ha venido proclamando, aunque cada vez con la boca más pequeña. Ni el referéndum reunía las condiciones para ser reconocido internacionalmente, ni las cifras que se dieron eran suficientes. Aquella fecha señala la fuerza y los límites del independentismo catalán. Nunca había llegado tan alto. Pero no alcanzaba para dar el salto definitivo: ni en votos, ni en instrumentos de poder.

Desde las instituciones españolas se debería reflexionar sobre la incapacidad del gobierno del PP de afrontar el problema políticamente. Como escribe Odo Maquard, “el político racional es el que evita el estado de excepción”. La subrogación de responsabilidades en los jueces y la aplicación del 155 permitieron al gobierno cantar victoria, pero era está muy pírrica. El día después, el independentismo seguía ahí. Sólo por vías políticas se podrá evitar que todo acabe en daños irreparables para la democracia española.

Los conflictos políticos planteados en términos de amigo y enemigo tienen un efecto letal sobre las instituciones. Contra el enemigo todo está permitido, y el control y crítica del poder se desdibuja. Los hechos del 1 de Octubre, demostraron una incompetencia clamorosa de los servicios de información del gobierno. Para ridículo del presidente que había dicho que el referéndum no se celebraría en cualquier caso. Desmantelado el montaje oficial, dieron el asunto por terminado. Y los aparatos del Estado fueron incapaces de descubrir la estructura paralela por la que pasaron las urnas hasta llegar a los colegios. Nadie ha investigado este fracaso, ningún responsable ha dimitido. Al revés: han sido condecorados quienes fueron los ejecutores de la frustración del gobierno cuando vio que había urnas y miles de personas votando. Un año después queda mucho que contar y mucho que aprender de aquel triunfo simbólico del soberanismo, reforzado por la incompetencia del Estado. Me gustaría pensar que poco a poco se irá tomando conciencia de que el tiempo de no hacer política se está agotando.