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El corazón de la rosa permanece intacto

Pese a los muchos añadidos, espontáneos, oportunistas y periféricos, el milagro de Sant Jordi conserva lo esencial

Un vendedor disfrazado de dragon prepara las rosas en una parada.
Un vendedor disfrazado de dragon prepara las rosas en una parada.

Es un hecho tan milagroso como la licuación de la sangre de san Genaro en Nápoles: Barcelona ha vuelto a llenarse de libros y de rosas, y de multitudes en pos de ambos. En estos tiempos en que todo se homogeniza y se pervierte, el corazón de la gran fiesta de Sant Jordi sigue intacto, conservando lo esencial de ese acto generoso de regalar a otros letras y flores. Tanto da que muchas de las casetas sean de iniciativas ajenas al espíritu original, con elogiable proliferación de lo solidario —familiares de enfermos de Alzheimer, plataforma de afectados por las hipotecas, lucha contra el maltrato animal—, que el intrusismo se haya vuelto endémico —gente que vende sus libros sobrantes o que han cortado la rosa en el jardín del vecino—, que lo político busque sobresalir en la jornada... La fiesta puede con todo, y bendito sea el santo por ello.

A ver si no es milagro que por un día el libro se convierta en objeto de veneración. Casi tan raro como ver a aquel tipo que los vendía en medio de la calle disfrazado de dragón fucsia o la mesita dispuesta en Laie para un vermú romántico entre Sant Jordi y su princesa, con el yelmo de él en una silla y el cucurucho de ella en la otra. Junto a la catedral, el grupo 1010 ways to buy without money entregaba libros a cambio de ... sangre, que te extraía un equipo móvil de Cruz Roja, al lado. Libros por sangre: hermosa y fáustica imagen.

El editor Daniel Fernández se puso un casco íbero y un grupo daba libros a cambio de sangre

La jornada deja para el álbum de la memoria otras grandes estampas: las habituales de multitudes bajo el sol radiante paseando entre los tenderetes, las de las librerías abarrotadas, las de las rosas que brotan en cada metro de asfalto. El editor Daniel Fernández, de Edhasa, que es además presidente de la federación de gremios de editores de España, apoyaba enfáticamente la firma de una de sus escritoras, Isabel García Trócoli, autora de Rubricatus, una buena novela histórica sobre los inicios de la ciudad de Barcino, tocado con un casco íbero de bronce abollado y cresta de crin de caballo y empuñando una espada. Le había prestado sus armas Arnau, de un grupo de reconstrucción histórica de Calafell. "Este día todos hacemos locuras, es como una gran verbena", decía feliz Fernández mientras veía crecer la cola ante García Trócoli y personal de la editorial reponía a toda velocidad libros para que la autora los firmara.

Cerca de allí, un debutante de excepción en lo de las firmas, el actor Lluís Homar, pestañeaba bajo el sol. "Primera vez y última, esto de escribir es mucho más complicado que actuar", bromeaba mientras dedicaba a una compradora sus recuerdos Ara comença tot, escrito en colaboración con Jordi Portals.

El editor Daniel Fernández, en la caseta de Edhasa, haciendo el íbero.
El editor Daniel Fernández, en la caseta de Edhasa, haciendo el íbero.

Fue de nuevo un día de alegría y locura para los libreros. Todos piensan lo mismo: iría bien que la gente comprara de manera más repartida a lo largo del año, pero por Dios que al menos no dejen de comprar hoy. En La Central, una Marta Ramoneda desbordada por la afluencia trataba de ordenar el tráfico de los que entraban en la librería y los que acudían ya a caja. Por un rato aquello fue un atasco completo. Fuera, un niño sentado en la calle con un libro de gran formato de la Guerra de las Galaxias ilustraba que este es un gran día también para los pequeños lectores, iniciático incluso: algunos recibían sus primeros libros en el carrito en el que los empujaban sus padres.

Bella jornada de encuentro de los autores con sus lectores y viceversa. No solo en las casetas, sino paseando y en los bares. ¿No era aquella sentada ante un café y tocada con una boina Madame Nielsen, la autora de El verano infinito? Ignacio Martínez de Pisón dedicaba su último libro tratando de asomarse al corazón de sus lectores. Le pidieron uno para una amiga de adolescencia  y alzó la mirada sorprendido. Conseguir algunas firmas era un martirio, pero ahí, parecen pensar algunos, está la gracia. También hay en la gran fiesta espacio para la decepción: "¿Cómo?, ¿qué no han venido Mario Vaquerizo y su suegra?". Tampoco están los muy solicitados Arturo Pérez Reverte y Juan Marsé.

La fiesta ha desbordado los límites de ella misma. Incluso al triángulo friki de la ciudad ha llegado la ola: y qué más lógico si allí, en lugares como Gigamesh se venera al dragón. "Lo siento señora, aquí solo tenemos naves espaciales, espadas y vampiros", le decía en la tienda a rebosar a una clienta equivocada de rumbo un dependiente barbudo con una camiseta que recomendaba leer Muerte de la luz, de George R. R. Martin, y no solo su Juego de tronos. También aquí se formaron colas para autores como Fanhunter Cels Piñol o Toni de la Torre en su avatar de Sheldon. A destacar la chica gótica que dudaba entre si llevarse las obras completas de Lovecraft o la edición anotada de Drácula, y la chapa sensacional que lucía un joven: "Vota Cthulhu, ¿por qué escoger un mal menor?".