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La nueva vida de Jordi Pujol

Preocupado por cómo será recordado, el ‘expresident’ intenta rehabilitar su imagen pública

Jordi Pujol caminando por el centro de Barcelona la semana pasada.
Jordi Pujol caminando por el centro de Barcelona la semana pasada.

Cuando Antoni Vila Casas vio al president en aquel rincón, no pudo evitar decirle: “Parece que te escondes”. Jordi Pujol acababa de regresar de Queralbs, un pueblecito del Pirineo donde trató de abstraerse del incendio que había desatado el 25 de julio de 2014, cuando confesó que su familia había mantenido una fortuna oculta a Hacienda durante más de tres décadas. Convertido en un apestado social, perdidas las prerrogativas como “muy honorable” y decaído, Pujol alquiló la portería del edificio familiar, que antes solían ocupar los mossos encargados de su escolta.

 Pujol “arregló y adecentó” la portería y la convirtió en una improvisada sala de reuniones. Vila Casas, empresario y mecenas, fue de los primeros en visitarle. Y le propuso ocupar un espacio más digno: un local de 80 metros cuadrados en la calle Calàbria, en Barcelona. El expresidente de la Generalitat paga 200 euros al mes por el espacio, al que acude a diario. “Se obliga a ir unas horas al día. Está allí por la mañana, vuelve a casa a la hora de comer o come con alguien si le invitan, y por la tarde regresa al despacho”, dicen fuentes de su entorno.

La confesión provocó el ostracismo social de Pujol. Pocos querían verse en público con él. El expresidente se replegó en sus libros, en la familia y en un reducidísimo círculo de personas de confianza, que no amigos. “Pujol es un hombre que no tiene amigos porque nunca los ha cultivado”, apunta Vila Casas. Pero ahora, más de dos años después de aquello, Pujol ha salido del armario. Acude a actos públicos cada vez con más frecuencia y recibe las visitas de políticos, empresarios, periodistas y viejos compañeros de viaje, incluidos exconsejeros de la Generalitat.

Pujol empieza a reivindicar su figura y a “poner en valor su obra de gobierno”. Ha creado la Asociación Serviol, dedicada al “fomento del pensamiento de la sociedad catalana”, pero que en realidad es una página web que publica sus escritos. “El sentimiento de culpabilidad me viene —relata en uno de sus artículos— porque no por codicia, pero sí por miedo, desidia, ligereza y debilidad, he cometido una falta que no debería haber cometido; que creo que en su momento se reconducirá”. Su hijo Oriol Pujol, que se perfilaba como sucesor de Artur Mas pero ha acabado enfangado en el caso ITV por corrupción, le ha ayudado a crear el blog.

Las conversaciones de Pujol con sus visitadores versan sobre las grandes pasiones del expresidente (la política, la historia, la actualidad) y raras veces se adentran en la causa judicial que le mantiene imputado a él y a toda su familia por el origen de la fortuna oculta: él dice que es una herencia de su padre Florenci; los investigadores, que es fruto del cobro de comisiones durante su presidencia (1980-2003). El asunto apenas le inquieta. Está en libertad (ningún juzgado ha dictado medidas cautelares contra él) y “tiene la certeza de que no le pasará nada”, confirman varias personas que comen y se reúnen con él estos meses.

A sus 86 años, solo le obsesiona una pregunta: “La historia, ¿qué dirá de mí? ¿Voy a pasar a la historia como defraudador?”, detalla el historiador Joan B. Culla, que ha compartido charlas con él. “Me llama cuando le parece y quedamos”. Las primeras veces, Pujol pedía a sus interlocutores si les importaba comer “en un restaurante”. “Usted no se tiene que esconder; yo, un poco”, repetía el expresident, temeroso de recibir insultos o abucheos por la calle.

Pujol ha escrito, desde el otoño de 2014, “unos centenares de folios” con artículos y reflexiones. “Algunos son muy autorreferenciales”, señala Culla. “Se ha pasado la vida predicando, es normal que quiera seguir escribiendo”. Solo unos pocos los difunde a través de la Asociación Serviol. Pero la escritura y sus encuentros persiguen un único fin: sortear el “agujero negro” dejado por su confesión y esperar que se reconozca su legado. Pretende, de hecho, que alguien escriba sobre “las cosas buenas” que hizo. Pero sabe que hasta que la Audiencia Nacional no resuelva su caso cualquier reivindicación es estéril, señalan otras fuentes.

