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‘Gegants de gel’ no se derrite

La novela de Joan Benesiu gana el prestigioso premio Crexells, tras obtener ya el Llibreter el año pasado

Jona Benesiu, ganador del Premi Crexells por su novela 'Gegants de gel'.
Jona Benesiu, ganador del Premi Crexells por su novela 'Gegants de gel'.

"Vivimos en condiciones banales porque el capitalismo es banal y eso, claro, afecta a todas las facetas de la vida, con lo cual las sorpresas siempre son relativas". buen profesor de instituto que es de la materia, Joan Benesiu Como buen profesor de instituto que es de la materia, Joan Benesiu se toma con filosofía la estrambótica peripecia de su segunda novela, Gegants de gel,de la que pasó de autoeditarse 200 ejemplares hace dos años a ser ayer la obra con la que ganó el 45º premio literario Joan Crexells, el más antiguo ahora de Cataluña, que otorgan los socios del Ateneu Barcelonés previa selección de un jurado y con votos de 29 clubs de lectura de bibliotecas de Cataluña. Ello lo convierte de los más reputados por ser de los pocos concedidos a obra publicada, alejándose de toda maniobra editorial. Mismos atributos que el premio Llibreter que conceden esos profesionales del sector, que ya la eligieron como la mejor novela en catalán del 2015.

 “Navegas con el viento en contra y de golpe, gira”, resumía ayer Benesiu, que se impuso en la recta final a Formentera lady, de Jordi Cussà, i Hollister 5320, de Daniel Palomeras. Y cuando es así, parece que lo haga con más fuerza si cabe porque el escritor alicantino, por ejemplo, cobrará los 4.000 euros de dotación del galardón que éste, por problemas presupuestarios, perdió momentáneamente el año pasado, si bien se le han restituido al anterior ganador, Manuel Baixauli, por La cinquena planta. Ambos, como todos los ganadores vivos del Crexells, serán desde ahora socios de honor del Ateneu. Pero el azar propicio hace que Baixauli sea prologuista del libro de Benesiu y amigo en el que se reconoce (“es un insatisfecho, un obsesivo, un desequilibrado. Un desequilibrado pacífico”, escribe el primero) y quien hizo posible la rocambolesca edición de Gegants de gel.

Hoy todo parece mágico en Benesiu, que en realidad ni se llama así, sino Josep Martínez Sanchis (Beneixama, 1971) y que para no ser confundido con un periodista y ensayista de apellidos permutados, adoptó el segundo de su abuelo paterno. Tampoco Gegants de gel era Gegants de gel. Llevaba por título El passejant de l’illa de Xàtiva y era su segunda novela tras Intercanvi, con la que en 2007 ganó el Ciutat de Xàtiva. Tras un montón de “silencios y trabas” de todo tipo por diversas editoriales (entre ellas, Grup 62) y hasta por tres premios distintos (el Ciutat d’Elx, el Joanot Martorell y el Pin y Soler), llegó la autoedición de 200 ejemplares y el envío de un ejemplar de esos a Baixauli, de quien el autor, dice, “me siento cercano literariamente”. Éste fue quien alertó a Aniol Rafel, responsable de Edicions del Periscopi, que en febrero de 2015 lanzó el libro con otro título. El resultado: siete ediciones y 5.000 ejemplares y los premios Llibreter y Crexells, que por vez primera recaen en una misma novela.

El éxito de Gegants de gel tiene otro punto inopinado porque posee un sustrato de novela de ideas, eso sí, camuflado con una buena historia literaria: seis personajes de otras tantas latitudes del mundo acaban confluyendo en la mesa de un bar de Ushuaia, en la Patagonia (“fin del mundo, principio de todo”, dice la leyenda de la ciudad), donde acabarán contándose supuestamente su vida y cómo han ido a parar ahí.

“La novela está construida alrededor de los conceptos de identidad, frontera y dignidad; los personajes no son filósofos, son gente corriente, pero arrastran esa pérdida de identidad y buscan ciegamente en ese viaje algo que no encontrarán porque no hay nada que encontrar, quedándose a solas con sus contradicciones”. Para quien de pequeño, tendiendo la ropa, se enfrentó por vez primera al concepto de frontera al ver caer una pinza de tender siete pisos abajo (“me llevó pensar qué implicaba la frontera, que puede estar en cualquier sitio, que millones de seres humanos caminan a diario por ella”), que los personajes se reúnan para contarse historias era innegociable. “No hay construcción del ser humano sin narración; cuando uno explica su vida hace siempre alguna trampa; necesitas, pues, narrar”.

En principio, Benesiu se habría ganado el derecho ya a un tiempo para escribir esa tercera novela que ya bulle en la cabeza y en la mesa, pero los recortes le han dejado como único profesor de Filosofía de su instituto, donde también lleva el cineclub; “son condiciones difíciles para escribir”, admite. Quizá pida una excedencia, pero también ama el oficio de enseñar. Por ello reivindica un mayor peso de la Literatura y de la Filosofía, sobre todo, en las aulas. “Si seguimos rebajando esos contenidos vamos a hacer peores chavales que lo son ahora; el mundo deja mucho que desear incluso impartiendo filosofía pero sin ella será peor; con ella estos chicos acceden a un mundo que quizá nunca sería el suyo”.