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‘President Tuit Torra’

En los pasillos, la gente juega a saber cuánto durará la legislatura y ni el más flipado va más allá de un año y medio

quim torra
Quim Torra, después de ser nombrado presidente de la Generalitat, este lunes.

Quim Torra no es el primer presidente de la Generalitat del que apenas sabe nada su ciudadanía (toda su ciudadanía, un detalle que parece obvio, pero que a raíz de lo que se está comentando, de momento, conviene aclarar). Sin embargo, ese “apenas”, en Quim Torra, pesa como un bloque de cemento, o como el mástil de 17 metros y 14 centímetros que aguanta la senyera del Born (izada cuando él presidía el centro cultural). Ese “apenas” son los tuits y artículos de independentismo agresivo y menosprecio a los españoles (a todos los españoles, de Bertín Osborne a Amaia de Eurovisión, de Franco a García Lorca) que fue publicando mientras solo era un activista cultural presionando al catalanismo desde la derecha independentista.

Como quien se confiesa antes de la Primera Comunión, Torra aprovechó el discurso de investidura para hacer lo que se llama un Juan Carlos, es decir: “Lo siento mucho, me arrepiento, no volverá a ocurrir”. Pero del mismo modo que el Emérito no logró que olvidáramos al elefante tiroteado, Torra no logró evitar otro repaso a sus lindezas antiespañolas —y anti todo lo que en Cataluña no tenga sello de pureza indepe—. Al contrario, desencadenó un vivo debate sobre la Cataluña plural y diversa que implicó a todos los grupos, y generó alguna delicatessen parlamentaria impagable, como la de Xavier Domènech (En Comú Podem) citando con elogios a Joan Tardà (ERC) y aplaudido por En Comú y por el PSC… pero no por ERC. El parlamentarismo tiene sus protocolos, y al rival no se le aplaude aunque juegue en tu terreno.

La verdad es que Esquerra anda agobiada por haber tenido que apoyar a Torra, que, además, fue de Reagrupament, la escisión que les salió por la derecha durante el tripartito. Por eso su portavoz Sergi Sabrià salió a la tribuna y casi sin respirar ni beber agua largó un discurso de izquierda integradora. Con la boca decía “ERC es garantía de la diversidad”, “somos un pueblo de pueblos”, mientras su mirada aseguraba: “Sí, nos hemos tragado a un sospechoso de xenofobia, pero mejor eso que elecciones, ¿no? ¿No?” Al preguntarles por la nueva etapa, hay dirigentes de Esquerra que tuercen el gesto y, como mal menor, hablan de “incertidumbre”. Cruel paradoja, los republicanos asumen la mayor parte del presupuesto en el nuevo Govern y aun así no se les ve eufóricos, sino agobiados como padre de adolescente. Nada que ver con el Junqueras de 2015 ni, sobre todo, con el Carod de 2003.

Tal vez les amargue esa idea extendida de provisionalidad. En los pasillos, la gente juega a saber cuánto durará la legislatura y ni el más flipado va más allá de un año y medio. La duda está entre tres fechas: una simbólica —octubre, a un año del referéndum y la DUI—; una combativa —el final del juicio al Govern Puigdemont, tal vez en marzo, con el electorado enardecido—; y una tercera aprovechategui —coincidiendo con las municipales, a ver si mezclándolo todo logran cargarse a Ada Colau, objetivo en el que coinciden indepes y unionistas.

Eso sí, está claro que en la Era Torra habrá empacho de citas históricas. Los diputados ya se han lanzado a la cabeza a Tarradellas, Josep Irla, El Noi del Sucre, Francesc Cambó y Arare, una niña de dibujos animados Manga. Y el candidato proclamó su pasión por Lluís Nicolau d’Olwer, político catalanista y republicano de centro. D’Olwer, por cierto, fue uno de los tres ministros del Gobierno de España que vinieron a Barcelona el 17 de abril de 1931 a convencer a Francesc Macià de que renunciara a la República catalana y aceptara la Generalitat y un estatuto de autonomía.