Toda una familia en el banquillo

Todos los miembros de la familia Pujol permanecen involucrados en procedimientos judiciales. El expresident Jordi Pujol y su esposa, Marta Ferrusola, están imputados en la Audiencia Nacional por los delitos de blanqueo de capitales y fraude fiscal en relación con el origen de la fortuna oculta en Andorra. Por esos mismos hechos están imputados también varios de sus hijos: el primogénito, Jordi Pujol Ferrusola, además de Pere, Marta, Mireia y Josep. El hijo mayor también está siendo investigado por sus negocios millonarios de empresas adjudicatarias de la Generalitat y que, según la Fiscalía Anticorrupción, encubren el pago de comisiones ilegales. El hijo menor, Oleguer, también ha tenido que responder, en este caso por sus negocios inmobiliarios, aunque su causa se ha acumulado ahora a la del resto de la familia. Oriol Pujol, por su parte (el único que siguió la carrera política) no figura como imputado por blanqueo pero sí por cohecho. Oriol está negociando con la Fiscalía una pena para asumir su responsabilidad por corrupción en el caso ITV.

En esos encuentros de confianza, Pujol no evita cierto victimismo: “Parece mentira las cosas que se han dicho de mí” o “me tenían ganas”, repite. Se pregunta qué habría ocurrido de haber muerto antes de que estallara el escándalo. A veces expresa su deseo de haber muerto como molt honorable. E incluso fantasea con su funeral, un acto multitudinario y de reconocimiento a un personaje clave en la historia de Cataluña. Pero sigue vivo.

Denostado públicamente por el partido que fundó (Convergència), ha seguido en contacto con algunos dirigentes. Incluido Mas, con el que ha mantenido al menos cinco encuentros. El último conocido, en febrero de 2015, horas antes de que la Guardia Civil registrase la sede del partido por el caso del 3%.

Tras su tumultuosa comparecencia en el Parlament (abroncó a los diputados), en abril de 2015 acudió a un acto con el expresidente Pasqual Maragall por la cesión de sus fondos documentales. El Archivo Nacional de Cataluña tiene ya 900 cajas del “fondo president Pujol”; 200 han sido entregadas en los dos últimos años. El pasado 27 de septiembre, escuchó la conferencia del presidente de la Generalitat valenciana, Ximo Puig, en el Círculo de Economía. No se escondió: ocupó la segunda fila. “Le vi la mar de tranquilo y relajado”, señala uno de los asistentes. Hace poco también se acercó a una fiesta de la vendimia en el Penedès. “Dice que la gente estuvo muy cariñosa con él; eso le rehabilita un poco”, señalan las mismas fuentes.

En esa pretendida recuperación de su imagen, a Pujol le ha ayudado el estallido de la Operación Cataluña, la maniobra de altos mandos del Ministerio del Interior para desacreditar a líderes independentistas con escándalos (reales o ficticios) de corrupción. Su marginación, sin embargo, sigue siendo evidente en algunos actos. Por ejemplo, permaneció muy aislado, el pasado septiembre, en el funeral del comisario de los Mossos David Piqué.

Pese a su edad, Pujol se mantiene en forma, dicen quienes le ven. “Tiene los achaques propios de una persona mayor, camina algo cojo, pero está bien”. “Lleva un sonotone muy sutil” porque no escucha bien, como se vio en su declaración, cuando pidió al juez que le repitiera las preguntas. “Está en plenas facultades, conserva una gran memoria”. Fuera de las visitas y los escritos, Pujol tiene poca actividad: “Es incapaz de encontrar algo que le guste que no sea lo suyo”, dice Vila Casas.

Pasa más tiempo en la casa paterna de Premià y, sobre todo, en Queralbs. “Me dice que allí está tranquilo, que camina mucho, sube a la montaña…” Y ha estrechado lazos con la familia. “Pese a los rumores, sigue viéndose con su hermana y su cuñado”, señalan las mismas fuentes en alusión a la reacción de su hermana, Maria Pujol, cuando el expresidente le visitó la mañana del 25 de julio de 2014 y le contó la historia del legado: “Pero, ¿de qué herencia hablas, Jordi?”. La causa judicial ha reforzado los vínculos con sus hijos, que le visitan, ya sea en el Pirineo o en Barcelona. “Fue un padre egoísta. Pasaba los fines de semana recorriendo los pueblos de Cataluña”, señalan las mismas fuentes. “Creo que también se siente culpable de no haber tenido más trato con sus hijos”.