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La promesa gitana

El Petitet cumplió con su madre y llevó la rumba al Liceo

El Petitet, en el Liceu.
El Petitet, en el Liceu.

Nos hablan tanto de lo lejano que perdemos de vista lo cercano. Nos abruman con el sueño americano, pero ¿qué hay del sueño gitano? Está tan cerca y resulta tan tangible que en la noche del martes se encarnó en el Liceo, donde un gitano del Raval barcelonés, hijo de un palmero de Peret, con abundante cuerpo y sobrenombre irónico, Petitet, hizo realidad su sueño, llevar la rumba con ropajes sinfónicos a un recinto tan peripuesto, burgués y estirado como el teatro lírico de las Ramblas. Se lo había prometido a su madre en una de esas promesas que a veces se hacen con la boca caliente ante la próxima frialdad de la muerte, pero esta vez, ya con la madre ausente, el Petitet cumplió. No cuenta tanto el balance artístico de una noche irregular como que alguien que no es nadie lograse tejer una trama de complicidades que llenó el Liceo para contemplar cómo una promesa se cumplía en lo que a la postre resultó un canto al tesón y a la amistad.

Carles Bosch, el documentalista de “Balseros” y “Bicicleta, cuchara, manzana”, estaba allí, grabando junto con Ángel Leiro el concierto que remata el documental que explicará esta odisea gitana bajo el nombre de Rumba pa’ ti. “Me sentí atrapado por lo que de lucha contra la adversidad tenía marcarse un objetivo imposible, por lo que significa esta lucha de superación personal y de dignificación de la música de su gente, la rumba de los gitanos”, decía justo al acabar el concierto, dos horas y media de sonrisas y lágrimas grabadas con doce cámaras. De cómo se ha conseguido la financiación a través de mecenazgos diminutos, de complicidades con el Liceo y con el distrito de Ciutat Vella, con gitanos y payos venidos de aquí y de allá para mezclarse, se podría escribir un libro tan largo como la historia de ese pueblo llegado a Cataluña hace más de 600 años. Y por si faltasen argumentos en la trama, Petitet padece miastenia, una enfermedad degenerativa que debilita los músculos. Por eso allí estaban las enfermeras que han cuidado al que fuera percusionista de Gato Pérez así como su doctora, una de las muchas personas que subió al escenario para agradecer que con el concierto también se recaudaban fondos para luchar contra esta enfermedad. La ficción es una copia trapacera de la realidad.

Y todo fue un delicioso caos de idas y venidas, parlamentos tautológicos, invitados y familiares, nombres rutilantes y anónimos batidos por la rumba, una rumba vestida de etiqueta. Que si la tía Pepi y Joan Albert Amargós, que si la suegra del Petitet bailando en platea y Carles Benavent, que si la Nuri, la mujer del protagonista y Kitflus, que si las Rumis, las vocalistas de Peret, rebautizadas por Petitet como las Reumis por aquello de las articulaciones y Chicuelo, y Yumitus, y Jack Tarradellas y El Choco, La bien pagá y El Granaíno… en fin, un carrusel que Carles Bosch definía con una aseveración que le hizo Joan Albert Amargós: “aquí hay mucha alma”. Y mucho cuerpo, el del Petitet en su noche, dirigiendo una orquesta sin saber hacerlo, hablando de sí mismo como lo haría de un traje que el comprador no puede rechazar, chapoteando feliz en aquella charca de amistades unidas en torno a él, feliz como un gitano en una juerga. Cerró con una aseveración elemental dirigida a su público: “sois los mejores del Liceo”. Era verdad. Especialmente para él, que hasta el martes no era casi nadie. Ahora es el hijo que ha cumplido con su madre. Un gitano feliz.