Tradición viva con la Filarmónica de San Petersburgo

La española Leticia Moreno, violín bajo la batuta de Yuri Temirkanov

Pasan los años y surgen nuevas modas, pero lo que no cambia en el mundo clásico es el valor de la tradición cuando esa tradición se mantiene viva con energía. Hacen falta muchas décadas de experiencia, disciplina y profundo conocimiento de las partituras para lograr una versión tan emocionante de la Sinfonia núm. 6. Patética de Chaikovski como la que Yuri Temirkanov dirigió el martes en el Palau al frente de la legendaria Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. A ese triunfo de la tradición se sumó la violinista española Leticia Moreno con una enérgica y brillante versión del Concierto núm. 1 en la menor, op. 99, de Dimitri Shostakóvich.

No da saltos en el podio, ni practica un exagerado baile gestual para impresionar al público. No lo necesita Yuri Temirkanov (Nálchik, 1938), fiel guardián de la tradición que ha convertido a la Filarmónica de San Petersburgo en una orquesta legendaria. Al contrario, en su arte la sobriedad en el gesto y la fidelidad a la partitura son valores irrenunciables con los que hace música a lo grande, sin trucos ni concesiones sentimentales.

La química entre Temirkanov y Leticia Moreno funciona muy bien. Lo demostraron en disco con una notable versión del primer concierto para violín de Shostakóvitch editada por Deutsche Grammophon. En directo la versión fue electrizante. No es sólo cuestión de temperamento, aplomo y virtuosismo técnico; lo más estimulante es la entrega y variedad de matices que ofrece la violinista madrileña, desde la atmósfera íntima del Nocturno inicial al endemoniado Scherzo; del sonido cálido y el lirismo de la Passacaglia a la espectacular cadenza que da paso a la trepidante, y muy rusa, Burlesque final.

No hubo ni un gramo de azúcar añadida en la Patética. Desde el sombrío inicio, con los diez soberbios contrabajos como motor de una narración sin fisuras, Chaikovski sonó sin aditamentos: metales poderosos, maderas de fino sonido, nunca empalagoso, cuerda densa y flexible. Pero lo más extraordinario en esta orquesta y en este director es que todo lo que hacen permite disfrutar mejor la maestría orquestadora y el impulso dramático del mejor Chaikovky.

Toda la versión, en un arco dramático mantenido con pulso firme, conduce al maravilloso Finale, un Adagio lamentoso que transmitió la tristeza infinita de una música sublime. El Palau estalló en aplausos y Temirkanov y la sensacional orquesta añadió un plus emotivo despidiendo la velada con el majestuoso Nimrod, de las Variaciones Enigma, de Elgar.

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