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Un gran Lope de Vega con disfraz napolitano

El divertido y lujoso montaje de El perro del hortelano dirigido por Helena Pimenta triunfa en el TNC

Un momento de la representación de 'El perro del hortelano' en el TNC.
Un momento de la representación de 'El perro del hortelano' en el TNC.

Si ver un clásico de Lope de Vega en el Teatre Nacional de Catalunya (TNC) siempre es grato, la dicha aumenta cuando se trata de El perro del hortelano, una de sus obras mayores: oír y ver cómo dicen y matizan el verso los actores en la nueva producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico dirigida por Helena Pimenta es un placer de dioses. Hay frescura, gracia y fluidez en un montaje de fina arquitectura teatral, ritmo acelerado y giros divertidos que, en la versión de Álvaro Tato, atrapa y muestra al espectador el genio de Lope y su sorprendente modernidad.

Todo funciona con la precisión de un mecanismo de relojería en este lujoso montaje bendecido por el éxito de público desde su estreno en la temporada 2016/17 en el Teatro de la Comedia de Madrid; tras una extensa gira por los principales escenarios españoles, llega bien rodado al TNC, donde permanecerá en cartel hasta el próximo 7 de enero.

El perro del hortelano

De Lope de Vega. Versión: Álvaro Tato. Marta Poveda, Rafa Castejón, Joaquín Notario, Natalia Huarte, Pedro Almagro, Paco Rojas, Nuria Gallardo, Alba Enríquez. Directora de escena: Helena Pimenta. Producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Teatro Nacional de Catalunya (TNC).
Barcelona, 14 de diciembre.

Pimenta sitúa la acción en el Nápoles del tardío settecento, el más operístico, y hay guiños líricos en una lectura teatral de tempi cambiantes y romantizante ambientación musical. A veces chirría el repertorio escogido -piezas de Bach a Piazzola, pasando por Beethoven, Mendelsshon, Schubert y las canciones napolitanas de Tosti, interpretadas por la pianista Olesya Tutova- pero se crean apuntes poéticos muy bellos, en especial cuando suena el piano de Schubert, pura confesión de amores infelices.

No oculta Pimenta en su juego teatral la elegante y perversa huella de Marivaux, o el trazo seguro en el perfil de los personajes de Strehler. Lo permite el genio visionario y adelantado a su tiempo de Lope, feroz en la crítica de una sociedad lastrada por las barreras sociales y la hipocresía de una sociedad que ahoga los ardientes deseos de la condesa Diana, -que ni come ni deja comer, cual perro del hortelano-, al ver en brazos de la criada Marcela al hombre que desea, Doroteo, su humilde secretario, un trepa en busca de ascenso social.

Todo podía acabar en tragedia, pues los pretendientes de Diana, condesa de Belflor, el conde Federico y el marqués Ricardo llegan a encargar el asesinato de Teodoro, pero en este juego sin inocentes, en el que afloran las turbulencias eróticas y el peor arribismo, gana la comedia gracias al ingenio de Tristan, que hace triunfar las pasiones sin quebrar el orden social.

Al frente de un gran reparto, Marta Poveda es una Diana torrencial, un ciclón que esconde su lado más vulnerable con la autoridad de su rango; Rafa Castejón esculpe el papel de Doroteo con dominio del oficio y admirable control al mostrar las diversas caras del papel sin caer en excesos.

Arrollador Tristán, pícaro de manual, de Joaquín Notario, y con luz propia y desparpajo la Marcela de Natalia Huarte. Se disfruta la vis cómica y las buenas tablas de Fernando Conde, que saca petróleo del papel del viejo conde Ludovico. Hay, sin embargo, excesos de dirección en el trazo, algo grueso, de los nobles y las criadas, bien servidos por Pedro Almagro, Paco Rojas, Alba Enríquez y Nuria Gallardo, hilarante Anarda que se mete al público en el bolsillo.