Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Una leyenda contando historias

El concierto de Kris Kristofferson en Jardins de Pedralbes, un peregrinaje para rendir culto

Kris Kristofferson en el concierto del Fetsival Jardins de Pedralbes
Kris Kristofferson en el concierto del Fetsival Jardins de PedralbesFrank Díaz

La del lunes no fue una actuación más del festival Jardins de Pedralbes. Ni siquiera podríamos decir que fue una actuación “normal”. Fue más bien un acto de fe. Una peregrinación para rendir culto a una leyenda y festejar su apoteósica carrera, en realidad los recuerdos de cada uno de los presentes, más que para disfrutar de su música en tiempo presente.

Kris Kristofferson es una auténtica leyenda de la música popular, indiscutible. A sus ochenta y un años sigue manteniendo su eterna sonrisa de seductor duro pero tierno, su pose de fuera de la ley a medio camino entre cowboy y camionero y su capacidad para seducir al personal sin apenas medios. Sin duda es eso lo que se espera de una leyenda. Además, como leyendas de las de verdad ya quedan pocas su sola aparición sobre un escenario es como un acto milagroso ante el que postrarse. Cantar, ya cantan otros. Tocar la guitarra, también lo hace muchos otros. Pero Kris Kristofferson solo hay uno y todavía se le puede ver, oír e incluso tocar, venerar.

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Y Kristofferson ejerció de leyenda. Solo, sin ningún acompañamiento, simplemente su guitarra y esporádicamente una armónica. Tejanos desgastados, camiseta negra, camisa desaliñada, un águila colgando del cuello, barba y melena blancas como un contraste monacal, sonrisa inalterable y mirada aparentemente perdida pero clavada constantemente en el enorme teleprompter a sus pies. Si su voz siempre había sido ronca y penetrante ahora es prácticamente inexistente, gutural, y su habilidad con la guitarra simplemente nula. Pero su presencia llena el escenario completamente. Kris Kristofferson ya no canta pero cuenta historias cotidianas con una sensibilidad increíble, cercana, y rápidamente todos los peros desaparecen.

En Pedralbes el tejano comenzó hurgando en su pasado y casi inmediatamente apareció Me and Bobby McGee a la que seguirían un puñado de viejas canciones que, despojadas de su envoltorio musical, sonaron distintas, sencillamente entrañables. No faltaron Jody and the kid, Sunday Mornin’ Comin’ Down, For the Good Times, Why me o Help me make it through the night e incluyó una canción de Bob Dylan que ya había grabado hace treinta años They killed him. Un abanico de melodías potentes, casi todas de la década de 1970, dichas con una convicción desarmante. Habló poco, sonrió mucho y dio las gracias una vez tras otra.

Probablemente no fue un concierto en sentido estricto sino un acto comunicativo preñado de sensibilidad en el que se dijeron cosas de gran belleza que, además, no se quedan en la cáscara e inducen a pensar. No fue casual que cerrara la noche una canción que había cantado con Rita Coolidge cuando eran pareja Please don’t tell me how the story ends: “Esta podría ser nuestra última buena noche juntos... solo déjame disfrutar hasta que acabe, o para siempre”

 

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