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El otoño del tejón

Una historia de amistad que acaba misteriosamente junto a una lámpara en una tienda de segunda mano

El tejón disecado que forma parte de una vieja lámpara, en una tienda de Barcelona.
El tejón disecado que forma parte de una vieja lámpara, en una tienda de Barcelona.

Ya me gustaría a mí tener unas vacas en la memoria como las de Ramón Besa, y esas maravillosas rebanadas de pan con nata, ¡ñam!, pura madalena proustiana de la mejor pluma de Perafita. Pero en casa lo único equiparable que hemos tenido, como animal de familia, era el caimán que nos dejó en depósito tío Armando, y a ese (al reptil quiero decir, claro) no había guapo que lo ordeñara. De hecho ni siquiera supimos nunca en realidad si se trataba de una hembra o un macho: una vaca se ve enseguida, pero sexar un cocodrilo es tarea compleja. De haber sido una hembra, por supuesto, tampoco hubiéramos tenido leche, ni nata: no está en la adusta naturaleza de los saurios producirlas; pero a lo mejor nos habríamos comido los huevos; a mi abuelo le encantaban los de tortuga y loaba su sabor, que le recordaba el trópico y los días felices en Maracaibo.

Volviendo a las vacas y a Ramón —y a mí—, todos, ganado y redactores, compartimos habitualmente la región de Osona, aunque en sectores bastante separados; lo que no quita que acudiéramos —bueno, las vacas no sé— a la discoteca Danatela de Torelló, que está más o menos en medio.

Yo veraneo desde niño en Viladrau, en el Montseny, y mis recuerdos tienen menos que ver con la vida rural que con la afición desde muy temprano al naturalismo, que, hay que convenir, es como más pijo. He sido inconstante, lo confieso, con los animales, pasando por las serpientes, las aves, los zorros, los anfibios, las mariposas o los murciélagos, sin acabar de consolidar una verdadera amistad. Hasta llegar al tejón de este otoño. El tejón vendría a ser mi vaca.

Entre las particularidades de los tejones están el que pueden decidir cuándo llevar adelante los embarazos (ellas), y que tienen un hueso en el pene (ellos, efectivamente).

A diferencia de la vaca, el tejón (meles meles), un mustélido, es un animal discreto. Una vaca la ves sin dificultad, al tejón no. El tejón, bajo, macizo y secreto, es una criatura salvaje y de hábitos crepusculares y nocturnos que pasa la mayor parte de su tiempo en inmensas madrigueras que ríete tú de los túneles del Ejército Imperial japonés de Kuribayashi en Iwo Jima. Son tan extensas sus galerías que han llegado a amenazar la estabilidad de carreteras y hasta de pistas de aereopuerto. De hecho causaron un serio problema a la base militar de Shabury, donde completaban la instrucción los príncipes William y Harry, construyéndose una mansión enorme los bichos bajo la zona de aterrizaje de los helicópteros y los Harrier.

Entre las particularidades de los tejones están el que pueden decidir cuándo llevar adelante los embarazos (ellas) —”implantación retrasada” o “gestación diferida”—, y que tienen un hueso en el pene (ellos, efectivamente). Se trata del famoso baculum, del que los machos humanos, ay, carecemos y que asegura que no te vas a venir abajo en ninguna situación. Del interés existencial de este extremo (!) da fe que lo mencione Kierkegaard.

Tejones, la verdad, había conocido antes muchos, pero desafortunadamente (sobre todo para ellos) muertos. Encontré hace años uno atropellado, cerca de Mas Vidal, y tras asegurarme con un palo de que realmente la había espichado y no fingía —los tejones estresados, y qué más estrés que el que te atropellen, muerden— , lo arrastré fuera de la carretera y lo oculté con unas ramas a fin de estudiar el cuerpo más adelante, con detenimiento. Luego pasa lo que pasa, que no tienes tiempo para nada, y has de ir contemporizando con la agenda, y cuando te das cuenta han pasado los meses, y hasta un año. Así que al regresar a la tumba, el tejón estaba hecho unos zorros y solo pude amontonar sus huesos (no hallé el baculum, lo tendría pequeño) y llevarme el cráneo que descansó en mi mesita de noche sobre una pila de libros, hasta que un día desapareció.

El tejón lámpara, en la tienda.
El tejón lámpara, en la tienda.

