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Postales desde el paraíso

Jordi Puig recopila en un libro 600 multicolores tarjetas de la Costa Brava editadas entre 1960 y 1970 para ‘vender’ a los turistas sus excelencias y su modernidad

'El alfarero' de Rosas, de 1964 y 'Vista parcial de la playa' de Llafranc, a la derecha, de 1968.
'El alfarero' de Rosas, de 1964 y 'Vista parcial de la playa' de Llafranc, a la derecha, de 1968.

El escritor Luis Romero, que se instaló a vivir en Cadaqués en 1952 un año después de recibir el Premio Nadal por su novela La Noria, describía esta localidad como un lugar remoto por las dificultades en la comunicación, además de arruinado que todavía no había superado los efectos de la Guerra Civil. Según Romero, en esas fechas en la localidad no había ni un solo coche, ni siquiera un taxi y el único medio de comunicación con el exterior era un desvencijado autocar que llevaba a los viajeros a Figueres y regresaba a la hora de comer. Algo se había prosperado, de todas formas, desde que la serpenteante ruta que une Figueres y Cadaqués se realizaba en tartana y se tardaba más de nueve horas. El mundo del que habla Romero es el anterior al boom del turismo que hizo que Cadaqués y las localidades costeras de Gerona (unas más que otras) dejaran atrás su pasado, se modernizaran, se abrieran al exterior y vivieran un enorme y voraz desarrollo urbanístico. Fue poco después, en la década de los sesenta y setenta y llenó el litoral de enormes edificios que fueron engullendo a las casas encaladas de los pescadores locales.

Dalí y su cisne, casi inéditos

Dalí y su cisne disecado.
Dalí y su cisne disecado.

Una de las aportaciones del libro de Puig es la reproducción de 12 postales de Dalí, el pintor que vivía en Portlligat parte del año, que editó en 1964 José Quincoces a partir de una imágenes del fotógrafo Jacques Léonard.

El empresario de Granollers tenía un negocio de importación de artesanía, con relaciones asiáticas, sobre todo con japoneses, y quiso rentabilizar la exposición del pintor que se iba a celebrar en Tokio en ese año. Solo, pintando Galacidalacidesoxyribonucleicacid, su admiración por el ADN, con Gala, uno de sus cisnes disecados y tuneado o entre medio de las rocas de Cap de Creus; pese a la calidad de las fotografías el negocio no funcionó y las imágenes pasaron casi desapercibidas, hasta ahora.

El libro Costa Brava, 1960's-1970's. Postales (Ursula Llibres), ilustra el proceso de transformación de esta zona denominada Costa Brava desde que acuñara el término Ferran Agulló en 1908 pero que se oficializó en 1965. Y lo hace a partir de 600 postales a todo color de la colección de 8.000 del fotógrafo y artista Jordi Puig (Cerdanyola del Vallès, 1963); unos elementos denostados por resaltar el tipismo, lo kitsch y lo chabacano, pero que visualizan el cambio y la transformación vivida en este paraíso a lo largo de los años, pero que el tiempo ha convertido en documento gráfico y, por qué no, en elementos sociológicos y antropológicos de primer orden. Las postales muestran lo que se considera representativo y destacable, aunque no siempre es genuino, sino que busca la identificación del extranjero y recrean imaginarios inventados.

Poner orden en este universo de imágenes no ha tenido que ser fácil. Puig lo ha hecho de forma que el lector puede realizar un recorrido a partir de criterios que va de más a menos: desde las infraestructuras que permiten la llegada por tierra y por aire, con las nuevas y modernas autopistas y aeropuertos, presentados como signos de modernidad, como los enormes bloques de apartamentos, hoteles y apartamentos y las nuevas urbanizaciones que, la mayoría, eran fruto de la especulación urbanística más grosera; hasta los individuos, en colectividad, pareja o solos, viviendo en estos lugares cada vez menos paradisíacos.

El libro cuenta con dos breves textos, un prólogo de Enric Marín y una introducción de Helena Tatay y una seria de frases entresacadas de la prensa vinculados con la actualidad turística. Pero no hacen falta muchas explicaciones. Las postales, no tan inocentes como parecen, permiten ver la evolución de las costas y de las costumbres tras la llegada masiva del turismo, en la que, a diferencia de ahora, las playas masificadas se veían como signo positivo y de apertura del exterior, en una España cerrada por el régimen franquista.

Las imágenes venden sol y playa, toros, flamenco, fútbol y gastronomía (sangría, paella y tortilla) pero también sardanas y barretinas y elementos del pasado que se cuelan, como los burros llenos de cerámica que venden botijos a los turistas o las mujeres que remiendan las redes mientras sus maridos venden el pescado directamente sobre el suelo.

Hotel en Ampuriabrava, en 1974.
Hotel en Ampuriabrava, en 1974.

Las postales, reunidas según cada uno de los temas y criterios permite ver la evolución del parque automovilístico, la disminución de la ropa en los trajes de baño, desde la pieza única hasta los provocadores biquinis, o la diversidad de tipología de hoteles (rascacielos en L'Escala, casas adosadas en Empuriabrava, apartamentos de lujo en el Cap sa Sal de Begur) y del mobiliario interior, como el del Salón-Bar del Hotel Costa Brava de Tossa de Mar decorado con las icónicas lámparas Disa de Coderch que también fue motivo de interés de los fotógrafos.

El autor realiza un listado completo de los más de 60 fotógrafos y marcas y dedica un capítulo al diseño gráfico de las postales y a los efectos ópticos que se emplearon para eliminar nubes, colocar chicas ligeras de ropa en los sitios más inverosímiles o elementos pintorescos sobre los originales.