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OPINIÓN

La pastoral catalana

El escritor Julià de Jòdar (CUP) introdujo en su discurso en el Parlamento catalán la palabra ‘alteridad’. Por ahí deberán ir las cosas

Tomo el título de una de las novelas de Julià de Jòdar, escritor que no ha sido traducido al español para desventura de tantos buenos lectores que apreciarían el valor y las aportaciones literarias de un autor de largo aliento y noble ambición, que escribe para gentes que no podemos vivir sin leer novelas. Con su trilogía inicial, L'atzar i les ombres, dio a final del siglo pasado renovada carta de naturaleza y presencia literaria a la emigración y a la conciencia política de las clases populares contemporáneas desde su Badalona natal, donde nació, en 1942, hijo de murcianos emigrados.

Autor tardío, se dio a conocer en 1997, al filo de los sesenta años. De Jòdar ha publicado tras La Pastoral catalana (2009) otra novela del mismo talento literario y de nuevo con mucha chicha dentro, El desertor en el camp de batalla (2013). A diferencia de su trilogía situada en la segunda mitad del siglo pasado, estas dos últimas son novelas sobre el presente. La primera transcurre durante un huracán en el Miami de la era Obama, la segunda en el Raval barcelonés de la crisis económica. Como las anteriores, las dos son audaces, de escritura que fluye, complejas y a menudo paródicas, siempre cervantinas, llenas de humor, de una sabia combinación brechtiana del esperpento de Valle-Inclán y de Espriu que da la vuelta a los lugares comunes del tema que tratan, las dos hablan de tanto que no encuentras en otras novelas coetáneas como no sea en traducciones.

De Jòdar es un autor que lleva el habla popular a sus páginas con la misma naturalidad que eleva la lengua catalana en sus diversos registros. Por ello en sus libros hay capítulos enteros en español, lo exigen sus personajes. De la misma forma que incluye fotos, reproducciones de prensa, informes policiales.

Cuando apareció en la escena literaria la crítica se le rindió (tiene todos los premios habidos y por haber, aunque no el de la Crítica española a obras en otras lenguas) y loó con grandilocuencia el acierto de hacer nacer a su protagonista, Gabriel Caballero, en el cruce de las calles Guifré (fundador de la dinastía condal de Barcelona, en el siglo IX) y Cervantes, cual metáfora de no sé qué. Pero lo real suele ser literario por si mismo. Son las dos calles de Badalona así llamadas en cuyo cruce nació el autor, en el barrio de Gorg. Su última novela vino después del libro co-escrito con David Fernàndez sobre los orígenes de las CUP (Candidatures d'Unitat Popular), de cuya lista electoral De Jòdar formó parte como independiente el 27-S, siendo elegido diputado. El azar le ha hecho el diputado mayor de la cámara, aunque ya se sabe que el azar no es arbitrario ni aleatorio, más bien es una cita que uno no sabe que tenía hasta que los hechos dicen que ha de tener lugar.

Su último texto es un discurso no previsto, que ha sido el primero en abrir la nueva legislatura catalana y nadie esperaba, pues no es costumbre. El anterior se remonta al primer parlamento postfranquista, en 1980, del también escritor Josep M. Poblet, nacido en 1897, exiliado retornado en 1948 que moriría poco después de su intervención en la cámara, el 20 de noviembre de aquel mismo año. Julià de Jòdar habló en el Parlament este lunes como presidente de la mesa de edad previa a las votaciones constitutivas de la nueva asamblea legislativa. Fue un discurso noble y de envergadura, como su obra.

Su irónica Pastoral catalana es una novela sobre el amor adulto, sobre relaciones adultas en el matrimonio, la política, la amistad. De viajes imposibles según cuándo, cómo y con quién. Algo así sucede en estos tiempos entre Cataluña y España, una historia de falsas ilusiones y encontronazos. Sobre todo entre hombres, que, como Pau y Jack en la novela, han compartido educación sentimental política, tantos durante la dictadura en nuestro caso, cuando eran jóvenes, y de mayores chocan frontalmente. Y que, ahora, en esto de hoy que no es una novela que una cierra cuando le da la gana, topan sin permitir vislumbrar el horizonte de diálogo que, como lectora nada pasiva de estos días, me resisto a creer inexistente.

Julià de Jòdar introdujo el lunes en su discurso la palabra “alteridad” por vez primera en la oratoria parlamentaria y evitó la palabra “nacional”. Por ahí habrán de ir las cosas, por el reconocimiento del Otro. Si es que los viajes ahora emprendidos han de llegar a alguna parte, en este momento huracanado.

Mercè Ibarz es escritora y profesora de la UPF.