Otro tejón notable muerto en mi vida fue el que encontré en Grecia yendo a la búsqueda de la tumba de Aristóteles. De ese no pude llevarme ningún trozo (una pata, que da buena suerte, o el pellejo, con el que se hacen los sporran de sus faldas el 93 º de Highlanders y el 91º Argyllshire).

Fue a finales de este septiembre cuando una tarde que observaba melancólico la puesta de sol en los campos de Can Batllic vi aparecer a mi tejón de otoño. Surgió de la espesura en el linde de los cultivos y se dirigió bamboleante hasta el pie de una enorme higuera, donde se dedicó a darse un festín con sus frutos (son omnívoros y hasta carroñeros; se les atribuye comerse alguna oveja). No es raro que no me viera, porque son cegatos; más raro es que no me oliera, pero es que yo me había estado arrastrando por la hierba en plan comando para ver si sorprendía a las ranas de la balsa y al pasar sobre unas bostas de jabalí, me había impregnado de su olor. Estuve largo rato mirando al precioso animal, hasta que se hizo oscuro y dejé de ver las conspicuas listas blancas y negras de su cabeza.

Regresé varias veces y el tejón acudió regularmente a la cita. Me estiraba en la hierba, él aparecía en busca de sus higos y yo leía fragmentos de Todo lo bueno es libre y salvaje (Errata naturae, 2017) sintíendome uno en comunión con el tejón, la naturaleza y Thoreau (“Siento que mi vida es muy sencilla y mis placeres muy baratos”). En algún momento el mustélido levantaba la cabeza y parecía mirar hacia mí con su ojillos Mister Magoo y yo quería creer que era consciente de mi presencia y la aceptaba: una suerte de amistad, sí.

Ron Davies, secretario de Estado para Gales,  adujo en 2003 haber estado observando tejones para encubrir sus encuentros ilícitos de sexo gay.

En casa aceptaron mis ausencias como una de mis excentricidades, no sin dejar de recordar con sorna el caso de Ron Davies, secretario de Estado para Gales, que en 2003 adujo haber estado observando tejones para encubrir sus encuentros ilícitos de sexo gay. Pero yo, a lo mío; lo aprendí todo sobre los tejones, gracias a libros como Badger behaviour conservation & rehabilitation (Pelagic Publishing, 2011), de George E, Pearce, otro amante de los tejones, que ha dedicado 70 años a estudiarlos y ¡ha conseguido ganarse la vida con ellos!, convirtiéndose en badger consultant. Y es que en Gran Bretaña los tejones están tan estrictamente protegidos (Protection of Badgers Act 1992, consguida por la notable Coalición Tejona), que no solo no puedes matarlos sino ni siquiera molestarlos un poquito. Es delito incluso perturbar una tejonera aunque viva un zorro. Así, se ha convertido en profesión mediar, como hace Pearce, en los conflictos entre los tejones y la gente.

Pasaron los días y el tejón dejó de aparecer, y eso que yo había empezado a dejarle algunos obsequios, lombrices machacadas (su alimento preferido), comida para perros (les encanta), un manojo de paja para su cubículo... Al principio lo atribuí a que yo había quebrado las normas llevando a mi amigo Evelio, al que normalmente le cuesta revolcarse en heces de jabalí, para presumir de tejón.

Y entonces, unas semanas después, tuve un encuentro terrible. Comparable al del coronel Taylor (Charlton Heston) de El planeta de los simios con su colega negro Dodge disecado en el museo de Ape City. Entré en una tienda de objetos de segunda mano en la calle de Ramalleres y me di de bruces con una lámpara cuyo pie era ¡un tejón taxidermizado! Retrocedí un paso con espanto (no sin echarle un vistazo al precio: 260 euros) porque el animal tenía la misma mirada (quizá un poco más vidriosa) que mi tejón. Estaba alzado sobre las patas traseras y aguantaba entre las garras de las de delante el pie de la lámpara. Me embargó un horror cósmico. Sé que no hay ninguna posibilidad de que el tejón de la vieja lámpara sea el mío, pero ahora acudo a verlo a menudo y tras acariciarlo me agacho y le susurro palabras cariñosas; le hablo de nuestros campos y dejo a sus pies un puñado de higos, mientras ahorro para llevarlo, un día, a casa.